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| 12/11/2010 12:00:00 AM

Ex magnate y mártir

Esta semana se conocerá una nueva condena contra Mijaíl Jodorkovsky, el oligarca ruso que se atrevió a oponerse a Vladimir Putin y ya lleva ocho años en la cárcel.

Desde la época zarista, el poder del Kremlin se ha ensañado con los disidentes, y ni la llegada de los comunistas en 1917 ni la caída de la Unión Soviética en 1992 cambiaron ese sino. La mayor demostración de que allí nada ha cambiado se presentará esta semana, cuando se conozca el nuevo veredicto contra Mijaíl Jodorkovsky, de 47 años, el ex magnate que fue dueño de la petrolera Yukos y está encarcelado desde 2003, condenado a nueve años de prisión. Su segundo juicio está por finalizar en Moscú.

"En la historia de una sociedad hay hechos que determinan sus tendencias o que reflejan su esencia. En la historia de la Rusia moderna, uno de estos hechos es el caso Yukos y el destino de sus fundadores", señaló a SEMANA Lilia Shevtsova, investigadora del Instituto Carnegie, de Moscú.

Lo único nuevo es que nunca un "oligarca" se había convertido en la personificación de la lucha contra el poder omnímodo de Moscú. La vida de Jodorkovsky es una parábola de la historia reciente. A comienzos de los años 90, sobre las ruinas del socialismo, jóvenes ambiciosos ascendieron vertiginosamente y se metieron en las listas de los más ricos del mundo. Pero muchos cayeron con la misma velocidad con la que habían subido y terminaron en una celda, en una tumba o en el exilio, condenados a vivir con guardaespaldas en alguna elegante calle londinense y probando cada taza de té para evitar ser envenenados.

Misha Jodorkovsky fue uno de ellos. Empezó como miembro de la Komsomol (Juventud Comunista). En 1987, a los 24 años, fundó uno de los primeros bancos privados, Menatep; en 1995, a los 32, se hizo con el 44 por ciento de las acciones de Yukos, la principal compañía petrolera del país, por la miserable suma de 350 millones de dólares. Antes de cumplir 40, ya controlaba el 61 por ciento de las acciones de la empresa, por un valor de 7.800 millones de dólares.

Con la subida de Vladimir Putin, ex miembro de la KGB, en 2000, llegaron al Kremlin los 'siloviki' (miembros de los organismos de seguridad). Bajo su amparo se puso fin a la anarquía. Putin recortó las libertades, centralizó el gobierno, controló los medios y, poco a poco, la Rusia poscomunista empezó a parecerse a la de los zares, con un hombre todopoderoso que decide quién se enriquece y quién no, quién manda y quién no.

Putin propuso a los oligarcas un trato: los negocios o el exilio. Algunos aceptaron y prosperaron, otros huyeron; pero Jodorkovsky, creyéndose suficientemente poderoso, se quedó y decidió apoyar a la oposición. Pronto le pasarían la cuenta. En 2003 fue encarcelado con su socio Platon Lebedev por no pagar impuestos, y en 2005 fueron condenados a ocho años de prisión, que terminan en 2011. Lo peor es que ante la posibilidad de que cumplan su condena, fueron acusados de nuevo, ahora por el delito de haber robado el petróleo. La defensa alega que esto es absurdo, pues entonces no hubieran podido cometer el primer delito, de no pagar impuestos.

Para Lilia Shevtsova, "el arresto de Jodorkovsky demostró que el gobierno ruso tomó el camino del capitalismo burocrático y represivo. Putin y su equipo apostaron a la fusión del poder y la propiedad". Un empresario brasileño con muchos años en Moscú compartió con SEMANA su visión: "Hay dos formas de transición: la europea y la asiática. La primera, o rusa, fue formar un Estado de derecho. La vía china consistió en recrear el capitalismo en las fábricas, con un férreo control del Estado. El 'establishment' ruso siempre envidió el camino chino. En algún momento terminó ganando el 'partido asiático'. El juicio a Jodorkovsky sería el símbolo del retorno a la época de los zares, donde la propiedad se subordinaba al poder. Hoy nadie compra ni vende un paquete de acciones en sectores estratégicos sin el acuerdo explícito del gobierno", agrega.

Jodorkovsky no está solo, pues son varios los casos parecidos o aun más dramáticos. En su alegato final, dio su veredicto: "Cualquier persona pensante puede sacar una conclusión terrorífica en su simplicidad: la poderosa burocracia puede hacer cualquier cosa. No existen derechos de propiedad. Y cuando la gente choca con el sistema, no tiene ningún derecho y no se puede defender ante la justicia".
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