Sábado, 25 de octubre de 2014

| 1986/03/31 00:00

GANASTE CORAZON

Con el apoyo del pueblo, de la Iglesia y del propio Ejército, Cory Aquino asume finalmente el poder.

GANASTE CORAZON

Desbordado por una marea humana con rosarios, estampas de la Virgen y banderas amarillas como únicas armas, el régimen de Ferdinando Marcos, uno de los mayores gendarmes del Pacífico, se derrumbó como un castillo de naipes. Una semana después de que fuera lanzada por Corazón Aquino la campaña de desobediencia civil, destinada a impedir que la dictadura consolidara la fraudulenta victoria electoral del 7 de febrero, el núcleo civil y militar que sustentaba al desvencijado Mandatario se vino abajo cuando Juan Ponce Enrile, ministro de Defensa, y el general Fidel Ramos, jefe de las Fuerzas Armadas, se hicieron fuertes en el cuartel de Camp Cramer para exigir desde allí la dimisión de Marcos y el nombramiento de la señora Aquino como presidenta.
Todo comenzó en la tarde del sábado 22 de febrero, horas después de que Philip Habib, el enviado especial del presidente norteamericano Ronald Reagan, abandonara Manila, tras cinco días de consultas con Marcos y Cory Aquino.
Enrile y Ramos, enterados de que la división en el Ejército cundía e invocando rumores de que el gobierno se aprestaba a detenerlos, se acuartelaron en sus respectivas sedes. El ministro de Defensa en Camp Aguinaldo y el General en Camp Cramer, a donde más tarde se trasladó Enrile, metralleta en mano, dada la fragilidad de su oficina ante un eventual ataque con carros artillados de Marcos. Una vez allí, pidieron a las Fuerzas Armadas y a los ministros unirse a ellos frente al dictador.
Con inusitada agilidad, el cardenal Jaime Sin, primado de la Iglesia Católica en Filipinas, pidió a la población acudir a Camp Cramer para manifestar "en este momento crucial" su apoyo a los oficiales y soldados rebelados contra Marcos.
Un par de horas después, una muchedumbre invadía las calles de Manila y rodeaba el bastión de Enrile y Ramos, haciendo difícil la intervención armada de las tropas leales al Presidente, quien desde la televisión tronaba, acusaba y amenazaba. "Es el mundo al revés", decía un coronel rebelde encaramado sobre un muro del campo. "Ya no es el Ejército el que protege al pueblo, sino el pueblo quien protege al Ejército".
La señora Aquino se hallaba en la ciudad de Cebú, a 500 kilómetros de la capital, y regresó inmediatamente. "Pido a todos los hermanos y hermanas de todo el país que continúen apoyando la acción de Camp Cramer", declaró, antes de dirigirse al reducto rebelde, desde donde Radio Veritas, la emisora de la Iglesia Católica, daba sus micrófonos a Enrile y Ramos para que explicaran sus motivaciones.

BLINDADOS CONTRA ROSARIOS
El primero insistía en que Marcos lo iba a arrestar, adelantándosele al anuncio de la renuncia que el Ministro haría el lunes 18, en vista de que él ya no podía "seguir sirviendo a este gobierno que no representa la voluntad del pueblo". Ramos, fumando un gran cigarro y olvidándose del frío y seco general que era unas horas antes, se transformó en un tribuno popular, inflamado por la gesta del "poder popular". Reveló que días atrás, en una reunión de generales en el palacio presidencial de Malacañang, se hicieron planes para detener a todos los líderes de la oposición y se elaboraron "listas negras" contra los dirigentes del movimiento. Ambos pedían a Cory Aquino encabezar el nuevo gobierno de Filipinas y leían una y otra vez la larga lista de generales y oficiales que se estaban uniendo a los sublevados en las 13 regiones militares del país.
En la calle, la tensión crecía. Un avance de tanquetas y carros artillados con 500 soldados del gobierno, fue detenido por la multitud que cantaba, rezaba el rosario, escuchaba las emisiones del campo rebelde en numerosos transistores y pegaba emblemas con la frase "Cory president" en los vehículos militares. En la noche del sábado esas tropas habían tenido que replegarse en medio de las invitaciones de la gente a unírseles, seguras ya de haber ganado la pacífica batalla. Pronto fueron surgiendo barricadas de sacos de tierra, buses y camiones. La gente, como una alfombra descomunal, no cedía ante el paso de las horas, alimentándose frugalmente y durmiendo en las aceras. Así lo hizo durante cuatro noches.
El ambiente general de la movilización recordaba, a la vez, la Revolución de los Claveles en Portugal, por el alto grado de confraternización de la masa urbana con los soldados, como las luchas sindicales polacas de 1980 por la gran cantidad de sotanas, crucifijos y cánticos religiosos que inspiraba el desafío. "Vosotros tenéis las balas; nosotros los rosarios", decía una manifestante a un joven infante de Marina con su fusil-ametrallador en bandolera. Otra muchacha pasaba una imagen de la Virgen al soldado que vigilaba una calle, etc., etc.
¿Quiénes son estas gentes? ¿De dónde vienen? La mayoría pertenece a la coalición electoral de Aquino y Laurel. El otro sector lo integran activistas de Bayan (La Patria), movimiento que agrupa las fuerzas progresistas legales y los comunistas, El Bayan propuso, cuando fue anunciado el plan de desobediencia civil, lanzarse a la creación de asambleas populares y brigadas de autodefensa por considerar insuficiente la estrategia de Cory.

UN SHOW DE TELEVISION
Marcos, consciente de que estaba jugando contra el tiempo (la Casa Blanca, el sábado, había expedido un comunicado de apoyo indirecto a los militares sublevados, en el cual sugería al Mandatario filipino dimitir), apareció el lunes en la mañana en la televisión. Rodeado de su familia y de los mandos militares que le quedaban, advirtió que declaraba el estado de sitio y que arreglaria cuentas con los golpistas. Pero ese tono firme no engañó a nadie. Marcos ya estaba caído Ese día, en la madrugada, 80 camiones de soldados y carros blindados habían intentado inútilmente dar el "asalto final" al Camp Cramer. Numerosos policías, pretendiendo abrirle paso a la tropa, lanzaron gases lacrimógenos y dispararon sus fusiles. La muchedumbre, pese a los heridos que dejó el ataque, no huyó de la calle. A las seis de la mañana, los asombrados soldados comenzaron a desertar, pasándose al campo de los manifestantes. Minutos después, seis helicópteros de la Fuerza Aérea aterrizaban en Camp Cramer para unirse al general Ramos. Fueron los mismos aparatos que más tarde dispararon dos cohetes contra el palacio presidencial.
La dramática aparición de Marcos en la televisión fue coronada por el gesto desesperado del general Ver (depuesto y rehabilitado en 48 horas), quien interrumpió al dictador, tomó el micrófono y gritó ante las cámaras: "Le advertí, le había advertido ayer que debía movilizar los helicópteros contra la gente" Marcos no pudo retomar la palabra, pues en esos momentos un grupo de soldados rebeldes se tomaba el Canal 4 de televisión, por el cual hablaba, desde su palacio, el jefe de Estado. Dos emisoras caían también en poder de la oposición.
Sin embargo, el punto final aún no llegaba. El martes, los hechos se suceden más vertiginosamente. A las 10 y media de la mañana, en un club privado, Cory Aquino presta juramento como nuevo jefe de Estado y anuncia la formación de un gobierno democrático "en nombre del pueblo filipino". Entre los acompañantes, está el Primer Secretario de la embajada norteamericana, el cardenal Jaime Sin y numerosos asesores Marcos, paralelamente, presta juramento para un nuevo periodo presidencial, en su palacio de Malacañang, ante 8 mil enardecidos partidarios. El espectáculo es cómico: camarógrafos de televisión filman la escena, pero las imágenes no salen al aire, pues el Canal 9 está ya en manos rebeldes.
La cascada de reconocimientos a Cory, comienza. Diplomáticos y militares son los primeros. La Cámara de Comercio después. Los ministros del dictador abandonan su puesto. El general Ramos anuncia que el 85% de los soldados están con él. En ciertos puntos de la ciudad hay disparos entre leales y sublevados. El balance final: 12 muertos.
Pero a las 9 de la noche, la ciudad estalla: acaban de anunciar que Marcos y su familia han huido de palacio hacia la base Clark, desde donde serán transportados a Estados Unidos. Petardos, campanas, bocinas de automóviles prorrumpen en estrepitoso concierto, junto a la gente que en la calle grita "hemos ganado". Las tropas de Malacañang se evaporan y la multitud que dirigen los de Bayan entra al recinto que durante años fue el símbolo del despotismo local. El exorcismo comienza. Lanzan los retratos de Marcos por las ventanas. Se sientan en su sillón vacío. Revuelcan su cama.

¿LA HORA DEL CAMBIO?
Tras las históricas jornadas, retorna la calma. Un "estado de gracia" recorre los espíritus. El dictador se ha ido. De Clark ha saltado a Guam, a bordo de un avión norteamericano. En Manila, la televisión y la radio incitan a la reconciliación nacional, mientras la señora Aquino revela su equipo de gobierno. Salvador Laurel, quien se postuló con ella para la vicepresidencia, se convierte en primer ministro y canciller. Enrile conserva la cartera de Defensa y Ramos es ratificado como jefe del estado mayor sin más méritos democráticos que el de haberle vuelto la espalda a Marcos en el último momento, después de muchos años de leales servicios. También se anuncia la integración de sendas comisiones, con el fin de estudiar una amnistía para los guerrilleros y la liberación de los presos políticos.
Pocas transformaciones radicales se pueden esperar de esta "revolución" particular, cuyo programa fue sólo la eliminación de un déspota. El sistema, acaparando los nuevos puestos de mando, como lo prueba la presencia de Enrile y Ramos, permanece intacto. Y las fuerzas motrices del levantamiento pacífico -la Iglesia Católica, las clases medias y los grandes propietarios- son núcleos fundamentalmente conservadores. No obstante, el papel del Ejército, que respondió a su manera a la voluntad popular -contradiciendo la conducta de los militares del Tercer Mundo- y el de la Iglesia, que respaldó la movilización política al acoger el plan de desobediencia civil, constituyen particularidades "raras" de ese proceso que tendrá incidencia en el futuro filipino.
Para Washington, la "intervención quirúrgica" practicada contra su viejo aliado es todo un éxito. A la vista no hay elementos que amenacen la consigna lanzada a los nuevos gobernantes por George Shultz de mantener a Filipinas "en el mundo libre". La izquierda legal encarnada por Bayan no ha tenido representación en el gabinete. Su presidente, el viejo senador nacionalista Tanada, había concurrido a la ceremonia de instalación de Cory Aquino. La izquierda armada, por su parte, fue sobrepasada por los eventos, gracias a su rechazo del proceso electoral y de la táctica de desobediencia civil lanzada por Cory. No sería extraño que tales sectores, desencantados de la nueva situación, relancen su lucha y se aíslen aún más.
Para la Presidenta se abre un período muy difícil e inestable, en el que su mayor enemigo estará en casa: las luchas de los sectores que la llevaron al poder para influenciar su mandato y las ambiciones personales de los "peces gordos" que le cayeron a última hora.


LA VIUDA DEL MARTIR
Corazón (Cory) Aquino ha visto cómo el huracán político de su país puede hacer milagros, desde barrer una feroz dictadura hasta transformar, de la noche a la mañana, a una apacible ama de casa en tenaz líder de masas opositoras y, más tarde, llevarla a la Presidencia de la República. Ese es su caso personal. Su marido Benigno (Ninoy) Aquino, un periodista convertido en gobernador y senador, miembro de una de las dinastías terratenientes más pudientes del norte de Filipinas, caía muerto bajo las balas de un asesino cuando descendía del avión que lo traía de regreso a su país, de un exilio dorado en Estados Unidos. El histórico funeral en el que participaron dos millones de personas -pues el asesinado estaba destinado a reemplazar algún día al presidente Ferdinando Marcos- la vio presidiendo el cortejo que obviamente se convirtió en el primer acto político de la serie de sucesos que culminarían casi tres años después con la huida del dictador.
Benigno Aquino, adversario número uno del presidente Marcos desde 1970, había escapado al año siguiente de un atentado contra el Partido Liberal que dejó ocho muertos y un centenar de heridos. Los arrestos políticos de 1972 (entre ellos el del propio Ninoy, que pasaría varios años en la cárcel), la militarización progresiva del país, el control a la prensa y la extensión de la corrupción, afirmaron aún más el movimiento opositor que dirigía Aquino.
Pero Cory no estaba hecha para esos ajetreos. Su matrimonio a los 21 años significó la unión de dos familias riquísimas y el nacimiento de un hogar sin problemas que llegó a tener cuatro hijas y un hijo. Durante los años de ascenso de su esposo como hombre de Estado y líder de la oposición liberal, ella se limitaba a ser "simplemente la mujer de un político", como más tarde confesaría en una entrevista. Pero muerto Benigno Aquino, la viuda y abuela de 52 años empezó a ser vista como la continuadora lógica de la causa de éste.
Valiente, no rehusó el compromiso.
Su nombre y su efigie pronto aparecieron en las camisetas y banderas amarillas del movimiento. Más de un millón de personas habían suscrito una carta pidiéndole ser candidata en las elecciones presidenciales que Estados Unidos obligó acordar al Mandatario filipino. Cuando el tribunal militar absolvió a los militares presuntamente implicados en el atentado a Ninoy, Corazón Aquino hizo todo lo que pudo para gritarle a Marcos su culpa. "Mi sospechoso número uno sigue siendo el Presidente", fue la frase que soltó al enterarse del fallo. "La justicia no es posible mientras Marcos continúe como jefe de gobierno", decía durante la campaña electoral iniciada el 3 de diciembre pasado.
La violencia que caracterizó esos meses, con un promedio de 15 muertos diarios, no fue el único obstáculo en la conformación de un bloque único de la oposición. Salvador P. Laurel, un político de trayectoria que rompió con el régimen a raíz del asesinato de Benigno Aquino, buscaba quedarse con la candidatura presidencial incorporando a Cory como aspirante a la vicepresidencia. Pero los asesores de la viuda, donde tenía un lugar el cardenal Jaime Sin, lograron convencer a Laurel, después de no pocos forcejeos, de unirse a ella pero invirtiendo la fórmula.
"No tengo miedo, sé que Dios se ocupará de mí", afirmó la señora en los días de duelo por la muerte de su esposo. El cataclismo que provocó ese atentado la llevaría, treinta meses después, a la jefatura del Estado.

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