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| 9/3/2001 12:00:00 AM

Guerra y mordaza

La muerte de los periodistas en Afganistán es apenas la punta del ‘iceberg’ de la crisis informativa sobre la guerra contra el terrorismo.

En el inmenso panorama desertico y desolado la caravana de camiones y taxis resultaba insignificante. Avanzaba con dificultad entre los baches inmensos de una carretera sin pavimento, como la mayor parte de las que atraviesan Afganistán. De pronto de una de las laderas descendieron seis hombres tocados con turban-

tes y armados con fusiles AK-47. El primer vehículo alcanzó a pasar y llegó a su destino en Kabul. Los cinco últimos, un poco rezagados, pudieron percatarse de lo que ocurría y escaparon de regreso a Jalalabad. Los otros dos no tuvieron tanta suerte.

Los hombres de turbante sacaron a empellones de los vehículos detenidos a cuatro periodistas extranjeros y a un guía afgano. Intentaron llevarlos loma arriba pero ellos cometieron el error de resistirse. Como consecuencia fueron apedreados y luego asesinados a sangre fría entre insultos y risotadas. Los muertos fueron Harry Burton, un camarógrafo australiano de 33 años; Azizullah Haidari, un fotógrafo agfano-pakistaní de la agencia Reuters; Julio Fuentes, de 46 años, del periódico El Mundo, de Madrid, y Maria Grazia Cutuli, del Corriere della Sera, de Milán. El conductor y el intérprete que viajaban en el segundo vehículo, liberados cuando afirmaron ser musulmanes, relataron que los atacantes dijeron pertenecer a la milicia Talibán. Una fuerza ahora en gran parte desarticulada que ha dado paso, al parecer, a un bandolerismo sin control.

El asesinato elevó a siete el número de comunicadores muertos como tributo al afán por conseguir información en una guerra en la que, como nunca antes, el acceso a las fuentes ha estado vedado a los periodistas en función, muchas veces, de manipularla con fines propagandísticos.

Porque si por una parte, cuando el régimen Talibán controlaba la mayor parte de Afganistán sólo permitía el trabajo de la cadena árabe de televisión Al Jazeera, por el lado norteamericano existe unanimidad entre los periodistas en el sentido de que la información, cuando ha estado disponible, ha sido limitada y manejada tendenciosamente. De ahí que resulte una cruel paradoja que, tras pasar semanas encerrados en hoteles de Pakistán, sin mayores posibilidades de visitar las zonas del conflicto, los periodistas internacionales hayan tratado de aprovechar el caos suscitado por el retroceso de los Talibán y en ese esfuerzo hayan encontrado la muerte.

Guerra secreta

Porque lo cierto es que la guerra de Afganistán ha planteado mayores dificultades para los periodistas que ninguna otra en la historia, incluida la del Golfo, cuando el gobierno del primer Bush inauguró el escalamiento de las restricciones informativas a la prensa. El ejercicio del periodismo se encontró en esta oportunidad con que las amenazas planteadas por los asesinos Talibán son las más dramáticas, pero no las únicas, que deben enfrentar los reporteros a la hora de cumplir su cometido. Como dijo a SEMANA Glenn Baker, productor y escritor de televisión del Centro para la defensa de la información, de Washington, “los talibanes impusieron mientras pudieron un bloqueo casi total, pero la guerra informativa que se está librando en Estados Unidos tiene otras perspectivas. Primero, existen presiones del gobierno hacia los medios a través, sobre todo, de llamadas de la consejera de seguridad nacional, Condoleeza Rice, que aceptaron seis cadenas incluyendo ABC, CBS y NBC. Segundo, hay censura, como para los periodistas que viajan en los portaaviones, y autocensura, porque los medios han sido complacientes con el gobierno y han evitado hacer críticas por el temor a ser considerados desleales”. Como fue el caso de la revista The New Yorker, tachada de tal por la extrema derecha por su reporte acerca del fracaso de una operación de fuerzas especiales hace dos semanas.

Al respecto Jane Kirtley, profesora de ética periodística de la Universidad de Minnesota, dijo a esta revista que “los medios deben poner en claro que están siendo objeto de restricciones y que no pueden verificar independientemente la información, lo cual puede estar justificado en ciertas circunstancias. Y deben pensar en reflejar también la opinión de las minorías. El truco es balancear los intereses legítimos de la seguridad con el derecho del público a saber”.

Otros son demoledores en sus críticas a la actitud de los grandes medios, que contrasta con la capacidad de sacrificio de los reporteros en el campo. Mark Crispin Miller, escritor, crítico y profesor de la Universidad de Nueva York, es uno de ellos. “El problema verdadero es con la prensa en Estados Unidos, dijo a SEMANA. No es sólo que el Departamento de Defensa niegue el acceso a la información sino la actitud de los medios, que están callando en forma antidemocrática. No han dicho casi nada sobre el fracaso de la CIA, el FBI y el CDC (el sistema de prevención de enfermedades) ni sobre el contexto mayor de esta acción militar (habiendo 2.000 millones de dólares en gas natural y petróleo en los países del Asia Central). Nada sobre los argumentos que algunos han planteado contra la solución militar (el coro proguerra ha sido abrumador), nada sobre los vínculos financieros de las familias Bush y Ben Laden, etcétera, etcétera”.

En ausencia de ese cubrimiento, dicen otros, el público norteamericano no estará en capacidad de discernir si lo que hace su gobierno es razonable o no. Pero esa parece ser la tendencia bajo el gobierno de George W. Bush en la era que se inició el 11 de septiembre.
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