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| 6/14/1982 12:00:00 AM

HABLA HAIG

Atrapado por la disyuntiva de apoyar a su interlocutor histórico (Inglaterra), o a su aliado ideal latinoamericano (Argentina), Washington optó por el primero, haciendo prevalecer la alianza atlántico sobre la hemisférica...

SEMANA: ¿Podría precisar cómo afecta a los Estados Unidos la crisis de las islas "Falkland"?
ALEXANDER HAIG. Están en juego para nosotros cuestiones de alta importancia y, ante todo, las que atañen a un principio fundamental de los Estados Unidos que constituye el pilar básico de nuestra política exterior. A saber, que los cambios históricos han de producirse según normas de derecho y por medios pacíficos. Para los Estados Unidos, así como para todo el mundo libre, tal principio está en juego en estos momentos.
En segundo lugar, este conflicto pone también a prueba la histórica relación de los Estados Unidos y Gran Bretaña, su tradicional alianza y la interrelación entre esa asociación y la alianza atlántica, en momentos en que ésta se ve afectada por problemas económicos y estratégicos.
En tercer lugar, la crisis afecta nuestro vital papel en este continente. Llevamos 16 meses de intensas gestiones encaminadas a crear una nueva relación con nuestros vecinos latinoamericanos. Y lo hemos conseguido con bastante éxito en la medida en que hemos logrado que participen cada vez más de nuestras inquietudes sobre los acontecimientos de El Salvador y Nicaragua y sobre la subversión alentada por Cuba en el continente.
Está claro que si se hubiese dejado evolucionar la crisis a su aire en los primeros momentos, esta se hubiera convertido rápidamente en una confrontación entre naciones hispanoparlantes y anglohablantes en una disputa clásica norte-sur, es decir, colonialismo e imperialismo contra autodeterminación e independencia nacional.
Finalmente si nos hubiéramos mantenido al margen y hubiéramos dejado de asumir nuestras responsabilidades históricas en esta situación, habrían surgido derivaciones de confrontación este-oeste, por cuanto la URSS y su vicario, Cuba, hubieran podido pescar en aguas revueltas. En mi primera visita a Buenos Aires al comienzo de la crisis ya habían empezado Cuba y la URSS a dirigir halagos a Argentina. De manera que no podíamos hacer nada distinto de lo que hicimos.
S. El gobierno norteamericano ha sido blanco de fuertes críticas por no inclinarse a ningún lado en la confrontación entre Inglaterra y Argentina. ¿Por qué han permanecido los Estados Unidos tanto tiempo neutrales en este conflicto?
AH. No es una cuestión de neutralidad. Las relaciones de los Estados Unidos con los dos gobiernos han sido diferentes desde el punto de vista histórico. Nuestras relaciones con Gran Bretaña vienen de muy atrás. Estas comprenden compromisos de alianza, una especial relación histórica y una tradicional amistad que ha sobrevivido dos conflictos en este siglo.
Con respecto a Argentina, hemos iniciado unas relaciones nuevas y más cordiales con el gobierno actual y con el que lo precedió.
Así pues, las relaciones que manteníamos con estos dos países nos situaban en singular posición en esta crisis, en la medida en que gozábamos de la confianza de ambos gobiernos. Ambos se dirigieron a nosotros con urgencia en solicitud de una intercesión inmediata que facilitara la comunicación entre ambas partes.
De manera que no se trata de una cuestión de neutralidad, en ningún momento se ha tratado de eso. Es fundamentalmente una cuestión de crédito con ambas partes la que nos permite ser útiles para el logro de una solución pacífica en el contexto de la resolución 502 de la ONU, que cuenta con el respaldo de los Estados Unidos. Esa resolución -que insta al cese de hostilidades por parte de Argentina y al logro de una solución pacífica del conflicto- ha sido la premisa básica que ha guiado nuestra actuación y no es, en sí misma, neutral.
S. ¿Por qué, tras un intento de mediación que duró cuatro semanas, se decidió que no se podría conseguir un acuerdo de esa clase y que los Estados Unidos tendrían que declarar su apoyo a Gran Bretaña?
AH. Los Estados Unidos trataron lo mejor que pudieron de encontrar una solucion justa y equitativa. Un acuerdo de tales características hubiera requerido concesiones tanto de la parte británica como de la argentina. Tenemos razones para confiar en que, pese a las dificultades -y son muchas en el caso del Reino Unido- los británicos están dispuestos a aceptar tal propuesta. Por otra parte, la respuesta fue negativa por parte de Argentina.
Desde luego, la posición norteamericana básica es que no podemos participar -ni dar la impresión de que lo hacemos- en un acuerdo que premie la agresión, si bien creemos que los antecedentes históricos del asunto tampoco nos alientan rígidamente con el statu quo ante.
S. ¿Quedaron los Estados Unidos como perdedores en esta situación y dañadas sus relaciones con una o las dos partes?
AH. Ese es el riesgo que siempre corre un intermediario. Cuando hay dos adversarios separados por diferencias imposibles de tratar y hay un tercero que busca tender un puente entre sus posiciones, corre el riesgo de enajenarse a uno o a ambos participantes en la disputa. Pero lo que nos jugamos en esta situación era de tal trascendencia que no pudimos permitirnos el lujo de permanecer al margen y dejar que los acontecimientos siguieran su propio curso.
S. ¿Había realmente tanta necesidad de comprometerse a fondo personalmente? ¿Cómo responde a las críticas según las cuales al iniciar una diplomancia viajera en esta crisis distrajo usted su atención de otros asuntos de política exterior más importantes. como podrían ser los del Medio Oriente?
AH. Durante mis viajes permanecía en permanente contacto con la situación del Medio Oriente. A lo largo de esos días impartí las instrucciones y orientaciones necesarias, entre ellas las del envío del subsecretario de Estado Walter Stroessel a Medio Oriente durante los difíciles últimos días de la devolución del Sinaí.
He atendido en todo momento las cuestiones relacionadas con dicha devolución, así como el problema del rebrote de las tensiones en el Líbano.
Hoy un secretario de Estado viaja con todos los medios de comunicación y con todas las líneas de autoridad inherentes al cargo. ¿De qué otro modo podría ser? No se han planteado cuestiones de este tipo cuando otros secretarios de Estado han viajado, o cuando viajan los presidentes. En ningún momento hay abandono de responsabilidades del cargo.
S. Muchos observadores han criticado que el enfrentamiento de las islas "Falkland " no era más que una demostración y que estaban distrayéndole a usted de lo principal.
AH. La crisis era el conflicto en el Atlántico Sur, con todas las derivaciones de las que hablaba antes. Es una cuestión vital para los intereses de los Estados Unidos, para los intereses occidentales y del mundo libre. No era una cuestión que pudiera dejarse de lado.
La necesidad de una actuación inmediata por parte de los Estados Unidos y la intensidad de nuestras gestiones han sido confirmadas por el hecho de que comenzáramos a hacer evolucionar las posiciones de ambas partes de tal manera que pudiera pensarse en abordar unas negociaciones serias. Ello no significa que esas negociaciones vayan a tener éxito, pero prueba que la acción emprendida por nosotros era oportuna y necesaria.
S. Volviendo al Medio Oriente: ahora que la retirada israelí se ha llevado a cabo ¿se ha pensado en tomar alguna iniciativa norteamericana importante para hacer avanzar las negociaciones para la autonomía palestina?
AH. Esa inciativa ya la pusimos en marcha el pasado otoño, pero vimos claro que concederle importancia prioritaria hubiera resultado contraproducente y tal vez inclusive peligroso en unos momentos en que la atención de las dos partes se centraba principalmente en la devolución del Sinaí. Por ello decidimos mantener en segundo término nuestra inciativa hasta que se hubiera culminado la retirada del Sinaí. Ello significa que ha de esperarse una reanudación de las gestiones de los Estados Unidos como parte del proceso de negociación dirigido a la autonomía palestina.
S. ¿Estaría usted en favor del nombramiento de un enviado presidencial para las negociaciones de paz en Medio Oriente, es decir, para cumplir una misión como la de Sol Linowitz con el presidente Carter?
AH. Tenemos un embajador nombrado para estos momentos, que es Richard Fairbanks. El ha realizado viajes a la zona y ha hablado con las partes interesadas. Ha estado elaborando nuestra postura en la negociación y partirá en breve a la zona para impulsar el proceso ahora que se han resuelto los problemas de la retirada del Sinaí.
Y también, recordará usted que yo mismo hice dos viajes a Medio Oriente antes de comienzos de año, con el propósito de mantener el proceso de autonomía. Yo estoy siempre dispuesto, lo mismo que el propio presidente, a participar personalmente siempre que ese nivel de participación parezca el conveniente.


S. ¿Cuáles son a su juicio las perspectivas de alcanzar un acuerdo en las negociaciones de autonomía ahora que se ha llevado a término la retirada del Sinaí?
AH. Sigue habiendo una cuestión sin contestar. Cuando se firmaron los acuerdos de Camp David, las partes acordaron mutuamente dejar a un lado aquellas cuestiones que representaran profundas diferencias de opinión, tales como el futuro de Jerusalén y el status final de los territorio ocupados. Y lo hicieron con miras a permitir que durante un período pudiera mejorar la confianza.
Si durante el período de transmisión las partes insisten en resolver a priori esas diferencias fundamentales de principio, no se alcanzará el éxito. Si perseveran en la idea de mejorar la confianza, entonces creo que hay razonables esperanzas de éxito.
S. ¿Quiere usted decir que la cuestión de un Estado palestino debe dejarse de lado por el momento?
AH. Según los acuerdos de Camp David, la cuestión de status final del margen occidental ha de ser resuelta al final de un período de transición de cinco años y como consecuencia de las medidas evolutivas adoptadas con plena autonomía.
S. El movimiento en favor de la congelación nuclear parece proliferar en todo el país. ¿Cómo propone usted tratarlo?
AH. Hay dos elementos: el primero y más importante es que es preciso mantener una comunicación permanente y segura con la opinión pública en general, y en particular con los sectores más inquietos por la cuestión nuclear. Hemos procurado hacerlo así. El presidente se dirigió al pueblo norteamericano en noviembre.
Estoy seguro de que volveremos a hacerlo en un futuro próximo. Yo he tratado de este tema detalladamente en un discurso el mes pasado; traté la cuestión asimismo la semana pasada en un discurso de amplia temática, en el que el tema nuclear estaba articulado.
Pero el aspecto más importante es la política norteamericana y la actuación que llevemos a cabo en los días que vienen sobre el tema del control de armamentos no quiero adelantar acontecimientos. El presidente se ocupa muy intensamente de este proceso, como por otra parte ha hecho desde el principio. Y tengo la plena confianza en que él confirmará nuestra sensación de inquietud por el aumento de los armamentos nucleares, y que lo hará mediante pasos concretos y tangibles en las semanas y meses próximos.
S. Finalmente, en cuanto a otra zona crítica del mundo -Centroamérica- ¿le preocupa el que el congreso se pronuncie contra la ayuda económica y militar para El Salvador en estos momentos en que parece estar ganando tanto poder un partido derechista que anteriormente se había opuesto a las reformas?
A H . Creo que es importante advertir, en primer lugar y principalmente, que casi todos los ciudadanos salvadoreños con derecho a voto acudieron a votar pese al escepticismo reinante antes de la jornada electoral. Los resultados electorales confirmaron la opción de la mayoría por la derecha y el centro.

DECADENCIA DE UN IMPERIO
Las Islas Malvinas, o Falkland, no tienen (si se descarta la posibilidad de encontrar petróleo en su plataforma submarina) ninguna importancia para Inglaterra. Sí la tuvieron, y muy grande, en otras épocas, cuando Inglaterra era la reina de los mares. Para ejercer esa soberanía debía poseer el control de las grandes rutas marítimas del globo terráqueo. Para ello necesitaba puntos de apoyo estratégicos sobre dichas rutas y bases navales inexpugnables en los puntos neurálgicos de las rutas.
Para controlar el acceso al mar Meditarráneo se apoderó del Peñón de Gibraltar. Para garantizarse el dominio de la circunnavegación al Continente Africano (a más, naturalmente, de la codicia por el oro y los diamantes de Transvaal y de las ambiciones imperialistas de Cecil Rhodes) desencadenó la llamada "Guerra de los Boers" en el Africa del Sur, guerra que terminó con la dominación de los dos estados libres de los colonizadores holan deses o "boers", a manos de los ingleses, el Estado de Natal o el Estado Libre de Orange, y con el control de la Ciudad del Cabo que domina el punto más meridional del continente Africano.
De igual modo, para controlar el tráfico hacia la China, los ingleses, se hacen fuertes en Singapur, cuyo valor estratégico consiste en que desde ese punto de la península de Malasia se domina el acceso al estrecho del mismo nombre, punto de paso forzoso hacia China.
Las Islas Falkland (dándoles su nombre inglés) eran muy importantes para Inglaterra con el fin de ejercer su hegemonía marítima dada su ubicación cercana al Cabo de Hornos, ya que fue hasta principios de este siglo (cuando se construyó el Canal de Panamá) la única vía para pasar del Océano Atlántico al Océano Pacífico. Evidentemente la construcción del Canal de Panamá le restó casi todo su valor al Cabo de Hornos como vía de paso de un océano a otro. Para Inglaterra controlar las Falkland era cuestión vital ya que estas eran, además, el paso necesario hacia Nueva Zelandia y Australia, posesiones británicas desde 1770.
Pero, además, en lo que a la importancia estratégica de las islas toca, dos nuevos factores les quitaron la importancia que les restaba para convertirlas en lo que son hoy, un enojoso y ridículo problema para los ingleses por el valor simbólico que poseen.
Lo importante en la guerra moderna es el predominio aéreo; automáticamente una potencia continental con bases aéreas cercanas a la zona de guerra queda en posibilidad de enfrentarse a una potencia mundial con los más costosos y modernos portaviones. La invasión, en consecuencia, terminó con la importancia de enfrentamientos entre navíos a cañonazos, y con la importancia de las armadas de guerra, y en consecuencia con sus puntos estratégicos de apoyo.
Inglaterra no sólo dejó de ser la reina de los mares después de la Segunda Guerra Mundial, sino que simultáneamente dejó de poseer un imperio repartido por toda la superficie terráquea. En la medida en que sus posesiones imperiales alcanzaron la independencia, Inglaterra se redujo a no ser más que una isla al norte de Europa, y por ende (hoy en día) con una economía en recesión.
¿Por qué, entonces esta guerra? ¿Qué importancia tienen las Malvinas para los ingleses que han despachado a casi la totalidad de su flota y han llevado sus más grandes trasatlánticos, el "Queen Elizabeth" y el "Camberra", para transportar tropas en reconquista de las islas?
Ha sido tan rápida la transición de Inglaterra de gran potencia mundial a país pobre europeo (proscrito inclusive de la Comunidad Europea por el general De Gaulle) que los ingleses no han podido adaptarse psiquicamente a su nueva situación. Los traumas internos que vive la sociedad inglesa por su fulminante cambio de status se reflejan entre otras cosas por los movimientos anti-cultura, como los "punk" o los recientes disturbios raciales.
Los británicos ante lo de las Malvinas exigían un acto de fuerza que les levantara su autoestima y les hiciera sentir que seguían contando como potencia en el concierto mundial.
Y pensar que hace un siglo una o dos fragatas británicas humillaban a Venezuela y le arrebataban el territorio de Ezequibo (lo que da origen al conflicto actual de Venezuela con Guyana) o le arrebataban a Guatemala casi toda su costa atlántica (lo que hoy constituye el territorio de la recientemente independizada Bélice, que Guatemala no reconoce) o se apoderaban sin esfuerzo de las Malvinas.
Hoy en día, para reconquistar dos islas estériles, sin ningún valor estratégico, frente a las costas de un país suramericano, Inglaterra debe desplazar casi toda su flota, convertir sus dos principales trasatlánticos en transporte de tropa y contar con el apoyo logístico de Estados Unidos.
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