Miércoles, 1 de octubre de 2014

| 2012/12/31 00:00

Historias detrás de cinco fotografías poderosas 2012

Cinco fotógrafos eligen sus mejores imágenes de 2012 y cuentan que hay detrás de esas tomas, cuyos escenarios van de Ciudad Juárez a Gaza o Londres.

Puente colapsado, de Beawiharta

Con 2012 a punto de acabar, el editor fotográfico de la BBC Phil Coomes invitó a cinco fotógrafos a contar las historias detrás de alguna de sus fotos favoritas de este año.

Louie Palu, Bernat Armangue, Robin Hammond, Beawiharta y Owen Humphreys explican con sus propias palabras cómo consiguieron esas imágenes.

MUERTOS VIVOS DE LA GUERRA DEL NARCO, DE LOUIE PALU

En Ciudad Juárez, mientras cubría asesinatos o investigaba historias relacionadas con las drogas, solía visitar el albergue de Pastor, un ex miembro de una banda criminal que ofrece refugio y rehabilitación. Una tarde, mientras el sol se volvía amarillo dorado y Pastor arreglaba el tejado, un hombre llegó y se paró a mi lado.

Hablaba inglés perfectamente y parecía tener unos 50 años. Tenía 37. Pidió ayuda para recuperarse de su adicción a la heroína, algo que Pastor asegura que había intentado muchas veces antes.
Comenzó a consumir a los 17 años, cuando vivía en Los Ángeles. Me contó que años atrás su adicción provocó que fuera deportado a México desde Estados Unidos.

Dijo que su nombre era Frank y procedió a mostrarme las marcas en sus piernas. Parecía como si hubieran sido consumidas por algún tipo de plaga. Indicó que las venas de sus brazos y piernas habían colapsado tantas veces que ahora sólo se inyectaba en la ingle.

Para mí sus piernas eran el paisaje humano de la desesperación total. Compartió conmigo su historia: cruzó ilegalmente a EE.UU. cuando tenia 7 años y allí se volvió adicto a las drogas. Estuvo entrando y saliendo de la cárcel por esta razón. Sin programas de rehabilitación, la prisión sólo empeoró su adicción.

Mientras Pastor le preparaba una cama, se sentó fuera de la habitación y seguimos conversando. Le pedí permiso para fotografiar sus piernas y estuvo de acuerdo. Pasé muchos meses trabajando y buscando imágenes poderosas y esta fotografía literalmente caminó hacia mí.

La imagen de las piernas llenas de cicatrices de este hombre, destrozadas por años de drogadicción, simboliza para mí la guerra contra las drogas.

Cada inyección parece llevar a una única solución posible, que es tratamiento para su aflicción, porque ni la cárcel ni la policía ni la escasez de drogas pueden detener su adicción.

EL PRECIO DE LA GUERRA, DE BERNAT ARMANGUE

Cuando Israel mató al jefe militar de Hamas Ahmed Jabari el 14 de noviembre, yo estaba en El Cairo trabajando en un proyecto sobre la comunidad copta de Egipto.

Cuando llegué por primera vez a Jerusalén, una de las cosas más importantes que me habían dicho mis colegas fue que "no puedes hacer predicciones en Medio Oriente".

Pero cuando me di cuenta de que el blanco había sido Jabari, mi estómago enseguida me dijo: "Muévete ahora, esto será grande".

En 2008, durante la Operación Plomo Fundido, Israel cerró el acceso a Gaza, así que la mayoría de nosotros tuvimos que cubrir el conflicto desde el lado israelí.

Esta vez fue diferente y pude entrar a Gaza el 15 de noviembre por Erez (un paso controlado por Israel).
Tomé esta fotografía al final de un largo domingo que pasé fotografiando a los socorristas palestinos mientras sacaban cadáveres de los escombros.

Cuando empezó a oscurecer, decidí visitar la morgue del principal hospital en Ciudad de Gaza.
Allí, los cuerpos de cuatro niños descansaban sobre una mesa metálica. Tomé algunas fotos y decidí marcharme.
Pero justo en ese momento un grupo de hombres irrumpió en la sala y su mirada se dirigió hacia otro cadáver, alguien que conocían.

Lo rodearon y comenzaron a gritar y a llorar, mientras intentaban procesar la idea de que alguien querido se había ido. Comencé a fotografiarlos y me di cuenta de que ni siquiera notaban mi presencia, tan inmersos estaban en su pena.

Vi a uno de ellos tomar la mano del muerto y besarla mientras musitaba su adiós. Después de unos segundos, supe que mi trabajo estaba hecho y me fui. Creo que fui testigo de un triste momento de amor.

No importa de qué lado del conflicto estés, nadie disfruta tomando fotos en momentos como esos.
Durante años he estado cubriendo el problema palestino-israelí y he visto gente de los dos lados llorando a sus seres queridos.

Pienso que eso es lo que muestra esta imagen: el precio de la guerra, no importa quién seas o de qué lado estés.

CONDENADOS, DE ROBIN HAMMOND


Se esconden en oscuros rincones olvidados de iglesias, pasan la vida echados sobre el sucio suelo de prisiones o permanecen inmóviles encadenados a rústicas camas de hospital. Raramente se quejan, la vida les ha enseñado que nadie va a escucharlos. No piden ayuda, saben que nadie va a acudir.

Conocí a africanos con enfermedades mentales en países en crisis mientras cubría el referendo sobre la independencia en Sudán del Sur. Debía haber sido una historia sobre un futuro esperanzador, pero lo que vi fue el legado de un pasado violento y destructivo.

En la cárcel central de Juba, hombres y mujeres que no habían cometido ningún crimen estaban encadenados al suelo. Algunos tenían discapacidad mental antes de la guerra y otros habían sido traumatizados por ella. Sin un hospital o ningún otro refugio, la cárcel se había convertido en su hogar.

Así comencé un recorrido que me llevó a Sudán, Somalia, República Democrática del Congo, Uganda, el campo de refugiados de Dadaab en Kenia y más recientemente a Nigeria. Descubrí a personas abandonadas por sus gobiernos, por la comunidad de ayuda humanitaria y por sociedades enteras.

Nigeria no está en guerra como otros lugares en los que estuve. Es un país sumamente rico. La industria del petróleo, que ha generado miles de millones de dólares para su economía, ha sido al mismo tiempo un desastre para la región del delta de donde es extraído. Corrupción, desigualdad y violencia abundan en esta zona desde que se descubrió este recurso.

Visité el centro de rehabilitación que se ve en la foto, a las afueras de la ciudad de Port Harcourt, en el delta del río Níger. Lo dirige el gobierno estatal y alberga a 170 personas con enfermedades mentales o discapacidad.
Me dijeron que no había menores, pero pronto encontré a un niño con discapacidad mental de unos 8 años que dormía en el suelo de la habitación de los internos masculinos de "alto riesgo".

Los responsables del lugar cambiaron la historia y me dijeron que este niño había estado allí por tres meses y que no estaba seguros de qué hacer con él. Entonces encontré a otro niño de unos 14 años durmiendo en el piso de la misma habitación.

Mi asistente distrajo a los funcionarios mientras yo recorría otros edificios del centro. Vi a un hombre joven con una pierna amputada y la otra parecía estar pudriéndose. El olor lo confirmaba. Muchos pacientes estaban encadenados. Un hombre tenía la esposas tan ajustadas que su muñecas estaban muy hinchadas.

El personal comenzó a preocuparse por mi presencia; yo tenía permiso de visita pero no querían que tomara fotos.

Desde su enorme escritorio en su gran oficina, el ministro responsable de estas instalaciones culpó a las organizaciones no gubernamentales extranjeras por no darles la ayuda que necesitan para proveer ciudados adecuados de salud mental.

En el delta del Níger, como en muchas otras partes de África en crisis, parece que la salud mental es un problema de nadie.

PUENTE COLAPSADO, DE BEAWIHARTA


Una mañana de miércoles recibí una imagen en mi cuenta de Twitter: era la foto de un periódico local que mostraba a un estudiante cruzando un río sobre un puente colapsado. La imagen me atrapó, necesitaba averiguar dónde había sido tomada. Así podía ir yo mismo.

Terminé de hacer unas fotografías en el distrito financiero de Yakarta y entonces caí en cuenta de que al día siguiente tendría ante mí algo muy diferente para fotografiar. Busqué en internet la ubicación del puente colapsado, pero no pude encontrar el lugar exacto.

Había un mapa en blanco con el nombre de un pueblo, Sanghiang Tanjung. Sorprendentemente, decía que estaba a sólo 130 kilómetros de nuestra oficina en Yakarta, a unas dos horas de viaje. Calculé que me llevaría cuatro.
A las 3 de la mañana del jueves, mi amigo y conductor Soewarno y yo partimos rumbo a aquella población.
Llegamos a las 6, pero teníamos que encontrar la dirección correcta que tomaban los estudiantes, así yo podría sacar la foto de frente, no desde atrás.

Pudimos contactar al líder del poblado, Epi Sopian, quien nos acompañó hasta el lugar. Él nos dijo que el puente había colapsado durante la gran inundación del sábado anterior.

Llegué allí cuando los estudiantes estaban cruzando. Ya estaban en el medio del puente. No, no pueden ser niños que quieren ir a la escuela, pensé. Parecía más bien como un juego acrobático sin ningún tipo de dispositivo de seguridad.

Caminaban despacio, a veces gritaban cuando sus zapatos resbalaban. De pronto empezó a llover.
Un último grupo de niños, Sofiah y sus amigos, estaban sobre el puente. Felizmente, todos cruzaron sanos y salvos. Tomé fotos durante menos de cinco minutos.

Mientras Sofiah se protegía de la lluvia le pregunté si no había un camino alternativo al puente colapsado.
"Sí hay", me dijo, "pero habría que dar un rodeo de 30 minutos. Si pasamos el puente necesitamos sólo 10 minutos".

Le pregunté si no había tenido miedo. "Sí tuve", me contestó muy despacio, "pero tengo que ir a la escuela". Cuando paró de llover, seguí a la niña en su camino al colegio. No estaba lejos.

Mientras caminaba detrás suyo pensé que si fuera mi hija (tengo una hija de la misma edad) la mantendría en casa hasta que el gobierno construyera un puente nuevo. Quizás no tendría buenas notas, pero eso era preferible a que se cayera y fuera arrastrada por el río.

Un día después de sacar fotos de trabajadores de clase media en la capital de Indonesia, me costaba creer que a sólo tres horas de los lujosos edificios, un grupo de niños arriesgaba su vida para ir a la escuela.
Tres meses más tarde se construyó un nuevo puente cerca de Sanghiang Tanjung.

CORRIENDO POR EL ORO, DE OWEN HUMPHREYS

 
Las Olimpíadas de Londres fueron absolutamente inolvidables. Tener los juegos en tu país es realmente una oportunidad única con la que todo fotógrafo sueña.

La agencia Press Association, para la que llevo trabajando 16 años, destinó un equipo enorme de 18 fotógrafos, dos editores y un montón de reporteros.

Para asegurarnos de tener doble cobertura dondequiera que estuvieran las medallas, había un número de fotógrafos dedicado a ciertos deportes y un equipo más pequeño que circulaba entre diferentes eventos.
La noche que realmente se destacó para mí fue la del "súper sábado" en el Estadio Olímpico, cuando los atletas británicos Jessica Ennis, Greg Rutherford y, por supuesto, el poderoso Mo Farah ganaron medallas de oro.

Después de que Ennis ganara la suya, me enviaron a fotografiarla recibiendo su presea desde una posición en la pista cerca de la meta. En este punto teníamos a varios fotógrafos posicionados alrededor del carril de Mo Farah para cubrir su carrera de 10.000 metros desde todos los ángulos.

Decidí que podía hacer una imagen diferente. Quería crear y mostrar la increíble velocidad con la que se desplazaban los corredores y la manera de hacer esto se conoce como paneo.

Esto es siempre una apuesta porque estás moviendo la cámara con una velocidad de disparo muy lenta de 1/50, un diafragma de f/16, un lente Nikon de 300mm y una cámara Nikon D3s. El objetivo es congelar a los corredores pero al mismo tiempo desenfocar el fondo con un efecto veteado para mostrar velocidad.

Cuando Mo Farah llegó a la recta final yo moví la cámara con él y conseguí ese efecto, con esa expresión de increíble determinación, mostrando los dientes.

Antes, cuando pasó frente a mí en las primeras vueltas yo había visto los anillos olímpicos en un cartel y los encuadré en mi foto. Después de que pasó en la vuelta final, mi trabajo estaba hecho.
Tan pronto como vi la imagen en la cámara conecté mi portátil y la envié a los editores justo antes de que me necesitaran para fotografiar a Jessica Ennis recibiendo su medalla de oro.

Esta imagen de Mo Farah es mi favorita de los juegos y con ella gané el premio Guild de los editores fotográficos británicos.

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