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| 10/2/2010 12:00:00 AM

Golpe o asonada

Los hechos del jueves demostraron que en Ecuador la institucionalidad sigue pendiendo permanentemente de un hilo.

Rafael Correa creyó que su presencia aplacaría los ánimos del grupo de policías amotinados en el Regimiento Quito, en la capital ecuatoriana. Tan confiado iba que arrancó antes del mediodía para el lugar prácticamente sin escoltas de confianza. Pero lo que le esperaba se convertiría en la crisis más grave de su gobierno. Poco después de comenzar a hablar desde una ventana del edificio, los abucheos de los manifestantes lo sacaron de quicio. De un momento a otro su semblante se desencajó y comenzó a gritar mientras se arrancaba en forma teatral la corbata. La histeria inesperada con la que los retaba a matarlo solo consiguió enardecer a los concurrentes, y la situación se salió de madre.

Las bombas de gases lacrimógenos lanzadas por los revoltosos convirtieron el lugar en un caos, mientras el Presidente, prácticamente solo, quedaba aislado de su helicóptero, cuyo piloto miraba impotente desde las alturas. En medio de la confusión, Correa, quien se quejaba de su rodilla recién operada, fue llevado al hospital aledaño, donde quedó virtualmente en manos de los huelguistas. Lo que había comenzado como un motín de servidores públicos exasperados por unas medidas gubernamentales que afectaban sus ingresos, ahora tenía todas las trazas de ser un verdadero golpe de Estado.

Desde el hospital, en una breve conexión telefónica, Correa dijo a SEMANA: "Olvídense de cualquier acuerdo o cualquier diálogo. Yo salgo de aquí como Presidente o como cadáver... el pueblo ecuatoriano va a triunfar. No van a poder soportar la oleada de todo el pueblo. Ojalá que esta barbaridad nunca más vuelva a ocurrir en nuestro pueblo". De igual forma, aseguró que se sentía prisionero. "Obviamente esto es secuestro, tienen secuestrado al Presidente", indicó, y añadió que "hay una infiltración, una manipulación de fuerzas que permanentemente han estado conspirando".

En medio de la confusión que se apoderó del país, el diálogo y la información brillaron por su ausencia. El gobierno obligó a todas las emisoras y canales de televisión a encadenarse a la señal estatal, con lo cual ningún ciudadano podía enterarse a cabalidad de la realidad de lo que estaba pasando, pues el enlace se limitó a entrevistar a ministros, diputados y demás adeptos al jefe de Estado. Durante varias horas, los ecuatorianos se enteraban de lo que sucedía por los reportes de los medios internacionales, mientras los motines y el vandalismo se repetían en otras ciudades del país, y ante la desaparición de las fuerzas del orden, muchos comercios optaban por cerrar sus puertas. Ante la ausencia de informaciones independientes, el común denominador era la confusión.

Tras varias horas de anarquía, mientras los presidentes de los países latinoamericanos clamaban por defender el orden constitucional y viajaban de urgencia a reunirse en Buenos Aires, a las 9 de la noche un comando del ejército se abrió paso por entre el bloqueo de los policías y, tras una balacera, logró rescatar al Presidente para llevarlo al Palacio de Carondelet. Allí, ante una multitud de seguidores que lo vitoreaban, el mandatario culpó del "intento de golpe de Estado" al ex presidente Lucio Gutiérrez, y advirtió, con su histriónico estilo: "Aquí no habrá perdón ni olvido".

La asonada contra Correa, que habría dejado seis muertos y 193 heridos, demostró que al gobierno le falta comunicación y diálogo. "Un presidente debe presentarse enérgico, pero no retar a la gente", sostuvo el ex embajador y ahora presentador de noticias Alfredo Pinargote, en alusión a la actitud de Correa frente a los manifestantes, algunos de los cuales declararon haberse sentido "insultados" por el Presidente. El ex ministro Gustavo Larrea, a su vez, estuvo de acuerdo en que dentro de su revolución el Presidente tiene una visión particular: ordena pero no dialoga, con lo cual coinciden otros analistas.

Pero tampoco es claro que lo que sucedió en Quito hubiera sido una verdadera intentona de golpe de Estado. Mucha gente en la capital coincidía el viernes con la opinión del columnista Martín Pallares, del diario El Comercio. Tras hacerse la pregunta, escribió: "Yo supongo que para hablar de un golpe debe haber habido, al menos, el intento manifiesto de derrocar al Presidente para remplazarlo por alguien". Pero lo cierto es que, más allá del inaceptable motín, nadie dijo en ningún momento que hubiera esa intención, y, como afirma Pallares, el Presidente siguió gobernando desde el hospital, sin que nadie se lo impidiera.

Lucio Gutiérrez, por su parte, hablando con SEMANA desde Brasilia, donde se encuentra, descartó que tuviese algo que ver con la rebelión y responsabilizó al propio jefe de Estado de la crisis. "Eso le pasa por gobernar como lo hace", indicó.

Tras los hechos del vecino país -con un récord de siete mandatarios en 13 años- la democracia no salió fortalecida, sino, por el contrario, está más debilitada. En nada ayuda que días antes de la asonada el Presidente hubiera dado pruebas de su escasa disposición al diálogo, cuando, en respuesta al fracaso de un proyecto de ley presentado por su gobierno, amenazó con cerrar el Congreso en aplicación del mecanismo constitucional de la 'muerte cruzada', que lo faculta para disolver la Asamblea Nacional y convocar a elecciones generales.

Lo peor: a pesar de haber retornado el país a una aparente 'normalidad', la nación quedó dividida, sus ciudadanos enfrentados y las libertades restringidas. Esa, al menos, es la opinión de Leonardo Viteri, asambleísta del Partido Social Cristiano, opuesto a Correa, quien afirmó a SEMANA que "esto es una muestra de que no se puede gobernar a las patadas. Quedaron abiertas las heridas entre militares y policías, y ahora comenzará una verdadera cacería de brujas".

Como epílogo, el comandante general de la Policía de Ecuador, Freddy Martínez, aunque permanecía leal a Correa, renunció a su cargo. "Un oficial que ha sido ultrajado por sus subalternos no puede seguir ejerciendo", le dijo a SEMANA.

Al cierre de esta edición, el país continuaba sin control policial y se habían registrado varios saqueos y actos vandálicos a centros comerciales en varias ciudades. Los bancos permanecían cerrados y las clases en escuelas y colegios seguían suspendidas. En las principales avenidas, tanquetas del ejército patrullan ante la ausencia de policías. Y los ciudadanos dialogan en una tensa calma, pero algo es claro: Ecuador está herido y más dividido que nunca.
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