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| 9/4/2010 12:00:00 AM

Hasta el cuello

Las devastadoras inundaciones hacen temer que este poder nuclear se encuentre aún más cerca del precipicio.

A medida que las aguas, después de un mes, comienzan a bajar en algunas de las regiones de Pakistán afectadas por las peores inundaciones en 80 años, es cada vez más evidente la imagen de devastación y miseria que dejaron a su paso. Todo apunta a que lo peor está por venir en el único país musulmán poseedor de la bomba atómica, un Estado que acumula problemas desde hace un buen tiempo y conforma, junto a su vecino Afganistán, el frente central de la guerra de Estados Unidos contra los talibanes.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se ha dedicado a alertar de la dimensión de la tragedia y ha recordado el "mar de sufrimiento" del que fue testigo. Según sus cuentas, los 20 millones de damnificados superan la suma de las poblaciones afectadas por otras grandes tragedias como el tsunami y el terremoto de Cachemira en 2005, el ciclón Nargis en 2007 y el terremoto de Haití de comienzos de este año. Esta es una "catástrofe en cámara lenta" que está lejos de llegar a su fin, con la amenaza inmediata del hambre y las epidemias.

"A pesar de sus problemas, Pakistán ha tenido una relativa seguridad alimentaria. Pero las cosechas se arruinaron", explicó a SEMANA Anita Weiss, especialista de la Universidad de Oregon y autora de varios libros sobre Pakistán. "La comunidad global de donantes ha comprometido ayuda, pero Pakistán no tiene la infraestructura para absorberla y arreglar los problemas asociados con el hambre y la crisis habitacional de las inundaciones".

Ese oscuro panorama les podría aportar reclutas a los fundamentalistas, que se han encargado de recordar que siguen muy activos en medio de la tragedia. El miércoles, tres atacantes suicidas se hicieron estallar en una procesión chiita en Lahore. Las explosiones mataron a 31 personas, hirieron a más de 200 y desataron choques entre la Policía y turbas de indignados manifestantes que prendieron fuego a una patrulla, pues no solo culpaban del ataque a los talibanes, sino también a la propia Policía por ser incapaz de prevenirlo.Y el viernes la escena se repitió en Quetta, donde otro ataque suicida mató a 46 personas en una manifestación propalestina.

"La crisis puede alimentar el extremismo, en especial cuando el Estado es visto como incompetente, y está abriendo un espacio a los grupos militantes para intervenir y proveer asistencia. El Tehrik-e-Taliban Pakistán (la rama local del Talibán) ya ha declarado que asesinará a los trabajadores humanitarios extranjeros en su área", explica Weiss.

Para rematar, esta semana un escándalo sacudió al críquet, la gran pasión nacional. Según la prensa inglesa, miembros de la selección paquistaní, incluido su capitán, habrían sido comprados para cometer errores en un partido frente a Inglaterra. No se trata de un asunto menor, pues el equipo es una de las únicas cosas que unen a los paquistaníes y la mayor fuente de orgullo nacional.

La turbulencia paquistaní no ha cesado desde el magnicidio, a finales de 2007, de la ex primera ministra Benazir Bhutto, entonces candidata favorita para liderar un gobierno democrático. El general golpista Pervez Musharraf, el hombre fuerte del país por nueve años, se vio obligado a ceder el poder y el viudo de Bhutto, Asif Zardari, apodado 'Mr. Diez por ciento' por sus antecedentes de corrupción, se convirtió en presidente. Desde entonces, la lista de atentados y eventos sangrientos es extensa, en medio de permanentes sospechas de que la inteligencia paquistaní juega a tres bandas y también colabora con los talibanes afganos.

A esa serie de eventos desafortunados se sumaron las inundaciones. El ejército, quizás la única institución fuerte del país, ha tenido un papel importante para enfrentar la crisis, y hay quienes sostienen que es el verdadero gobierno. Ese es un desarrollo inquietante para un país nuclear. Aunque, como tristemente dijo el propio Zardari, nadie en sus cabales querría en estos momentos tomarse el poder en Pakistán.
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