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| 10/4/2014 10:00:00 PM

Hay Evo Morales para rato

Todo parece indicar que Evo Morales ganará fácilmente su segunda reelección el domingo próximo. Pero el costo para las instituciones democráticas crece.

Cuando tenía 15 años, Evo Morales visitó con sus compañeros del colegio el palacio presidencial de La Paz. El equipo logístico les prohibió hablar con el mandatario porque este se encontraba ocupado. Evo quedó tan ofendido que le dijo a sus amigos: “Algún día voy a ser presidente y fácil me van a encontrar”. Cumplió su sueño en 2005, cuando se convirtió en el primer presidente indígena de Bolivia. Pero a pesar de sus promesas, no es mucho más accesible que sus antecesores. Es que el Evo, como lo llaman sus compatriotas, ya lleva nueve exitosos años en el poder, y un lapso como ese agranda a cualquiera.

De hecho, Morales está a punto de ganar su tercera elección consecutiva el próximo 12 de octubre. La última encuesta elaborada por la firma Ipsos es muy reveladora: el candidato-presidente cuenta con un 59 por ciento de intención de voto, seguido por Samuel Doria con 13 puntos y Jorge Quiroga con 8. Los otros dos candidatos, Juan del Granado y Fernando Vargas, ni siquiera llegan al 5 por ciento. Los medios bolivianos hablan de una campaña aburrida, con poco contenido político y mucha demagogia.

La periodista Astrid Prange escribió en la Deutsche Welle que Evo tiene toda esa ventaja porque “puede presumir de éxitos impresionantes. La economía boliviana crece desde hace años a un ritmo sostenido de un 5 por ciento anual. Los ingentes ingresos por exportaciones de gas y otras materias primas atraen gran cantidad de divisas al país”. Mauricio Jaramillo Jassir, internacionalista de la Universidad del Rosario, dijo a SEMANA que “Evo logró terminar con la inestabilidad en Bolivia y cumplió con promesas como crear una nueva Constitución, hacer una reforma agraria y lograr mayor inclusión de los sindicatos y los indígenas”. La debilidad de la oposición también ha ayudado al candidato-presidente.

Pero esa historia tiene su lado oscuro, pues la oposición asegura que Evo manipuló la Constitución para aspirar a un tercer mandato, dentro de la más pura tradición caudillista revivida en los países del Alba. Esto, según Jaramillo Jassir, raya con el autoritarismo y puede “generar polarización interna, pues la oposición aprenderá y se fortalecerá en un proceso similar al de Venezuela”. Como suele suceder con los presidentes reeleccionistas, Evo ha sido criticado también por manipular los medios y por no participar en los debates.

Como es de esperarse en esas circunstancias, la reelección indefinida implica consecuencias. Según dijo a SEMANA Paúl Coca, abogado y consultor boliviano, “un tercer gobierno de Morales vendrá con un excesivo desgaste gubernamental, además de que la institucionalidad boliviana es frágil y, por ende, abierta a la corrupción”, por lo que no cabe esperar muchos cambios en las estructuras políticas y económicas de La Paz.

Y la política exterior tampoco cambiará mucho: Bolivia seguirá reclamando a Chile su derecho al mar y seguirá siendo uno de los focos principales de la izquierda en la región. Jeffery Webber, especialista en temas de América Latina en el Queen Mary University of London, dijo a SEMANA que “el nuevo gobierno de Evo buscará mayores lazos con los países sudamericanos, y con organizaciones alternativas como los Brics, sin dejar de lado el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La retórica contra Estados Unidos seguirá en la misma línea tensa, pero por debajo de la mesa Morales buscará mayores vínculos comerciales con Washington”.

En este orden de ideas, lo que más preocupa a los analistas es el legado que dejaría Evo cuando se vaya, en teoría, en 2019. El país se polariza cada vez más y aún no encuentra alternativas políticas sólidas. Según contó Coca, “en el fondo, todo boliviano desea renovación en los líderes políticos pero le corresponde a la oposición cambiar sus cuadros ya que el oficialismo va a seguir postulando a Evo Morales”. Por lo pronto, lo único que parece seguro es que el candidato-presidente, un gran aficionado al fútbol, ganará las próximas elecciones por goleada. Solo que la cancha va a estar, como siempre en estos casos, inclinada a su favor. 
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