Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1996/07/29 00:00

FUERA LOS INFIELES

EL ATENTADO EN ARABIA SAUDITA CONTRA UN EDIFICIO REPLETO DE MILITARES NORTEAMERICANOS FEFLEJA EL RECHAZO DE LOS GRUPOS ISLAMICOS CONTRA LA PRESENCIA EXTRANJERA ...

FUERA LOS INFIELES

Hierros retorcidos, muerte y desolación fueron el resultado del bombazo de la semana pasada en Dahran, Arabia Saudita, que destruyó un edificio de apartamentos ocupado por miembros de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, 19 de los cuales murieron. El presidente Bill Clinton, en medio de la amargura, cambió la agenda de la reunión del Grupo de los Siete, que sesionó en Lyon, Francia, para que se examinara el tema del terrorismo. La condena internacional no se hizo esperar, pero lo cierto es que la explosión logró su objetivo de recordar que las relaciones de Occidente con el mundo árabe siguen siendo uno de los focos de tensión más problemáticos del mundo. Los árabes fueron durante muchos siglos un importante faro cultural y científico de la humanidad, y nunca han podido superar la amargura motivada por el hecho de que poco a poco cedieron su preeminencia a una Europa a sus ojos infiel e impía. Parapetados detrás de la doctrina excluyente del Corán, en todo el mundo árabe los ciudadanos rechazan la presencia extranjera, caracterizada frecuentemente como la influencia del demonio. Arabia Saudita no sólo no escapa a esas características, sino que las vive con especial intensidad por múltiples razones. La primera es que en ese territorio desértico se encuentran las ciudades sagradas de La Meca y Medina, lugares íntimamente ligados con la vida de Mahoma. Los seguidores del Islam deben visitar La Meca por lo menos una vez en sus vidas, y por eso anualmente millones de peregrinos musulmanes de todo el mundo se reúnen en ese lugar para rendir su máximo tributo al Profeta. Tener bajo su jurisdicción esos lugares representa, por lo tanto, una enorme responsabilidad ante los ojos de todo el mundo árabe. A ello se suma que el país está desde 1932 bajo el dominio de la familia Al-Saud, que logró imponerse ante sus adversarios los Raschid con el apoyo abierto de Gran Bretaña y las potencias occidentales. Y, como si lo anterior fuera poco, Arabia Saudita es uno de los mayores productores de petróleo del mundo, con ocho millones de barriles diarios, y tanto la extracción del crudo como el desempeño de sus industrias depende en alto grado de la presencia de trabajadores extranjeros, que conforman hasta un tercio de su población de 17 millones de habitantes. De tal manera que la monarquía saudita guarda un peligroso equilibrio. Por un lado, es especialmente estricta en la interpretación del Corán, y allí rige la ley Sharia, que ordena la mutilación de los ladrones, la muerte de los adúlteros, excluye a las mujeres de muchas actividades, entre ellas conducir vehículos, y prohíbe terminantemente el consumo de alcohol, entre otras muchas interpretaciones de lo ordenado por el Corán. Pero, por el otro lado, debe manejar la presencia masiva de extranjeros, que viven virtualmente segregados del resto de la sociedad. Esa contradicción se ha sostenido porque la mayor parte de los sauditas entiende la utilidad de los trabajadores foráneos. Pero desde 1990 ese precario equilibrio está en peligro. En ese año, ante la amenaza de la crisis desatada por Irak, el rey Fahd se vio ante la realidad de su incapacidad para defender las inmensas riquezas petroleras de su país y pidió ayuda a Estados Unidos. Desde entonces éste mantiene en Arabia unos 5.000 miembros de su fuerza aérea (encargados de velar por el bloqueo aéreo que existe en el sur de Irak) y centenares de instructores cuya misión es preparar a los militares sauditas para manejar los equipos provenientes de su enorme inversión en defensa. Aunque las tropas extranjeras son advertidas sobre la obligación de seguir estrictamente las normas sociales, esa presencia ha influido mucho más en la sociedad saudita que la de los trabajadores. Hoy automóviles y vehículos de tracción en las cuatro ruedas son el mayor símbolo de estatus para la juventud, que asiste a lugares de comida rápida y que disfruta con libros y películas vedados. Pero aun si eso no fuera así, la sola presencia de soldados extranjeros en la tierra de La Meca y Medina es más de lo que los sauditas fundamentalistas están dispuestos a aceptar. Para ellos, es la prueba de que la familia Al-Saud tiene vínculos inaceptables con Occidente. Ese es el contexto en el que se produjo el atentado de la semana pasada en Dharan, el cual no es ni mucho menos aislado. La explosión de la semana pasada se produjo menos de un mes después de que cuatro militantes antinorteamericanos fueron decapitados por un atentado similar pero de menor tamaño perpetrado en la capital, Riyad, en noviembre pasado. La autoría no es clara, porque dos grupos se han responsabilizado: uno, las 'legiones del mártir Abdullah al-Huzaifi', y otro denominado 'Hizbulah-Golfo'. No se sabe si sus reclamos son auténticos. Pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que el atentado de la semana pasada es otro abrebocas de una nueva lucha islámica, dirigida a expulsar a los infieles de su tierra santa y, de pasada, sacar del poder a la 'decadente' familia Al-Saud. El momento, por lo demás, es propicio, ya que el rey Fahd está afectado por un derrame cerebral y el país vive un virtual vacío de poder.

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