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| 11/26/2016 3:12:00 PM

La masacre del Cuartel Moncada

Con 27 años, Fidel Castro con 160 hombres asaltó la más grande instalación militar de la dictadura de Batista para robarse las armas. La operación fracasó y 55 hombres murieron.

“En pocas horas ustedes serán vencedores o derrotados, pero sin importar el resultado... Este movimiento triunfará”. Con estas palabras Fidel Castro, entonces un abogado de 27 años, animó a los cerca de 160 hombres que esa madrugada del 26 de julio de 1953 esperaban cambiar la historia de Cuba. Y el inicio de ese cambio sería la toma del Cuartel Moncada. Llevaba cuatro noches sin dormir y a las 4 de la mañana, en medio de la oscuridad de la granja Siboney, a unos mil kilómetros de Santiago, entonaron el himno nacional que los llenó de valor, apenas susurrando para que nadie pudiera descubrirlos.

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Desde agosto de 1952, cinco meses después del golpe de Estado que llevó a Fulgencio Batista al poder, Fidel había empezado a trabajar en un plan junto a su amigo Abel Santamaría. Ambos habían conformado un grupo para estudiar a Marx, y en esas estaban cuando consideraron que era necesario pasar a un nuevo nivel más allá de lo teórico.  Aún sin tener muy clara su estrategia empezaron a  reclutar de manera clandestina jóvenes de la clase obrera, campesinos y estudiantes que no llegaban a los 30 años, ansiosos de darle un vuelco al país. “Aquellos muchachos eran ortodoxos, muy antibatistianos, muy sanos, pero no poseían una profunda educación política. Comenzamos a reunir y entrenar hombres, no para hacer una revolución, sino para participar junto a todas las demás fuerzas, en una lucha por reestablecer el estatus constitucional de 1952”, recordó en su entrevista con Ignacio Ramonet en su libro Fidel Castro, biografía a dos voces.

En un principio Fidel, junto a su equipo en las oficinas del Partido Ortodoxo de La Habana. El siguiente paso fue iniciar el entrenamiento militar en pequeñas fincas y hasta en los sótanos de la universidad de la Habana, a cargo del ingeniero Pedro Miret. Como dato curioso los 1.200 reclutas, que en su mayoría no tenían experiencia, realizaban las prácticas en los clubes de tiro, pero para no despertar sospechas se hacían pasar por comerciantes, empresarios o eran invitados por algunos de los socios. La mayor parte de las armas, que esencialmente eran escopetas y fusiles calibre 22, fueron conseguidas por uno de los miembros del grupo que tenía una granja avícola y podía adquirirlas en comercios normales. Todo lo hicieron con las uñas pues como confesaría Fidel “no teníamos ni un centavo”.

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Fidel tenía claro que no era posible realizar una revolución sin un arsenal apropiado. Su experiencia en el Bogotazo, donde las multitudes obtuvieron las armas atacando estaciones de policía, fue clave para pensar en El Moncada, la segunda base militar más grande de Cuba.  Fue así como, según explica Tad Szulc en su biografía Fidel, el comandante pensaba convertir el cuartel en “el centro alrededor del cual crecería tal revolución”.  Su plan maestro consistía en tomar las armas para derrotar el régimen de Batista, destruir su ejército y así detonar una rebelión nacional.

Aunque los fidelistas estaban preparados para lo que les ordenaran, solo los seis líderes del grupo sabían cuál sería su objetivo. Entretanto participaban en falsas movilizaciones en distintos lugares, hasta que llegaron a la Granja Siboney, que había sido alquilada tres meses antes. Esta vez se trataba de algo definitivo. Los días previos habían dormido en casas de huéspedes esperando órdenes.

El cuartel Moncada iba a ser tomado por 120 hombres divididos en tres grupos: Abel Santamaría dirigiría al primero, cuyo objetivo era el hospital civil, al fondo del cuartel, donde había un muro que facilitaba el control de los dormitorios. Como él era el segundo al mando de la organización Fidel quiso ubicarlo en la posición que se suponía más segura para que en caso de que algo le pasara su amigo tomara las riendas de la organización. El segundo bloque, del que hacía parte Raúl Castro como combatiente, tomaría el edificio de la Audiencia y el Palacio de Justicia. Y el tercer grupo sería liderado por Fidel con alrededor de 90 hombres, que tenían como misión tomar las barracas.

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“Los soldados iban a estar durmiendo y serían empujados al patio; el patio quedaba dominado por el edificio donde estaba Abel y por los que tomaron la Audiencia desde arriba. Los soldados iban a estar en calzoncillos, porque no habrían tenido tiempo ni de vestirse ni de tomar las armas. Y todos nosotros disfrazados de sargentos”, contó a Ramonet la estrategia. Según Fidel la única diferencia con los uniformados reales eran los zapatos que no eran de militares y sus modestas armas. Otros 40 hombres irían al Bayamo.

A las 4:45 de la madrugada partieron los 16 carros con los combatientes. El primero era conducido por Abel Santamaría, y lo seguían algunos de los que iban a tomar el hospital y el Palacio de Justicia. Fidel, que planeaba llegar al Estado Mayor, estaba en el quinto carro detrás del que ocupaban unos siete hombres liderados por Jesús Montané y Ramiro Valdés,  encargados de neutralizar a los guardias de la entrada del cuartel. Todos los demás los seguían en fila. Entonces, la operación sufrió su primer revés: el auto con el grupo de muchachos que no iba a hacer parte de la toma se mezcló entre los demás y en uno de los cruces cambió de dirección, lo que generó confusión en los carros que iban detrás y que siguieron la vía equivocada. Quienes viajaban en uno de esos vehículos se darían cuenta del error muy tarde, y para su mala suerte otro carro se dañó en el camino. La caravana se había reducido a 14 autos y 111 personas. En consecuencia Raúl Castro y su equipo conformado por cinco hombres se retrasó varios minutos en su propósito de llegar al Palacio de Justicia, mientras que, al parecer, el grupo de Abel Santamaría y sus 23 combatientes alcanzaron, a la hora acordada, la parte del hospital civil que daba hacia el cuartel.

Como se había establecido los encargados de desarmar a los guardias de la entrada llegaron a la puerta 3 del cuartel y uno de ellos gritó: “Abran paso que viene el general”. Al ver las insignias de sargentos los guardias se pusieron en posición de atención. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando les quitaron las armas y la cadena para dar paso a la caravana. Cuatro combatientes de ese primer grupo fueron al centro de comunicaciones para impedir señales de advertencia.

Pero por el retraso, o por precauciones debido al carnaval, apareció una patrulla de dos soldados armados haciendo ronda cerca de la puerta. Fidel contó que su reacción fue tratar de proteger a Valdés y Montané: “Entonces lo que hago, porque el carro todavía estaba en movimiento, es que se lo lanzo en la acera, arriba de los dos. Yo estaba hasta con la puerta abierta para bajarme; pistola en la mano derecha”, relató a Ramonet. Los que iban con él se bajaron, y uno de ellos disparó, algo que según Fidel no estaba en el libreto del plan sino que fue producto de la confusión. El factor sorpresa se había perdido, las alarmas empezaron a sonar. Todos los demás combatientes salieron de los carros y empezó la balacera. Lo peor es que muchos creyeron que ya estaban dentro del cuartel pero en realidad se habían tomado el edificio que no era, el hospital militar. “El problema es que el combate que tiene que darse dentro del cuartel se produce fuera del cuartel”. Fidel les avisó que salieran de ese lugar y medio recompuso una caravana.

Valdés y Montané habían alcanzado una de las barracas, pero cuando llegaron al supuesto depósito de armas solo se encontraron con la somnolienta banda de música del ejército.  “No había manera...la gente en aquellas adversas e inesperadas circunstancias mostraba notable tenacidad y valentía. Pero ya no era posible encontrar una solución a la situación creada. El combate andando, y bueno, una desorganización tremenda”. Fidel contó que estuvo a punto de morir porque en el techo de uno de los edificios había una ametralladora pesada calibre 50, que “podía barrer la calle porque apuntaba directamente a ese punto”. Pero él impidió que uno de los soldados la manipulara: cada vez que se acercaba Fidel le disparaba.  

Habían pasado unos 30 minutos en medio del tiroteo, varios de sus hombres habían sido abatidos, cuando  fue consciente de que todo estaba perdido. Los carros de los combatientes empezaron a retirarse pero el comandante prefirió quedarse en la calle con su arma hasta que uno de sus hombres lo recogió. Sin ninguna esperanza dio la orden de dirigirse al Caney, donde había otro cuartel pues quería apoyar a los de Bayamo. Entre tanto los combatientes del Palacio de Justicia vivían su propio infierno. Se toparon con un sargento que con su grupo los invitó a rendirse. Todos entregaron sus armas, pero según Fidel su hermano Raúl les salvó la vida a sus compañeros cuando vio que el sargento titubeó, le quitó su arma y lo hizo prisionero mientras se retiraba con los suyos. Al tiempo los de Santamaría, incomunicados y temiendo lo peor, eran protegidos por el persona del hospital que los disfrazó de pacientes. El plan no funcionó. Abel fue torturado hasta morir la tarde de ese domingo. Como prueba a su hermana Haydée, otra combatiente un sargento le entregó uno de sus ojos.

“Hubo cinco muertos y otros 56 asesinados”, calculó Fidel. Él logró escapar y fue arrestado junto a otros rebeldes a las afueras de la ciudad. Lo subieron en la parte de atrás de un camión y milagrosamente no fue asesinado. Fue llamado a juicio y logró volver ese fracaso uno de sus mayores éxitos político. Él mismo fue su abogado defensor y pronunció su famoso alegato “Condenadme, no importa. La historia me absolverá”. Posteriormente ese discurso fue editado en un folleto y repartido entre toda la oposición cubana como un ejemplo heroico y un grito de rebeldía.

De su condena de 15 años en el presidio Modelo de la isla de Pinos cumplió solo dos, pues en 1955 Batista amnistió a los guerrilleros. Apenas salió de la cárcel Fidel comenzó a pensar en la operación de Sierra Maestra que cuatro años después lo llevaría al poder.

*Con la colaboración de Juan Jacobo Muñoz 

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