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| 8/13/2001 12:00:00 AM

Graves pérdidas

Mientras Estados Unidos insiste en bombardear los Talibán han eliminado a los líderes más valiosos de la oposición, 48248

Que un contraste dramático. Mientras en Washington el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, admitía que era poco probable que el terrorista Osama Ben Laden fuera capturado por las fuerzas estadounidenses que lo buscan en Afganistán, los Talibán anunciaban la captura y ejecución de Abdul Haq, uno de los líderes más respetados de la oposición a su régimen. El hecho le dio la razón a las crecientes críticas surgidas en Estados Unidos y otras partes del mundo, según las cuales no por soltar toneladas de bombas sobre colinas pedregosas en Afganistán, Estados Unidos y sus aliados están ganando la “guerra contra el terrorismo”.

La verdad es que a pesar del despliegue militar los norteamericanos tienen hasta ahora pocos éxitos que mostrar. En cambio Ben Laden y sus aliados Talibán pueden alardear de haber destruido a sus más encarnizados enemigos: Haq y el general Ahmad Shah Massoud, asesinado dos días antes del ataque contra Nueva York y Washington del 11 de septiembre. Se trataba de dos hombres clave en la lucha antitalibán y en la confornación de un gobierno alternativo.

Haq, de 45 años, era un antiguo guerrero mujahedín que luchó contra la Unión Soviética durante la invasión de los años 80. Muy respetado en Occidente, tenía a su favor que pertenecía a la etnia pashtu, la misma de los Talibán, por lo que era considerado un interlocutor válido para los sectores más moderados. Se cree que al momento de su captura Haq se encontraba en territorio afgano en una misión para buscar apoyo de sectores disidentes en busca de liderar un levantamiento pashtu contra los Talibán.

Su captura se produjo luego de un enfrentamiento entre su grupo y un destacamento Talibán mucho mejor armado, por lo que han surgido las críticas ante la falta de seguridad proporcionada a un hombre que, para muchos, es irremplazable. Haq era un defensor de la idea norteamericana de entronizar al rey Zahir Shah como cabeza del gobierno tras la guerra.

La muerte de Haq se unió a la de Massoud, líder carismático de la Alianza Norte, asesinado por terroristas suicidas. Su muerte el 9 de septiembre, dos días antes del ataque contra Estados Unidos, no puede ser una coincidencia. Massoud no era, como Haq, miembro de la etnia pashtu, pero era un factor de aglutinamiento de las que componen su Alianza, uzbekos, tajiks y hazaris.

La muerte de Haq, que deja a los aliados sin muchas opciones políticas para Afganistán, se convirtió en una derrota para Estados Unidos. Eso se une al creciente malestar tanto por la ausencia de resultados tangibles de los bombardeos como por el creciente número de víctimas civiles. Según afirmó el 31 de octubre el embajador de Afganistán en Pakistán, Abdul Salam Zaeef, 1.500 civiles afganos han muerto en los bombardeos. Esa cifra y la afirmación de que tienen varios estadounidenses prisioneros no son verificables, pero en el mundo árabe caen como una bomba.

Han pasado ya cinco semanas de bombardeos y el respaldo a la operación ‘Libertad Duradera’ ha menguado en las encuestas norteamericanas. Los errores, que ya han arrasado con un depósito de la Cruz Roja y con un hospital han creado dudas éticas. El secretario de la ONU, Kofi Annan, pidió que los bombardeos acabaran pronto y el presidente de Pakistán, Pervez Musharaf, pidió una tregua durante el mes del Ramadán. Mientras tanto las protestas son cada vez más frecuentes en el mundo islámico.

La muerte de Haq y Massoud pone a los Talibán y la guerrilla al Qaeda en una posición mucho más fuerte que la oposición en Afganistán. Y son una pérdida de terreno de Estados Unidos frente a sus adversarios invisibles. Por ello muchos esperan un cambio radical en la estrategia estadounidense si es que su presidente, George W. Bush, quiere recuperar la iniciativa en la guerra contra el terrorismo.



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