Viernes, 20 de enero de 2017

| 1987/03/16 00:00

FIDEL PONE REVERSA

El líder cubano declara una lucha sin cuartel contra los brotes capitalistas de su revolución socialista

FIDEL PONE REVERSA


"Algunas personas comenzaron a ganar mucha plata, de manera que Fidel decidió clausurar la ventana por la que Cuba comenzaba a asomarse tímidamente a la llbre empresa". Con esta frase comienza un artículo de Joseph B. Treaster, publicado por el New York Times del domingo pasado, en el que se explican algunos de los camblos económicos fundamentales que actualmente está realizando Fidel Castro en Cuba. Por considerarlo de interés para sus lectores, SEMANA resume para ellos el artículo de Treaster.

En la última primavera, Fidel Castro, el sexagenario presidente cubano, descubrió un cultivador de ajo que ganaba US$50 mil anuales vendiendo por su cuenta lo que le sobraba de dicho producto, luego de haber cumplido con la cuota que le señala el sistema agrícola estatal.

Poco tiempo después, Castro detectó a un campesino que había comprado dos camiones y estaba ganando US$150 mil al año--30 veces más de lo que el Estado cubano le paga a un cirujano--, vendiendo frutas y vegetales.

Fidel Castro, que preconiza la igualdad socialista con el mismo fervor que un evangelista lo hace con la Biblia, pronto descubrió que estos no eran los dos únicos casos. Había docenas de agricultores, camioneros e intermediarios, haciendo mucha plata mediante el suministro de alimentos a los mercados agrícolas "por la libre" (que están al margen del control del Estado) y que el propio Castro había autorizado en 1980, para estimular la producción y evitar la escasez alimenticia. La revolución, que actualmente atraviesa su año número 28, se estaba deformando, según declaró. Los comunistas cubanos venían comportándose como "capitalistas camuflados". Una nueva clase de pudientes se estaba gestando en un país donde supuestamente las clases habían sido erradicadas.

Y no sólo eso. A todo lo largo y ancho de esta isla de 10 millones de habitantes, la ética del trabajo revolucionario, que Castro y el legendario Che Guevara habían instaurado durante los primeros días de su victoria contra la dictadura Batista, parecía haberse desvanecido. En las fábricas y fincas estatales los registros de personal estaban saturados, y los obreros y trabajadores sólo laboraban cuatro o cinco horas por día. Aún con una producción y una calidad deficientes, muchos empresarios estaban autorizando bonos de incentivo, y muchos trabajadores estaban devengando doble salario. Un grupo de médicos empleados por el Estado fue "pichoneado" vendiendo certificados falsos de salud, que permitían retiros laborales prematuros, por US$1.500 "el favor". Un artista, que aparentemente no incurrió con ello en ninguna ilegalidad, ganó US$180 mil vendiendo sus pinturas a instituciones del Estado.

Todo esto condujo a que Fidel Castro cerrara estos mercados experimentales el año pasado, a pesar de que, en apariencia, el experimento había logrado acabar con la escasez de productos agrícolas y de carne, tan común en Cuba en la década de los setenta. La instalación física de los mercados, con sus estructuras de madera y cemento, todavía se conserva. Pero los granjeros ya no están, y han sido reemplazados por empleados que venden fruta y vegetales en las que ahora son tiendas de propiedad estatal.

En las semanas siguientes a la clausura de estos mercados, Castro cerró otra gran grieta por la cual parecía que también estaba colándose el capitalismo a Cuba: la propiedad privada de la vivienda, incluyendo el derecho de construir una casa propia. El objetivo del programa, que se mantuvo durante un año, fue el de satisfacer una queja generalizada entre los cubanos, que pedían la posibilidad de escriturarse las casas y apartamentos que les asignaba el Estado, con lo que además liberaban al gobierno de los elevados costos de su mantenimiento. Pero, según Castro, muchas personas se estaban haciendo ricas comprando y vendiendo viviendas.

Contra la corriente
Este jalón de riendas en Cuba se ha presentado en el mismo momento en el que otros países comunistas han aligerado sus restricciones sobre la actividad empresarial. Recientemente, por ejemplo, la Unión Soviética anunció que estaba considerando la posibilidad de permitir operaciones privadas en ciertos restaurantes. En Hungría, el menos doctrinario de los países satélites, los vendedores de libros, los choferes de taxi y los propietarios de restaurantes hacen negocios en forma tan independiente como lo harían en Occidente, y los granjeros privados proveen un 40% de los alimentos del país. China posee miles de mercados libres que venden de todo, desde productos agrícolas hasta motocicletas usadas. Y 80% de los restaurantes abiertos durante los últimos nueve años en China, son privados.

Contra esta fuerte corriente de apertura, la desaprobación doctrinaria de Castro con respecto al exceso de ganancias de algunos particulares parece pasada de moda.

Pero además, para contrarrestar una aguda disminución en los ingresos estatales, el líder cubano ordenó recientemente una amplia gama de restricciones para controlar el gasto público. Estas incluyen reducciones en las raciones personales de arroz, leche, carne, cerveza y textiles, menos horas de transmisión para los dos canales de televisión nacional, un aumento en las tarifas energéticas, y la duplicación del pasaje de bus, que subió a diez centavos.

La campaña de austeridad, según Castro, tiene por objeto no sólo imponer una mayor disciplina y moralidad sobre los ciudadanos, sino también recordarles el espíritu de tolerancia que les exigieron los primeros años de la revolución, y que parece haberse desvanecido por la llegada de mejores días. A esta campaña de austeridad está dedicando Castro en la actualidad la mayor parte de su energía, dejando de lado su obsesión por la deuda externa latinoamericana, y cediendo un poco en el empeño de presentarse a sí mismo como un estadista adulto y campeón de la unidad regional.

Tiquete al pasado
Los diplomáticos occidentales y los expertos en el tema cubano, aseguran que Castro parece estar conduciendo de nuevo a su país hacia el espíritu imperante en los años sesenta, cuando revolucionarios como el Che Guevara, en lugar de los economistas, eran quienes formulaban la política económica. "En aquellos días la economía se basaba más en incentivos morales", afirma un empleado del gobierno cubano. "No había control de las fuerzas laborales. El Che supuso que todas las personas tendrían suficiente conciencia como para trabajar duro, sin amenaza alguna de sanciones. El trató de demostrar que el dinero no era importante".

A comienzos de los setenta, Castro se deslizó hacia una forma más ortodoxa de aproximarse a las metas económicas, luego de haber sufrido en 1970 la gran humillación de fracasar en la consecución del publicitado objetivo de producir 10 millones de toneladas de azúcar. Los salarios extras, los bonos y otros incentivos materiales fueron introducidos en el sistema laboral. Los carros, las neveras, los televisores y otros bienes considerados lujos en Cuba, se asignaron en primera instancia a los trabajadores destacados

Fue el éxodo de Mariel en 1980, y el desasosiego interno que dicho éxodo reveló, lo que condujo a Castro a inaugurar el primer mercado "por la libre". Antes de ello existían dos fuentes autorizadas de alimentos en Cuba. Toda la producción agrícola iba, bien a los almacenes de racionamiento, donde cantidades medidas de productos tales como arroz, café, pollo y carne eran vendidos a precios muy bajos, o a los llamados mercados paralelos, donde los precios eran superiores, pero sujetos a un máximo, y donde los compradores podían supuestamente adquirir productos en cantidades ilimitadas. En ellos se ofrecían, por ejemplo, toneladas de naranjas, pero ninguna cebolla. O podía que los tomates estuvieran demasiado maduros. De manera que, muchas veces, los empresarios decidían por sí mismos racionar el producto, de acuerdo con la demanda.

Los mercados agrícolas "por la libre" diferían de los mercados paralelos en factores claves como que los campesinos fijaban sus propios precios, sin topes, y manejaban completamente la operación de distribución del 20% de su producción, que estaban autorizados a invertir en su beneficio particular. Los precios, con frecuencia, eran muy elevados, pero la producción agrícola creció y la escasez virtualmente desapareció. En palabras de una ama de casa cubana, "podía uno encontrar de todo, en lugar de recorrer cinco mercados distintos para encontrar menos de la mitad".

Los amigos soviéticos
La revisión ideológica que puso término a la propiedad privada de la vivienda y a los mercados campesinos "por la libre", es sólo una de las razones de los cambios económicos que se están haciendo visibles en Cuba. El punto más importante es el drástico declive de los precios petroleros que se ha producido durante los 18 últimos meses, teniendo en cuenta el papel que, precisamente, el petróleo desempeña en las inusuales relaciones entre Cuba y la URSS. Sin la ayuda soviética de más de US$10 millones diarios, es probable que Cuba escasamente subsistiría.

El año pasado, por primera vez, las exportaciones petroleras sobrepasaron al azúcar como mayor generador de divisas. Cuba produjo cerca de 800 mil toneladas de productos petroleros para el consumo interno en sus refinerías, y vendió al exterior cerca de 4 millones de toneladas. La explicación de este fenómeno consiste en que la URSS suministra a Cuba una cantidad más que suficiente de petróleo y gas natural para sus necesidades domésticas, y Cuba exporta el exceso con el fin de obtener los dólares necesarios para costear las importaciones.

Por otro lado, la URSS compra la mayoría del azúcar cubana a un precio 10 veces más elevado que el del mercado internacional. Durante algunos años, Cuba ha ganado dólares vendiendo el sobrante a los compradores occidentales. Pero el año pasado, debido a los estragos de la sequía y de los huracanes, Cuba tuvo que comprar azúcar de República Dominicana, para cumplir con su cuota soviética.

"Esta situación--Fidel Castro le dijo a los miembros de su gobierno en diciembre--hace que la rectificación de errores y de tendencias negativas --que es como él describe la corrupción, la rampante ineficiencia y el enriquecimiento personal--sea una obligación moral y un deber revolucionario". --

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