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| 8/23/2014 12:00:00 AM

“Manos arriba, no dispare”

La muerte de un joven negro desarmado a manos de la Policía produjo disturbios que revelan que el problema racial está lejos de quedar atrás, aún en la Presidencia de Obama.

“Manos arriba, no dispare”. Como un estribillo, esas cuatro palabras han acompañado las dos últimas semanas las manifestaciones en Ferguson, un suburbio del noreste de la ciudad de Saint Louis, en el estado de Missouri. Protestan por la muerte de Michael Brown, un joven negro desarmado de 18 años, a quien un policía blanco mató de seis balazos tras un altercado en una calle residencial.

El hecho alcanzó nivel nacional debido en gran parte al pésimo manejo que le dieron las autoridades locales, que solo después de varios días revelaron información clave, como la identidad del policía o el número de balas que recibió el joven, por lo que la localidad pasó diez días envuelta en el caos y el gobernador del estado de Missouri, Jay Nixon, decretó la Ley marcial y llamó a la Guardia Nacional para retomar el control de las calles.

El tira y afloje entre los manifestantes y las autoridades solo dio señales de apaciguarse el miércoles pasado, cuando el fiscal general de Estados Unidos, Eric Holder, recorrió personalmente la zona, se entrevistó tanto con las autoridades como con los líderes locales y prometió una investigación “imparcial y exhaustiva”. Se trató de una visita de alto nivel, tanto por el cargo de Holder como por el hecho de que lo envió personalmente el presidente Barack Obama, quien habló, además, con el gobernador Nixon y con los senadores del estado, Roy Blunt y Claire McCaskill. Es decir, con la plana mayor del poder político de Missouri.

Y es que la muerte de Brown, lejos de de ser un hecho diverso aislado, es la continuación de una serie de asesinatos de jóvenes de raza negra a manos de las autoridades blancas, como los recordados casos de Trayvon Martin en Florida, de Timothy Thomas en Cincinnati y de Rodney King en California, que dio lugar a las enormes protestas de Los Ángeles de 1992.

Lo más irónico es que los hechos se presentaron justo cuando la Ley de Derechos Civiles, lograda tras una lucha épica, cumple 50 años y las desigualdades raciales siguen siendo abismales. Según una investigación realizada por BBC Mundo, en Estados Unidos los negros siguen en una clara desventaja en todos los ámbitos, pues tienen seis veces menos dinero, son suspendidos o expulsados tres veces más de los colegios, tiene menos posibilidades de tener vivienda propia, sufren condenas 20 veces más severas y suman casi la mitad de la población carcelaria nacional, aunque constituyen apenas el 10 por ciento del total nacional.

Todo ello en medio de lo que hasta 2008 era visto como un imposible total, la presidencia de un negro. Obama, que se presentó como el líder de un gobierno postracial, no ha aportado soluciones de fondo. Como le dijo a SEMANA el profesor César Rodríguez Garavito, director del Observatorio de Discriminación Racial de la Universidad de Los Andes, “el presidente ha sido muy tímido si se tiene en cuenta la magnitud del problema, pues ha podido más su esfuerzo de no dejarse encasillar por su origen racial, que su responsabilidad como mandatario”.

Sin embargo, aunque la intervención de las autoridades políticas es indispensable, lo cierto es que la discriminación racial sigue presente en sectores como los medios de comunicación, en gran medida responsables de los estereotipos raciales. Como le dijo a esta revista el profesor Shaun L. Gabbidon, especialista en los vínculos entre los medios de comunicación, la raza y el crimen de la Universidad Estatal de Pensilvania, “pertenecer a una minoría en Estados Unidos es muy relevante debido a que el imaginario en torno a ese grupo es muy negativo, e incluso criminal. Aunque parte de la discriminación puede ser inconsciente, es necesario que los medios de comunicación y la sociedad en general estén atentos y muestren imágenes más representativas de las minorías”. Nadie sabe aún cómo terminará el doloroso episodio de Ferguson, pero por lo que se vio en las calles, las heridas siguen tan abiertas como el primer día.
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