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| 8/14/2010 12:00:00 AM

Gobernando en serio

A Obama no le ha importado perder popularidad en las encuestas: ha hecho aprobar dos reformas históricas y ha tomado decisiones claves que ya dejan su marca para la historia.

A juzgar por las encuestas, al presidente estadounidense, Barack Obama, no le están funcionando las cosas. Un sondeo hecho a principios de este mes por la firma Rasmussen sostiene que el 56 por ciento de los norteamericanos desaprueban su gestión, mientras que solo el 43 por ciento están de acuerdo con ella. Otro, del diario USA Today, concluye algo semejante: que el 53 por ciento de los ciudadanos andan descontentos con él y solo el 41 por ciento, contentos. Estos porcentajes no deberían dejar lugar a duda de que a los gringos no les gusta su Presidente. Pero si se hace un análisis más detallado, la conclusión es otra. Parece que Obama, con su tono pausado, sus discursos profesorales y su nadadito de perro, se está saliendo con la suya. Y de qué forma.

Es que, en el fondo, su balance no es nada desalentador. Entre otros logros, ha conseguido que el Congreso apruebe la mayor reforma a la salud pública y la mayor reforma al sistema financiero del último siglo; se dispone a presentarle al Legislativo la mayor reforma al sistema migratorio, y el Senado le ha ratificado el nombramiento de dos magistradas de la Corte Suprema de Justicia, un tribunal de nueve jueces con un poder monumental. Desde la tumba, Franklin Delano Roosevelt, el mejor presidente del siglo XX y el hombre que cambió a Estados Unidos, debe estar levantando una ceja, y Bill Clinton, otro antecesor demócrata de Obama, debe palidecer de la envidia.

La reforma a la salud ha sido el principal punto a favor de Obama. Hasta hace algunos meses la situación era intolerable y vergonzosa. Cerca de 32 millones de personas, casi el 10 por ciento de la población, no tenían acceso a un sistema de salud y unas 45.000 morían cada año por esa razón. Para rematar, la ausencia de seguros médicos, combinada con las enfermedades catastróficas, era la causal número uno de las quiebras de familias que quedaban en la pobreza. Ninguna potencia democrática vivía un drama similar.

A Obama se le metió entre ceja y ceja arreglar el problema y esa obsesión se transformó en la bandera de su campaña. Una vez elegido, empezó el forcejeo con la oposición republicana hasta que en marzo pasado vio cómo 60 de los 100 senadores -la mayoría parlamentaria exigida- le dieron el sí a la legislación. De este modo, todo ciudadano en Estados Unidos, salvo los inmigrantes indocumentados, tendrá cobertura. No solo eso. Buena parte de las empresas deberán proporcionarlo y las aseguradoras no podrán cancelarle la póliza a un enfermo. No es fácil, ni barato. El Estado deberá desembolsar 100.000 millones de dólares anuales durante diez años, pero, como bien dice Obama, "se trata de la reforma más importante desde los años 30". Clinton, con todo lo popular que era, fracasó cuando intentó hacer lo mismo.

Otra reforma comparable se produjo el 15 de julio, cuando Obama sancionó la Ley Dodd-Frank. Con ella se busca evitar una crisis financiera en Wall Street como la que sacudió a finales de 2008 y en 2009 a numerosas entidades, como Lehman Brothers o como las firmas hipotecarias Freddie Mac o Fannie Mae. La idea es impedir que reaparezcan bribones de la talla de Bernard Madoff, que montó una pirámide gigantesca y se robó más de 50.000 millones de dólares. La Dodd-Frank crea un organismo que ejerce más control sobre el mercado financiero y el uso de las tarjetas de crédito. Reduce el riesgo de las entidades del sector, con lo cual no ganarán las millonadas de antes. Y les exige mayor liquidez, de modo que posean un colchón más grueso. Porque, como dijo Obama al firmar la ley, "a los ciudadanos jamás se les volverá a pedir que financien los errores de Wall Street". Desde 1934, cuando Roosevelt estableció la Securities and Exchange Comission (SEC, o Comisión del Mercado de Valores), no se les habían impuesto tantos controles a los yuppies neoyorquinos.

Obama quiere más reformas. Ahora pretende reglamentar la inmigración ilegal, situación en la que viven 12 millones de personas. Le dio por este tema luego de que en abril fue aprobada en Arizona una ley por la cual se eleva a delito el no tener papeles, se obliga a los inmigrantes a portar sus contratos de trabajo y se sanciona a quienes ayuden a los indocumentados. Obama demandó la ley ante la Corte Suprema y advirtió que presentará un proyecto de ley para el que pidió el respaldo republicano. ¿Lo logrará? Es la pregunta del millón. Ni siquiera su predecesor, George W. Bush, con mayorías en el Congreso y con el apoyo del senador republicano John McCain y del senador demócrata Edward Kennedy, desaparecido luchador de las causas liberales, pudo conseguirlo.

Un aspecto en el que Obama se la ha sabido jugar ha sido el nombramiento de un par de magistradas de la Corte Suprema. El alto tribunal posee un poder gigantesco y el retiro de dos de sus miembros le ha permitido al Presidente mover sus fichas con habilidad quirúrgica. Cuando en mayo de 2009 se anunció la salida de David Souter, un conservador de 70 años candidatizado por Bush papá, Obama apostó por Sonia Sotomayor, de 56, una juez nacida en el Bronx. Jamás un hispano había entrado a la Corte. El pasado 7 de agosto, la cámara alta también confirmó a otra candidata de Obama, Elena Kagan, de 50 años. La propuso para suceder al legendario John Paul Stevens, de 90 años, conservador nombrado por Gerald Ford en los 70 . Vaya cambios: conservadores viejos o ancianos por mujeres liberales y jóvenes. Ya se notará en las sentencias, que en el sistema legal estadounidense tienen prácticamente fuerza de ley.

El Presidente ha cumplido igualmente con la retirada de las tropas en Irak. El 2 de agosto anunció que el 31 de este mes repatriará a la mayor parte de los 140.000 soldados. Solo dejará un máximo de 50.000 para custodiar al personal diplomático. Y en política antidrogas también ha dado un giro. El 11 de mayo difundió su nuevo plan para combatir el consumo y trabajar con los países productores. Simultáneamente, su zar antidrogas, Gil Kerlikowske, admitía en Washington algo que pasó casi inadvertido: "Si me preguntan si la guerra contra las drogas iniciada en el gobierno del presidente Richard Nixon ha sido un éxito, tengo que decir que no".

La pregunta es por qué a Obama le va tan mal en las encuestas si ha sacado adelante reformas cruciales para el futuro de su país. La respuesta es simple: porque los sondeos son la foto de un instante y porque los ciudadanos opinan según el bolsillo. Como la economía gringa se ha desinflado, la gente cree que las cosas no andan viento en popa. En cualquier caso, el Presidente ha fallado en otros temas y tiene por delante las elecciones de noviembre en las que se renuevan los 100 escaños del Senado y un tercio de los 435 de la Cámara. Esa será su próxima prueba.

Obama ha roto moldes y traspasado fronteras. Como escribió Tom Friedman en The New York Times, la elección que lo convirtió en el primer Presidente negro de Estados Unidos significó el verdadero fin de la guerra civil que en el siglo XIX devastó al país y que, de la mano firme de Abraham Lincoln, sirvió para abolir la esclavitud. Su luna de miel con la opinión pública no fue tan larga como se esperaba. Con 49 años recién cumplidos y un controvertido Nobel de la Paz en el bolsillo, le falta mucho en la Presidencia y en ese tiempo puede suceder de todo. Pero de momento conviene admitir que, hoy por hoy y visto lo visto, Barack Obama está perdiendo en las encuestas pero está pasando sobrado el examen de la historia.
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