Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/05/07 00:00

Guerra verbal

La política exterior de George W. Bush sufre su bautismo de fuego por el accidente sufrido por un avión espía en China.

Guerra verbal

Un avion espia norteamericano Aries II EP-3 reposa averiado en la plataforma de un aeropuerto chino. Los daños en la parte inferior de un ala y en una de sus hélices, y la ausencia de su cono delantero, sugieren una confrontación a 30.000 pies de altura. Pero el otro protagonista no tuvo tanta suerte. El caza chino F-8 reposa en el fondo del mar luego de que se rozara con el Aries en circunstancias no suficientemente aclaradas, para luego entrar en una picada irrecuperable. Su piloto desapareció en aguas tan turbulentas como las que atraviesan ahora, por cuenta de su accidente, las relaciones entre dos de los países más importantes del mundo: Estados Unidos, la única superpotencia, y China, el país con mayor proyección geopolítica en el siglo que comienza.

Es explicable que la opinión pública del mundo entero haya fijado sus ojos en la isla de Hainan, en el sur de China, donde aterrizó de emergencia la aeronave norteamericana. Al fin y al cabo el hecho tuvo los ribetes novelescos de épocas pasadas, cuando la guerra fría regía los destinos del mundo. Hoy el desenlace de este episodio poco común podría señalar el rumbo de la política internacional en el siglo que comienza.

Todo comenzó el domingo primero de abril cuando dos cazas de la Fuerza Aérea China fueron enviados a seguir a la aeronave norteamericana, que realizaba labores de observación a unos 80 kilómetros al sur de la isla de Hainan. Para Beijing, el EP-3 viró en dirección al avión chino y produjo la colisión. Pero, según los norteamericanos, el piloto del caza, quien ya tenía antecedentes de descuido, se acercó demasiado y no pudo evitar el contacto. Esta es una versión que se apoya en que el EP-3 es una aeronave turbohélice, mucho más lenta y menos maniobrable que el caza a reacción chino.

Sea como fuere, el accidente produjo reclamos airados de la dirigencia china y respuestas arrogantes de los norteamericanos. Desde Beijing, el presidente Jiang Zemin acusó a Estados Unidos de ser el responsable de la tragedia y exigió que Washington presentara formalmente excusas por el hecho, aceptara toda la responsabilidad y suspendiera los vuelos de reconocimiento. El gobierno de George W. Bush, por su parte, se negó en forma rotunda con el argumento de que su avión estaba en aguas internacionales y por lo tanto “tenía todo el derecho de estar allí realizando sus labores de observación”. A cambio exigió la devolución inmediata del avión y sus 24 tripulantes, así como la ‘integridad’ del aparato, un eufemismo para exigir a los chinos que se abstuvieran de entrar a bordo con el argumento de la extraterritorialidad legal de las aeronaves.

Lo que es peor para Washington, el vocero chino Zhu Bangzao insinuó que la devolución del avión y sus tripulantes dependería en parte de que el gobierno norteamericano accediera a las exigencias chinas. Y defendió el derecho de su país a ‘investigar’ las causas del accidente, su propio eufemismo para justificar que sus técnicos se dieran un festín de secretos tecnológicos. La razón es que el avión está lleno de equipo de espionaje electrónico tan sofisticado que su conocimiento por parte de los chinos sería por sí solo un desastre de enormes proporciones para la posición estratégica de Estados Unidos.

La discusión se centró también en la pregunta de si las aguas sobre las que ocurrió el accidente eran o no territoriales de China. El país asiático exige prácticamente la totalidad del mar de la China como propio debido a las reclamaciones que tiene sobre varias islas de la zona, incluidas las Spratleys, aunque en la práctica permite la navegación por los países sin mayores restricciones. Estados Unidos, por supuesto, sólo reconoce el mar territorial de 12 millas náuticas.

El jueves la tensión tuvo un alivio cuando el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, “lamentó” la muerte del piloto chino y el viernes el propio Bush hizo algo parecido. Esas manifestaciones fueron recibidas con frialdad por Beijing, para cuyo gobierno nada inferior a unas excusas formales era suficiente para zanjar el episodio, pero fueron saludadas como un “paso en la dirección correcta”. Al terminar la semana, en medio de febriles negociaciones, no se vislumbraba el final de este pulso dominado, al menos en apariencia, por la soberbia y la intransigencia.

Curso de choque

El choque de los dos aviones resultó ser una metáfora apropiada de las relaciones entre dos países que parecen dirigirse a una colisión inevitable. Porque se trató del más grave, pero no del primer motivo de irritación entre China y Estados Unidos en los últimos tiempos. Se trata de un curso de choque propiciado desde ambas orillas.

Desde que George W. Bush llegó a la presidencia cambió la línea oficial de la era de Bill Clinton, según la cual China era un “socio estratégico” de Estados Unidos para pasar a ser, en palabras del propio Bush, “adversario estratégico”. Por eso la posesión del nuevo presidente inquietó a los chinos y, de paso, borró los esfuerzos hechos por la administración anterior por dejar atrás las secuelas del bombardeo accidental de la embajada de Beijing en Belgrado, en 1999, en medio de la campaña de la Otan contra el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic. E hizo revivir en los chinos la idea de que lo único que le interesa a Estados Unidos es bloquear a cualquier precio las posibilidades de que su país se convierta en potencia mundial con intereses políticos propios y excluyentes en Asia.

En los últimos meses se ha presentado una serie de hechos que han irritado peligrosamente las relaciones sino-norteamericanas. Ella incluye la deserción a favor de Estados Unidos de un general del Ejército Popular de Liberación, precisamente a tiempo que el viceprimer ministro Qian Quichen hacía una visita poco productiva a Washington. También está, por la parte china, el arresto de varios académicos norteamericanos de ese origen acusados de espionaje. Y la decisión del gobierno de Bush de abandonar la doctrina de los tres ‘No’ del anterior gobierno de Bill Clinton sobre Taiwan —a la que China considera una provincia renegada—: No al apoyo a la independencia, No al reconocimiento de un gobierno separado en Taiwan y No al respaldo a la pertenencia de esa isla a organismos internacionales.

Otro motivo de irritación fueron los planes anunciados por Bush de revivir parcialmente el programa Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan al construir un sistema de defensa misilístico antinuclear y, por último, la decisión, que se anunciará próximamente, de vender a Taiwan un lote de armas muy sofisticadas, incluidos sistemas antimisiles Patriot y cruceros equipados con el sistema de radar Aegis.

La orientacion

Aunque a primera vista su posición en temas internacionales es heredera de la de su padre (ha nombrado muchos de sus antiguos funcionarios), ello no es tan claro. Bush viejo fue embajador en China y entendía las sensibilidades del país más poblado del planeta. Su secretario de Estado Bent Scowcroft intentó reparar las relaciones dañadas por la matanza de la plaza de Tiananmen en 1988 a pesar del costo político que ello implicaba.

En cambio el entorno que acapara la atención de ‘W’ no parece tener esas preocupaciones. Bush hijo es un ignorante en los temas geopolíticos, según ha sido documentado por la prensa norteamericana en múltiples oportunidades. Ello hace que dependa, más que ninguno de su predecesores inmediatos, de la opinión de sus colaboradores especializados. Y en este aspecto hay varios campos definidos que se disputan su oído. En el tema de China la opinión prevaleciente parece ser la del poderoso equipo del vicepresidente Dick Cheney, que prefiere unas relaciones más cortantes y menos concesiones a Beijing mientras favorece mejores relaciones con los aliados como Japón y Corea del Sur y, peligrosamente, con Taiwan, cuya independencia podría ser el único motivo capaz de llevar a Beijing a una guerra.

En ese sentido Cheney se inclina por la línea dura de la política internacional norteamericana, representada por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, y se aleja de la línea moderada, que tiene en Powell a su exponente más importante. La otra voz cantante, la asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice, no ha mostrado una inclinación a ninguno de los dos lados.

Bush atiende mejor los consejos del sector conservador de su equipo internacional porque representa una poderosa ala de su Partido Republicano respaldada por sectores ultraconservadores, incluidos los grupos de derecha religiosa, que ven con desconfianza las intenciones estratégicas de China y piensan que una verdadera colaboración con el único gran baluarte comunista que queda en el mundo es imposible. Lo cual cuadra bien, además, con los fuertes intereses republicanos en el sector industrial armamentista.

Los chinos ansiosos

La reacción popular que se presentó en China cuando el episodio del bombardeo accidental a la embajada en Belgrado, en 1999, es un antecedente que explica en parte la razón por la cual el gobierno de ese país, en esta ocasión, ha mantenido una postura inflexible y cuidadosamente agresiva. En esa oportunidad los desórdenes que destruyeron la fachada de la embajada norteamericana en Beijing afectaron al gobierno de Jiang Zemin, un reconocido partidario del acercamiento a Estados Unidos, quien fue muy criticado pues su actitud fue percibida como blanda.

Ese es un pecado mortal en la cultura china, donde el orgullo y la dignidad están por encima de cualquier otra consideración. El gobierno de Beijing no quiere ahora cometer el mismo error y por eso exhibe una postura intransigente. Y al mismo tiempo, en un país en el que el control central lo es todo desde siempre, en esta ocasión los gobernantes decidieron reprimir las manifestaciones popularesn y mantener en un relativo silencio a los medios de comunicación. Ello para asegurarse de que es el gobierno, y no la turbamulta, el que dicta la política ante Estados Unidos.

Pero por otra parte los dirigentes chinos tienen buenas razones para seguir la cuerda del nacionalismo. Para muchos esa tendencia ha servido de reemplazo a la ideología comunista como pretexto para mantener en el poder a un partido único. Y no han perdido el tiempo. Desde 1989, cuando los estudiantes de Tiananmen pusieron por primera vez sobre el tapete la posibilidad de una democracia al estilo occidental en China, una campaña de educación y medios ha hecho surgir una generación de chinos convencidos de que su país es objeto de hostilidad por el extranjero.

Eso no quiere decir, sin embargo, que el gobierno chino sea monolítico acerca de las relaciones con Occidente y Estados Unidos. Para las fuerzas armadas y el Ministerio de Seguridad del Estado esta es una excelente oportunidad de hacer valer su punto de vista frente a lo que consideran demasiada permisividad de parte del componente civil del gobierno. Según algunos, los militares chinos se sienten frustrados por el fracaso de sus amenazas del año pasado, cuando dejaron sentir su poder bélico en el estrecho de Taiwan para influenciar las elecciones en la isla ‘renegada’. A pesar de ello el triunfo de Chen Shui Bian, un independentista declarado, dejó en ellos el sabor de la derrota. Y ahora, con 24 militares gringos bajo su custodia, resulta fácil deducir que los usarán no sólo frente a los norteamericanos sino ante su propio gobierno para presionar una actitud más acorde.

Lo que sí quiere decir es que para el gobierno chino es crucial salir de este impasse con la cabeza en alto, y que mientras más fuertes sean las exigencias de Estados Unidos más recalcitrante será su posición. En otras épocas un ruido de sables de esas dimensiones tendría al mundo temblando por la inminencia de una crisis internacional de proporciones planetarias. Pero en el albor del siglo XXI, potencias aparentemente antagónicas como China y Estados Unidos tienen un intercambio comercial que llegó en 2000 a 115.000 millones de dólares. Ese colchón de seguridad, sin embargo, no necesariamente es suficiente para evitar los peligros de que un hecho más o menos fortuito, como el choque de dos aviones en circunstancias oscuras, sea capaz de señalar el rumbo de la geopolítica del siglo XXI.

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