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| 6/2/2012 12:00:00 AM

¿Hasta cuándo?

La masacre de Hula podría ser el punto de quiebre para el régimen alauita. O la presión internacional consigue detener la violencia, o la guerra civil sectaria es inevitable.

Cuatro hileras de cadáveres envueltos en sábanas blancas, separadas por bloques de concreto, fue todo lo que quedó de 25 hombres, 34 mujeres y 49 niños tras la brutal masacre en Hula, al occidente de Siria, el 26 de mayo. Al resto de los habitantes del pueblo de Taldou, donde se concentraron la mayoría de los ataques, solo les quedó miedo, furia y desesperanza. Y a la comunidad internacional, que mira anonadada una nueva carnicería en un país donde creía que ya no podía correr más sangre, la frustración de no saber cómo poner fin al horror.

Como todas las semanas, tras el rezo del mediodía, la gente salió a la calle para manifestarse contra el régimen del presidente Bashar al-Assad. Pocas horas después, el pueblo fue bombardeado con artillería pesada. La escena era desgarradora: madres que gritaban por sus hijos, transeúntes que corrían en busca de refugio y niños atemorizados que no entendían qué pasaba. El ataque hirió a más de 300 personas pero no dejó muchas víctimas fatales, así que el grupo paramilitar alauita Shabiha, que apoya al régimen, se encargó de acabar lo que las bombas habían empezado. Pronto la escena se volvió infernal.

Un pequeño de 11 años relató cómo los matones agujerearon la puerta de su casa a balazos, entraron y preguntaron con lista en mano por su padre, su hermano y su tío. Cuando estos se acercaron, les dispararon a los tres. Su madre gritaba descontrolada, así que también le dispararon a ella. Su hermana no corrió con mejor suerte. Presa del pánico, el niño resolvió tumbarse en el suelo y untarse de la sangre de sus familiares. Solo se salvó porque los atacantes lo creyeron muerto. De la misma manera, los asesinos irrumpieron casa por casa y apuntaron a diestra y siniestra. A algunos les ataron las manos y les dispararon a quemarropa; a otros los apuñalaron. De una u otra forma, nadie escapó del exterminio.

Ese episodio volvió a poner a Siria en el radar de la comunidad internacional y su reacción no se hizo esperar. El Consejo de Seguridad de la ONU, incluido Rusia, que es aliado de Al-Assad, condenó el atentado y exigió al país acogerse al plan de paz propuesto por Kofi Annan hace unas semanas. Sin embargo, como es usual, tanto ese país como China se opusieron a una intervención militar en Siria o a más sanciones.

Desesperados, y para enfatizar su rechazo a semejante atrocidad, nueve Estados, incluidos Alemania, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos, expulsaron a los diplomáticos sirios de las embajadas en sus países. A ese esfuerzo pronto se unieron Turquía y Japón. Si bien la movida es audaz y envía un mensaje contundente de descontento e indignación al régimen sirio para que frene la violencia de inmediato, Al-Assad sigue aferrado al poder y su gobierno, que culpó a grupos terroristas de la terrible masacre, sigue haciéndose el desentendido.

La comunidad internacional ya no sabe qué hacer para contener los ríos de sangre en Siria, que pronto desembocarán en una guerra civil sectaria entre la minoría alauita, a la que pertenece el presidente, y la mayoría sunita. Lo que angustia a la comunidad internacional es que un conflicto de esas características podría incendiar al Oriente Medio, pues allí están presentes, entre otros, los intereses de Irán, en apoyo del régimen alauita (una rama del chiísmo), y Arabia Saudita, el mayor apoyo de la mayoría sunita.

El presidente francés, François Hollande, no descarta una intervención militar y la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, presiona a Rusia para que cambie su postura, pues afirma que su obstinada posición antiintervencionista hará que la violencia termine de despedazar el país .

Tanto el gobierno de Al-Assad como los rebeldes del Ejército Libre Sirio, antirrégimen, al igual que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU dicen que quieren evitar la guerra. Sin embargo, aún nadie cede y, entretanto, una Siria devastada sigue sumida en el más oscuro de los escenarios sin posibilidades claras de lograr salir a la luz.
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