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| 3/15/1999 12:00:00 AM

FINAL ANUNCIADO

Con la exoneración de Clinton termina un capítulo extraño de la historia de Estados Unidos. La <BR>pregunta es qué tanto daño hizo esta tragicomedia.

Bill Clinton está acostumbrado a salirse con la suya, y esta vez lo logró de nuevo. El
presidente de Estados Unidos superó el mayor escollo de su carrera política, que le amenazaba con la
máxima humillación de verse convertido en el único gobernante de la historia en ser destituido por el
Congreso. Lo hizo gracias a una com-binación improbable de arrogancia, humildad, audacia y suerte que
se ha convertido en la fórmula secreta de su supervivencia a través de los años.
El viernes 12 de febrero de 1999 pasará a la historia por la votación con que el Senado de Estados Unidos
desestimó los dos cargos que se le habían hecho al presidente: perjurio y obstrucción de justicia. Para el
primero hubo 45 votos a favor de condenarlo y 55 en contra. Para el segundo se presentó un empate 50-50.
En ambos casos se requerían las dos terceras partes, pero en ninguno de ellos los opositores republicanos
consiguieron ni siquiera la mayoría simple.
La derrota de los enemigos de Clinton era de esperarse porque en ninguna de las fases del proceso de
impeachment, que duró 21 días, hubo la menor posibilidad de conseguir un acuerdo suprapartidista para tratar
el asunto como un verdadero juicio en el que primara la búsqueda de la verdad antes que el mantenimiento
de los intereses políticos. Al final la votación siguió en términos generales la composición del Senado de 45
demócratas y 55 republicanos, con la salvedad de que 10 republicanos moderados se pasaron al bando
contrario en el primer caso, de los cuales cinco lo hicieron en ambas oportunidades. Ninguno de los
demócratas votó por fuera de las líneas partidistas.
Ese resultado puso en entredicho las reglas y la institución misma del impeachment, una figura creada
para controlar el ejercicio del enorme poder que reposa en manos del gobernante en un sistema
presidencialista como el norteamericano. El juicio contra Bill Clinton mostró dos caras siniestras de la
misma moneda: por una parte los republicanos evidenciaron un interés en acabar con la carrera del presidente
que parecía ir mucho más allá de la protección del orden jurídico. Y por la otra los demócratas, aún
conscientes de que la relación sexual con Monica Lewinsky era un hecho aceptado incluso por la opinión
pública, y que el propio Clinton había admitido su mentira al respecto, nunca consideraron siquiera la
posibilidad de que la falta de juicio mostrada por Clinton pudiera ser causa para sacarlo del poder. Al
final las encuestas, que siempre favorecieron al presidente, se convirtieron en una especie de voto popular
con todas las implicaciones que ello tiene. Muchos piensan que aun si hubiera existido la prueba reina
los congresistas no se hubieran atrevido a ir en contra de esa expresión putativa de la voluntad general.
Lo que preocupa más a los analistas norteamericanos es que en el camino quedó buena parte de una
credibilidad popular en las instituciones que ya venía en descenso desde que el presidente Lyndon Johnson
acostumbró al país a sus mentiras sobre la guerra del Vietnam. No es una sorpresa que la participación en
las elecciones congresionales de 1998 fuera, con el 36 por ciento, la más baja desde 1942. Ni que al final de
la semana pasada el pueblo norteamericano pareciera cansado del proceso contra el presidente y poco
pendiente de las imágenes de la televisión.
Clinton trató de parecer conciliador en el corto discurso de arrepentimiento que dirigió a los norteamericanos
en el jardín de la rosa de la Casa Blanca, pero una publicación hecha por el periódico The New York Times
, según la cual el presidente estaría planeando una vendetta política contra los fiscales de la Cámara de
Representantes o managers, agrió el ambiente. Eso significaría no sólo la continuidad del círculo vicioso de
agresión-defensa entre el Ejecutivo y el Congreso, con el deterioro de imagen de la clase política que ello
conlleva, sino en una parálisis de la actividad legislativa y de los proyectos del propio Clinton.
Pero también es cierto que los republicanos deben demostrar que su único interés no es tumbar al presidente
sino trabajar por el país, lo que augura un trámite fluido de proyectos clave de Clinton como la reforma a la
seguridad social y a la educación. Ello, sin embargo, no implica que el presidente no vaya a lanzarse a la
reconquista del Congreso en 2000. Porque, al fin y al cabo Bill Clinton es y seguirá siendo un animal político.

Hillary al Congreso
Si alguien salió ganando del proceso de impeachment contra Bill Clinton fue su esposa Hillary. Desde el
comienzo la primera dama estuvo al lado de su marido, denunció la existencia de una conspiración urdida
por la extrema derecha religiosa y hasta en los momentos más difíciles mantuvo una elegancia y un decoro
que terminaron por producir la admiración de los norteamericanos, y en especial de las mujeres.
Ese capital político se ha convertido en fuente de especulaciones. La versión más fuerte es la de que Hillary
se lanzaría en 2000 por una curul en el Senado por Nueva York ante el anuncio del retiro de su copartidario
Pat Moynihan. Hillary tiene una gran aceptación en las encuestas del estado, y el favorito Andrew Cuomo
decidió quedarse al lado de Al Gore (otro de los grandes favorecidos por el juicio) para las presidenciales de
2000.El gran inconveniente es que Hillary nunca ha vivido en Nueva York. Eso podría solucionarse alquilando
un apartamento. Pero como además se dice que Hillary sólo espera el final del período de su marido para
separarse, en su futuro podría haber una gran manzana.

los perdedores
Kenneth Starr
Cuando fracasó en probar delitos de Clinton en el caso Whitewater logró que le extendieran su competencia
al de Lewinsky, pero también fracasó. Sus problemas éticos lo tienen al borde de una investigación .
Monica Lewinsky
Es la mayor víctima , porque será recordada por la historia en forma poco amable. Su juventud e
inexperiencia podrían haberla convertido en instrumento de intereses oscuros.

Linda Tripp
El personaje más odiado de Estados Unidos. Tripp le dio una nueva dimensión a la deslealtad cuando reveló el
romance de Lewinsky y Clinton. Su participación es altamente sospechosa.


Los republicanos
El liderazgo partidista quedó mal parado. Las elecciones de noviembre tumbaron a Newt Gingrich, luego cayó
Bob Livingstone por acusaciones sexuales y quedó el desconocido Denis Hastert.
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