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| 11/26/2016 5:10:00 PM

Fidel y el Bogotazo

Texto inédito del fallecido historiador Arturo Alape sobre la presencia del líder cubano en la revuelta del 9 de abril de 1948, que marcaría su vida.

Cuando se habla del 9 de Abril o del Bogotazo, sonido fúnebre a hecatombe, hay una referencia inmediata al nombre de Fidel Castro. Con estos 57 años su nombre ha sido perseguido con saña acusadora y se escribe en lingotes que claman venganza. Para la prensa conservadora, para el Partido Conservador y para muchos liberales, Fidel a sus 21 años, como agente del comunismo internacional, fue organizador de lo sucedido. Como si la furia y el dolor de un pueblo que ve morir sus esperanzas de una vida mejor, al caer asesinado el hombre en quien creía, se pudiera llevar de un día para otro, en maleta y visita que hizo el estudiante cubano al país.

Itinerario de Fidel

En el año 1947 Fidel Castro estaba terminando el tercer año de carrera en derecho. Por elección de los estudiantes, fue elegido presidente de la Escuela de Derecho. También en ese tiempo, era presidente del Comité pro Democracia Dominicana en la Universidad de La Habana. En La Habana se organiza la expedición a Santo Domingo para derrocar a Trujillo, alrededor de julio, y Fidel consideró que su deber, aunque no estaba entre los organizadores de la expedición pero tenía muchas relaciones con los dirigentes dominicanos, era enrolarse como soldado. La expedición reunió unos 1.200 hombres. La aventura, según el propio Fidel, estuvo muy mal organizada puesto que había gente buena, muchos dominicanos buenos, había cubanos que sentían la causa dominicana, pero con un reclutamiento que se hizo apresuradamente incorporaron también antisociales, lumpen, de todo. Fidel cuenta la experiencia:

“Yo me enrolé en esa expedición como soldado. Estuvimos varios meses en Cayo Confite, donde estaba entrenándose la expedición. A mí me habían hecho teniente de un pelotón. Al final tienen lugar acontecimientos en Cuba, se producen contradicciones entre el gobierno civil y el ejército, y este decide suspender aquella expedición. Así las cosas, alguna gente deserta, frente a una situación de peligro, y a mí me hacen jefe de una de las compañías de un batallón de los expedicionarios. Entonces salimos, tratamos de llegar a Santo Domingo. Al final nos interceptan, cuando faltaban unas 24 horas para llegar a aquella zona, y arrestan a todo el mundo. A mí no me arrestan porque me fui por mar, no me dejé arrestar más que nada por una cuestión de honor; me daba vergüenza que aquella expedición terminada arrestada. Entonces en la bahía de Nipe me tiré al agua y nadé hasta las costas de Saitía y me fui”.

Puede leer: Fidel Castro: del amor al odio

De regreso a La Habana, Fidel ha perdido sus derechos políticos, es decir que por normas establecidas en la universidad, no podía seguir siendo el representante de los estudiantes de derecho, por no haber presentado las asignaciones correspondientes.

Fidel participa solidariamente en la lucha por la independencia de Puerto Rico, aparte de las actividades internas en la Isla, que se encaminaban fundamentalmente a la crítica y la protesta contra el gobierno corrupto de Grau. La democracia en Santo Domingo; la lucha contra la tiranía de Trujillo; la independencia de Puerto Rico; la devolución del Canal de Panamá; la desaparición de las colonias que subsistían en ese entonces en América Latina. Cuatro puntos fundamentales que lo llevaron a establecer contactos tácticos, con los peronistas, que también estaban interesados en su lucha contra Estados Unidos. Ellos reclamaban sus derechos en las Islas Malvinas, colonia inglesa.

En ese contexto latinoamericano, Fidel concibe la idea de un congreso de estudiantes latinoamericano, que se reuniera simultáneamente con la Novena Conferencia Panamericana convocada en el mes de abril de 1948 en Bogotá y promoviera la discusión sobre los puntos antes aludidos. Es decir que Fidel Castro en ese momento, a los 21 años, era ante todo un luchador antiimperialista.

Es cuando concibe su viaje a Bogotá. Antes visitaría a Panamá y Caracas; los jóvenes peronistas tendrían contactos con universitarios en el sur del continente. Fidel viajaría a Bogotá sin la representación oficial de la FEU; por su prestigio político, lo haría en representación de la mayoría de los estudiantes cubanos.

En Venezuela visitó el periódico oficial del partido de gobierno, hizo contactos con los estudiantes universitarios que en ese momento eran de Acción Democrática. En La Guajira se entrevistó con el presidente electo, el escritor Rómulo Gallegos, para pedirle apoyo para el congreso estudiantil.

En Panamá, en días recientes se ha producido una de las tantas balaceras por las protestas contra la ocupación norteamericana del Canal, y había un estudiante que había sido herido y quedó inválido. Los estudiantes panameños que estaban enardecidos por los recientes acontecimientos decidieron enviar una delegación a Bogotá. “Ya teníamos dos países importantes”, recuerda Fidel.

Fidel llega a Bogotá en los primeros días de abril de 1948: “Máximo siete días, antes del 9 de abril, cuando llegué a Bogotá”. Su primer contacto lo tuvo con estudiantes de la Universidad Nacional, en su mayoría de izquierda y militantes del partido liberal. En la primera reunión Fidel planteó su idea del congreso de estudiantes, la cual fue acogida por el público estudiantil. En aquella reunión se discute sobre la representatividad de Fidel en relación con los universitarios cubanos. La FEU había enviado a dos representantes. Los estudiantes colombianos apoyan la presidencia del evento en manos de Fidel.

Los estudiantes le hablaron a Fidel de Gaitán. Gaitán era en aquel momento la figura política de más prestigio, de más apoyo popular; se le consideraba el hombre que iba a obtener el triunfo en las próximas elecciones. Además, el presidente Ospina había cometido un inmenso error político al impedir que Gaitán asistiera a las deliberaciones de la Novena Conferencia Panamericana, en representación de Colombia, siendo como era el representante de las mayorías electorales en Colombia. Fidel no se reunió oficialmente con el partido comunista. Tuvo contactos a nivel personal en algunas reuniones con dirigentes comunistas.

Fidel, acompañado de un grupo de dirigentes universitarios colombianos, visita a Gaitán, para pedirle apoyo en la realización del congreso estudiantil:

“A Gaitán le entusiasmó la idea del congreso y nos ofreció su apoyo. Conversó con nosotros y él estuvo de acuerdo con la idea de clausurar el congreso con un gran acto de masas...”

Gaitán los citó para dos días después, es decir el 9 de abril, a las 2:ó 2:15 de la tarde. La cita quedó escrita en la agenda de Gaitán. Gaitán les obsequió distintos materiales políticos. Les explicó la situación de Colombia. “Por cierto nos entregó en folleto con su famoso discurso de la Oración por la Paz , que fue una pieza oratoria magnífica...”  Por noticias de los periódicos, Fidel se enteró de la situación de violencia partidista que se vivía en el país, especialmente en el norte de Santander, Boyacá, Caldas y Valle del Cauca.

Incluso Fidel asistió a la última sesión de la audiencia en que Gaitán estaba haciendo la defensa del teniente Cortés, que culminó con la absolución de este en la madrugada del 9 de abril. Fidel describe la impresión que tuvo de la figura de Gaitán:

“La tuve de la conversación con él; un hombre con su tipo indio, sagaz, muy inteligente. La tuve por sus discursos, especialmente de la Oración de la Paz, que era realmente el discurso de un orador virtuoso, preciosista del idioma y además, elocuente. La tuve porque se identificaba con la posición más progresista del país y frente al gobierno conservador. La tuve como abogado también por lo brillante que era. Es decir, brillante político, brillante orador, brillante abogado, todas esas cosas me causaron una impresión muy grande”.

En los días anteriores de su estadía en Bogotá, Fidel tiene un accidente con los servicios de inteligencia: en el Teatro Colón se hizo una función de gala en homenaje a las delegaciones de los gobiernos que participaban en la Novena Conferencia Panamericana. Fidel y un grupo de estudiantes lanzaron unas proclamas con las consignas antiimperialistas que se estaban discutiendo en la preparación del congreso de estudiantes. Fidel y Manuel del Pino, el otro cubano, fueron detenidos por agentes del SIC, luego conducidos a las dependencias oficiales; después los agentes hicieron una requisa en la habitación del hotel en que estaban alojados, encontraron panfletos y discursos de Gaitán:

“Nos llevaron por aquel edificio y pasillo y nos sentaron, nos hicieron un interrogatorio. A decir verdad, quizá por el idealismo de uno, en el ardor de la juventud, nosotros les explicamos a las autoridades de allí quiénes éramos, qué estábamos haciendo, lo del congreso, cuáles eran nuestros propósitos en ese congreso... A decir verdad, parece que tuvimos un poco de suerte en la conversación con las autoridades del detectivismo; la cuestión es que incluso yo saqué la conclusión de que a algún responsable le gustó lo que nosotros estábamos planteando. Habíamos sido persuasivos con ellos”.

A Fidel y al otro cubano los continuaron siguiendo los agentes del detectivismo.

Los acontecimientos del 9 de abril
 
El 9 de abril, a las 2 de la tarde, Fidel y un grupo de estudiantes estaban a la expectativa de la reunión con Gaitán, para continuar conversando sobre el congreso y concretar lo relacionado con el acto final de este, el cual cerraría con un discurso.

Sería la 1:15, la 1:30 o la 1:20, cuando Fidel sale del hotel en compañía de Oino. Bajan por la calle 16 en dirección del parque Santander. Van hacia la oficina de Gaitán, situada en la carrera séptima y avenida Jiménez. En el parque Santander ven a un tumulto de gente corriendo desesperada en todas las direcciones. Van gritando enardecidas: ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Gente indignada, gente que reflejaba una situación dramática. Comenzaban a asumir actitudes violentas. Cerca de la oficina de Gaitán, frente a la Gobernación, Fidel recuerda un detalle:

Ve a un hombre tratando de romper una máquina de escribir, pero aquel hombre furioso pasaba trabajo terrible para romper con sus manos la máquina. Fidel le dice: “Chico, dame”, lo ayudó; cogió la máquina y la tiró hacia arriba y la dejó caer. Gaitán agonizante ha sido trasladado a la Clínica Central por sus amigos cercanos; a Roa Sierra, el asesino, lo van golpeando, pateando; muerto, lo tratan de crucificar en las puertas del Palacio de Nariño.

En una de las esquinas de la plaza de Bolívar alguien trata de hablar desde un balcón. Una pequeña multitud penetra al edificio del Parlamento. Fidel y Pino son testigos de esa erupción del pueblo que busca en esos instantes cumplir con la venzanga. Desde el parlamento lanzan escritorios, documentos, era un diluvio de objetos lo que caía en la plaza de Bolívar. Fidel y Pino deciden buscar a los otros dos cubanos, los representantes de la FEU, Enrique Olivares y Alfredo Guevara. Ellos estaban alojados en un hotel situado en la carrera 8 con 16. Fidel habla con ellos y regresa a la calle.

La multitud crece por la avenida Jiménez. La séptima es un río humano. Hombres armados de machetes, algunos con fusiles, rostros enardecidos. Gritan que van para una decisión de policía. Fidel se suma a la multitud sublevada cerca de la alcaldía. Por las ventanas de la Tercera División los policías están apuntando con sus fusiles. No disparan. La multitud entra como una tromba a la División. La población recoge las armas, dóciles muchos policías las entregan. Algunos de ellos se suman a la multitud. Fidel entra a la sala de armas. No ve ningún fusil:

“Yo lo único que puedo agarrar fue una de esas escopetas de gases lacrimógenos. Me empiezo a poner mis cananas de balas de aquellas, me puse como 20 o 30. Yo digo ‘No tengo un fusil, pero por lo menos tengo algo que disparar’, un escopetón con un cañón grande...”

Fidel no está vestido para la guerra. Encuentra una gorra sin visera, se la pone. Pero no tiene zapatos para la guerra. Sale al patio, la gente registrándolo todo. Sube a la segunda planta. Entra al cuarto de oficiales, busca armas. Se está poniendo unas botas, pero no le servían. Cuando un oficial le grita: “¡Mis boticas sí que no!” Fidel responde: Quédese con sus botas. En el patio se coloca en fila. Un oficial trata de imponer orden en aquella anarquía. Otro oficial de la policía ve a Fidel con el escopetón. El oficial que tiene fusil se lo entrega con 14 balas. El oficial queda desarmado por voluntad propia. La multitud baja hacia la séptima. Fidel sigue entre ella como un colombiano más.

La pequeña multitud baja en dirección de la plaza de Bolívar y en la carrera séptima, Fidel ve a cuatro o cinco soldados que imagina están sumados a la sublevación. Ellos intentan ordenar el desvarío de la multitud y Fidel les ayuda a poner orden. Después se daría cuenta de que aquellos soldados no estaban sublevados sino que eran soldados de la Guardia Presidencial, con sus fusiles sobrepasados por la furia de la multitud: del colegio de San Bartolomé disparaban contra la población. Fidel, incrédulo: “Porque dondequiera que yo veía la posibilidad de que alguien quisiera organizar yo trataba de organizar...”

En la esquina de la carrera séptima con 11 pasa un carro de los estudiantes con parlantes; llevaba varios cadáveres, iban agitando. Fidel se monta en el carro que se dirige hacia la Radiodifusora Nacional, en poder de los estudiantes y de algunos intelectuales, entre ellos el poeta Jorge Zalamea. La multitud está saqueando el comercio, ataca los edificios del gobierno, los incendios crecen como pradera seca. El carro con los estudiantes y Fidel se detiene frente al Ministerio de Guerra, hoy Hotel Tequendama; están metidos en una situación confusa: un batallón de soldados marcha hacia el sur, vienen con sus cascos alemanes, detrás los tanques avanzan. Ellos no saben con quién está el ejército: ¿con el pueblo o con el gobierno? En los discursos de la radio, agitadores liberales y de izquierda hablan del ejército liberal sublevado contra el gobierno conservador. Noticia fatal. Una hora después la frustración sería descomunal, cuando los tanques disparan contra la multitud en la plaza de Bolívar: cientos de muertos.

Fidel y los estudiantes dejan el carro y marchan a pie hacia el Ministerio de Guerra y en la puerta, detrás de unos barrotes, un grupo de soldados apuntan contra la multitud. Fidel, enardecido por la fiebre revolucionaria, se sube a un banco del parque y arenga a los soldados para que se sumen a la sublevación. Nadie escuchaba la voz de Fidel, nadie hizo nada, los soldados apuntando continuaban hieráticos, imperturbables.

Al final de la plazoleta de San Diego, un bus atestado de estudiantes se dispone a partir en dirección de la Radiodifusora Nacional. Fidel corre en compañía de otro estudiante que lleva un fusil. En la carrera alguien le mete la mano al bolsillo de atrás; pierde su cartera con documentos y dinero. El bus desemboca en la carrera 17 con calle 26, cerca de la Radiodifusora Nacional; los espera una balacera. Los estudiantes se atrincheran en unos bancos, no tienen para defenderse sino el fusil de Fidel. Corren, escapan y deciden marchar hacia la Universidad Nacional.

En la Universidad Nacional era todo confusión, como confusión y anarquía la ciudad. Alguien grita: vamos a la División de Policía de la 39. Un centenar de estudiantes, en actitud suicida, deciden tomar la División de Policía. Se encontraron con una sorpresa: la división se había sublevado y reciben a los estudiantes amistosamente. Fidel con su fusil se presenta ante el jefe de la policía, le dice: Soy estudiante, soy cubano, estamos en un congreso; le explica la razón de su estadía en Bogotá, y el comandante de la policía lo convierte en su ayudante. El comandante de la policía decide ir a las oficinas de la Dirección Nacional Liberal. Fidel piensa: el hombre tiene contactos por lo alto, la situación de anarquía empieza a organizarse. Fidel lo acompaña en el jeep. El comandante de la policía entra en la Dirección Nacional Liberal; Fidel lo espera en la puerta. Sale. Se monta en otro jeep y regresa a la División de Policía. Fidel va en el segundo jeep. Anochece. El comandante de la policía decide volver a las oficinas de la Dirección Nacional Liberal. De camino sucede algo insólito. Fidel lo cuenta:

“El ‘jeep’ donde iba el jefe de la policía sublevada adelante se para, tiene un defecto mecánico; están allí tratando de arrancar y no arranca. Yo me disgusto con aquello, me bajo del ‘jeep’, les digo: ‘Ustedes son unos irresponsables’, y yo me quedo a pie y le doy el puesto al jefe de la policía...’ ” Fidel, acompañado de dos o tres estudiantes, se queda en la calle, junto a un muro largo, cerca del Ministerio de Guerra. En la oscuridad cruzan la calle. Por fortuna los soldados apostados en el Ministerio de Guerra no disparan. Fidel y los estudiantes suben por las callejuelas adyacentes al Museo Nacional y cruzan la carrera quinta con 28, antesala del barrio La Perseverancia. En la noche, quizá 7 de la noche, Fidel termina su itinerario durante el 9 de abril, en la Quinta División de Policía. La división de la Policía realmente sublevada.

Fidel se identifica: Soy estudiante cubano, estamos en un congreso... A la Quinta División de Policía han llegado oficiales y policías de otras divisiones; también, muchos civiles gaitanistas ofreciendo colaboración; después de las 8 de la noche llegarían los miembros de la llamada Junta Revolucionaria, encabezada por Adán Arriaga Andrade, ex ministro de Trabajo; Gerardo Molina, Jorge Zalamea y Montaña Cuéllar. En la noche del 9 de abril la Quinta División era el epicentro de la resistencia armada contra el gobierno Ospina Pérez.

En la Quinta División de Policía impera la mentalidad subalterna por la espera de una orden superior de la Dirección Nacional Liberal, que en la madrugada llega a Palacio de gobierno a discutir una posible solución al conflicto que ha desbordado los ánimos de la población en Bogotá. En el patio de formación solo se pasa revista al personal y luego se ordena volver a cubrir sus puestos. Es una actitud defensiva. Fidel pide una entrevista con el comandante de la División de Policía, el capitán Tito Orozco, acompañado de otros oficiales y le argumenta:

“Toda experiencia histórica demuestra que una fuerza que se acuartela está perdida. En la propia experiencia cubana, en las luchas armadas en Cuba, toda tropa que se acuarteló estaba perdida. Yo le propongo que saque esa tropa a la calle y le asigne una misión de ataque, a tomar objetivos contra el gobierno. Le razono, le discuto y le propongo que saque la tropa de ataque; él tuvo la amabilidad de escucharme, pero no tomó ninguna decisión”. En la Quinta División se esperaba un ataque del ejército. Una larga espera sembrada de incertidumbre y presagios fatales.

En su puesto de guardia, en la madrugada del 10 de abril, Fidel se acuerda de Cuba, de su familia. Afloran los pensamientos. Entonces se  pregunta:

“Qué hago yo aquí. He perdido contacto con todo el mundo, con los estudiantes, con el jefe de la Policía, estoy aquí en una ratonera, esto está equivocado de pies a cabeza, esto es un disparate, estar aquí esperando un ataque, en vez de salir al ataque con esta fuerza a realizar acciones decisivas”. Fidel se pregunta:

“Me pongo a pensar si yo debía quedarme y por qué me quedaba. Entonces decido quedarme. Era fácil entregarle el fusil a alguno de los que estaban desarmados. Yo en ese momento tengo un pensamiento internacionalista y me pongo a razonar y digo: Bueno, el pueblo de aquí es igual que el pueblo de Cuba, el pueblo es el mismo en todas partes, este es un pueblo oprimido, un pueblo explotado. Yo tenía que persuadirme a mí mismo, y digo: Le han asesinado al dirigente principal, esta sublevación es absolutamente justa, yo voy a morir aquí, pero me quedo...”

En la mañana del 10 de abril, Fidel le pide al capitán Tito Orozco una patrulla con la misión de proteger los alrededores de la Quinta División de Policía, especialmente el cerro de Monserrate. El capitán Orozco le da una patrulla de ocho hombres. Fidel piensa que va a enfrentar al enemigo, que en una acción envolvente puede caer sobre la División por sorpresa. En la parte alta del barrio de la Perseverancia, Fidel ve un carro sospechoso que dobla una esquina. El hombre cuando ve la patrulla, en una curva choca contra una piedra. Fidel le da el alto. Fidel le grita: ¡Párate! ¡Párate! El hombre no estaba armado, pero Fidel lo imagina un espía:

“¿Tú sabes lo que estaba haciendo el hombre que yo me creía que era un espía? La ciudad ardía, estaba ardiendo, era humo por todas partes, se sentían disparos por todas partes. El hombre, el día 10, había salido con dos prostitutas de la ciudad y se había ido para aquellas lomas, con la ciudad ardiendo; sencillamente el hombre se estaba divirtiendo...” Los moradores le dijeron a Fidel: está culeando, está culeando... desde la altura, Fidel hizo varios disparos contra el Ministerio de Guerra: “Era el único objetivo que estaba al alcance de mi fusil”.

En un segundo patrullaje, Fidel recorre las callejuelas del barrio de La Perseverancia. Habla con la población: fábrica de ladrillos, hornos, tejares. Un niño se acerca a él. Le habla con voz desgarrada, como pidiéndole ayuda. ¡Han matado a mi papá! ¡Han matado a mi papá! Lloraba el niño de 6 ó 7 años. En una de las calles estaba el hombre tendido, un civil que había muerto.

El 11 de abril se habla del acuerdo de Palacio: Darío Echandía sería el ministro de Gobierno. En la Quinta División de Policía cunde el temor. Los civiles desaparecen. Por la radio se pide a los policías de la Quinta División que entreguen las armas. Fidel hace entrega de su fusil y una espada al comandante de la División. Al medio día Fidel llega al hotel. Es cuando se entera de que están acusando a los cubanos de ser los instigadores del levantamiento popular. En compañía de Rafael del Pino, Fidel busca a los otros dos cubanos: Ovares, el presidente de la FEU y dueño del hospedaje les da la bienvenida. El dueño era conservador y durante la comida, empieza a decir horrores de Gaitán y de los liberales. Fidel pierde la paciencia y comete el error de contradecir al dueño del hospedaje, diez minutos antes de las 6 de la tarde: le dijo que estaba equivocado, que esa gente estaba oprimida, que eran luchadores, que su causa era una causa justa. El hombre, iracundo, les ordenó salir de su establecimiento. Salir a la calle era encontrarse con el toque de queda. Faltaban cinco minutos.

Los cubanos suben por la avenida Jiménez y la carrera séptima; en la entrada del hotel Granada, ven bajar de un carro diplomático a uno de los argentinos que Fidel había conocido en la organización del congreso estudiantil. Era un líder peronista. Los recibe diciendo: En qué lío os habéis metido. Suban, yo los llevo al Consulado de Cuba. Al carro diplomático le dan vía libre en el recorrido hasta llegar al Consulado de Cuba. Fidel cuenta una hermosa paradoja:

“Para que tú veas lo que son las paradojas de la historia... ¿Sabes quién era el cónsul? Un señor de unos 65 años de edad, se veía un hombre muy noble; la señora se veía muy afectuosa también. Nos reciben, ese hombre era hermano de quien después fue jefe del ejército de Batista...”

El 12 de abril, Fidel y el resto de cubanos viajan hacia La Habana, en un avión que transportaba ganado de lidia.

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