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| 8/11/1986 12:00:00 AM

GUERRA ES GUERRA

Una escalada de incidentes políticos prepara el campo de batalla

La aprobación por la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de los cien millones de dólares de ayuda a los "contras" nicaraguenses, el 25 de junio, desencadenó una serie de consecuencias que han ido acumulándose y agravándose con el paso de los días, y aun antes de que la ayuda entre en vigor. Al aprobarla, el Congreso norteamericano ha protocolizado oficialmente como política de los Estados Unidos la "doctrina Reagan". Esa doctrina -gemela de la "doctrina Brejnev" de los soviéticos que afirma que los Estados Unidos, por la gracia de su poder imperial, tienen legítimo derecho a intentar derrocar por todos los medios, incluida la intervención armada, a cualquier gobierno extranjero que consideren contrario a sus intereses. No se trata ya simplemente de decisiones presidenciales, como en el caso de la invasión a Granada o el bombardeo a Libia. Es un voto público del Congreso. Y viola no solamente la Carta de la ONU (como acaba de certificarlo el Tribunal Internacional de La Haya) y también de la OEA (por menos fue expulsada Cuba de la organización hace veinticinco años), sino todos los principios del derecho internacional .
Lo jurídico, sin embargo, es lo de menos, aunque se trata sin duda de un ominoso precedente. Lo grave es lo práctico. En lo más inmediato, por el endurecimiento político interno que la decisión norteamericana produce en Nicaragua. Este se tradujo ya en el cierre indefinido del diario La Prensa, que aunque censurado era el principal vocero de la oposición legal y al cual los sandinistas acusan ahora de ser cómplice declarado de Reagan.
Y en el recrudecimiento de los choques con la Iglesia, que constituye la otra gran fuerza opositora. Así, le fue prohibido el reingreso a Nicaragua a monseñor Bismarck Carballo, principal asesor del arzobispo de Managua, monseñor Obando y Bravo, y casi al mismo tiempo fue expulsado del país el obispo de Jigalpa, monseñor Pablo Antonio Vega, lo cual provocó una indignada denuncia del propio Papa.
Los sandinistas explican, con bastante razón, que la expulsión obedeció a que los dos clérigos no se limitaban a criticar al régimen, sino que colaboraban abiertamente con el enemigo. En el caso del obispo Vega, especialmente, la colaboración llegaba hasta la "traición a la patria", según afirman: testimonió ante el Congreso norteamericano para convencerlo de aprobar la ayuda de cien millones de dólares para la guerrilla "contra", buscó dinero privado en los Estados Unidos con el mismo fin y calumnió al gobierno nicaraguense acusándolo de asesinar a cuatro sacerdotes. Monseñor Vega no niega nada de eso, pero tiene la conciencia tranquila. Según él, la de los "contras" es una "guerra santa" por ir dirigida contra un régimen marxista y ateo. "No se le puede negar al pueblo el derecho a defenderse", dice el obispo. "El derecho a la insurrección armada es el derecho de un pueblo", añade. Y justifica incluso la invasión militar de su país por los Estados Unidos explicando que "la invasión de un lado tiene su razón en la invasión del otro lado" -el lado soviético, que provee de armas al régimen sandinista.

Esa escalada verbal del obispo corresponde a una escalada militar.
Como dice Thomas O'Neill, presidente demócrata de la Cámara de Representantes y decidido crítico de la "doctrina Reagan", "no veo cómo se pueden dar cien millones de dólares sin que se produzca allá (en Nicaragua) una carnicería". El propio presidente Reagan no descarta ya la posibilidad de una intervención directa de sus tropas, como lo hacía todavía hace un año. Y aunque la tesis oficial es que basta con la ayuda financiera a los "contras" para que éstos ganen su propia guerra, los expertos militares dudan mucho de que eso sea así. No sólo por la incapacidad militar que hasta ahora han demostrado los "contras", más ocupados en desviar hacia sus propios bolsillos los dineros de la ayuda o en organizar redes de tráfico de droga que en combatir sobre el terreno, sino por la reacción que su continuada presencia en el santuario de Honduras puede provocar finalmente en los sandinistas. No es descartable que estos penetren en el país vecino para atacar a los "contras", en una verdadera invasión-no una ficticia, como la que se inventó Reagan hace unos meses para forzar el voto del Congreso. Como explica el presidente nicaraguense Daniel Ortega, "lo que existe ahora es una guerra, y la única respuesta a la guerra es la guerra".

Los partidos nicaraguenses de oposición, en un sobresalto de lucidez un poco tardío, proponen ahora que se organice una "comisión de paz" para, entre otras cosas, llegar a un armisticio con los "contras", reabrir La Prensa y permitir el regreso de monseñor Vega. Pero los sandinistas se niegan de plano a negociar con los rebeldes, y en cuanto a la reapertura del periódico la anuncian para "cuando termine la guerra". Los partidos advierten: "El círculo vicioso de la violencia (...) de no ser superado, conducirá a un desastre de proporciones imprevisibles". Tienen razón sin duda. Pero cada día está más claro que esas son las intenciones del presidente Ronald Reagan. --
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