Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1994/10/10 00:00

¿HOGAR, DULCE HOGAR?

En el campamento de Panamá y la base de Guantánamo parece haber terminado el sueño americano de los balseros. SEMANA los visitó.

¿HOGAR, DULCE HOGAR?

UNA DE LAS MEJORES NOticias que podía recibir un oficial de la marina de Estados Unidos era el traslado a la Base Naval de Guantánamo. Este paraíso escondido en una bahía de aguas azules oscuras, a 60 millas del punto más al sur de Cuba, era un lugar ideal para mezclar escasas obligaciones castrenses con un plan ilimitado de esparcimiento que incluía playas solitarias, cancha de golf, buceo, restaurantes (McDonalds) y diversiones nocturnas.

Pero las cosas cambiaron en los últimos meses. De los 5.000 militares apostados en esta base, son pocos los que llegaron con el entusiasmo de antes. Guantánamo se ha convertido en la base militar más agitada de Estados Unidos en ultramar con la tarea de manejar no menos de 30.000 refugiados cubanos y haitianos que salieron de sus países en busca de asilo político y cuyo ánimo no está para fiestas.

En los cinco campamentos esparcidos por los 85 kilómetros cuadrados de la base, la consigna es evitar que la decepción de unos 20.000 cubanos -que al momento de ser rescatados estaban convencidos de que serían llevados a la Florida- se convierta en el combustible de un levantamiento. Para bajar la temperatura a la situación, el gobierno gringo decidió llevar 10.000 cubanos a la base militar de la zona del canal de Panamá donde han sido recibidos como invitados de honor.

SEMANA viajó a Guantánamo y Panamá, los epicentros de una crisis que pareció resolverse un poco a finales de la semana pasada, en un piso de la Sección de Intereses de Cuba en Nueva York, tras el acuerdo al que llegaron los negociadores cubanos y estadounidenses. Según este, Washington se comprometió a entregar por lo menos 20.000 visas de inmigrantes al año a los cubanos mientras La Habana se obligó a detener la salida de balseros, y por otra, el régimen de la isla dijo que recibirá a los balseros ubicados en Panamá y Guantánamo sin ninguna represalia.


GUANTANAMO: LA BASE DEL EXODO

Y es que sobre lo que alguna vez fue el hoyo número 17 de la cancha de golf de la base de Guantánamo se levantó hace dos semanas un campamento de toldas para dar albergue de emergencia a cientos de balseros cubanos rescatados en altamar. Los jóvenes descamisados se dedican a jugar béisbol para matar el tiempo debajo de una nube de polvo cobrizo, que parece siempre estacionada sobre el campamento mientras los demás se resguardan del inclemente sol bajo las carpas. El descontento es general. Algunos dicen que se sienten en un campo de concentración rodeados de alambres de púas y sin comunicación con el mundo externo. Se quejan de que la comida preparada por los haitianos es muy picante y que no hay cigarrillos ni nada que hacer.

Bajo las carpas verde oliva hay gentes de todas las franjas, razas y condiciones; vagos y trabajadores, ex militantes y ex militares, algunos que siempre fueron críticos del régimen cubano y otros siempre obedientes, profesionales y rebuscadores, y pese a las diferencias, todos quieren cubrirse con la estrecha bandera del refugio político. "No somos refugiados económicos y no volveríamos a Cuba ni porque nos dieran jamón, que hace 20 años el pueblo no ve", dijo uno de ellos.

María Emilia Luján, que es médica y ganaba cuatro dólares al mes, salió de La Habana en un bote junto con 26 familias más entre quienes se encuentran otros tres médicos, varias enfermeras, un abogado y un ingeniero nuclear que trabajaba en turismo. En un acomodado barrio habanero, estos profesionales abandonaron casas grandes con electrodomésticos y buenos carros, signos de privilegio en Cuba, y zarparon en dos botes a motor que fueron avistados 12 horas después por una patrulla guardacostera del gobierno de Estados Unidos. Lo dejaron todo, explicó la médica, porque estaban cansados de vivir una vida doble. "Para subsistir usted tiene que tener una doble personalidad -dijo Luján-. Una cara para el régimen de que todo está bien y otra cara para resolver (rebuscar),para encarar al paciente que no tiene medicinas o que no tiene plata para comprarlas en las diplotiendas" (tiendas para diplomáticos). Para otros el problema era menos sicológico. Su trabajo había desaparecido por lo que ellos mismos llamaban sustracción de materia.

Fernando Carlobo, por ejemplo, era carnicero sin carne y Armando Morales panadero sin pan. Pese a que sólo han pasado dos semanas, la incertidumbre ha sido suficiente para minar los ánimos de los más viejos. Miguel González, un ex vendedor de confites de La Habana, salió como muchos en una balsa de neumáticos pensando que en pocas horas estaría en la Florida y sería recibido por sus familiares como un héroe. Pero ahora se siente como si hubiera dado una vuelta en círculo y quiere regresar a La Habana. Mientras la gente del pueblo es casi unánime en aplaudir el embargo para estrangular al gobierno, entre los profesionales la idea es que se debe levantar a fin de no darle más pretextos a Castro para justificar su fracaso económico.

Cuando los reporteros llegaron al campamento que fue levantado sobre la cancha de golf, cientos de refugiados se acercaron para saber lo que estaba ocurriendo en el mundo, pues la última semana no habían tenido contacto nada más que con los soldados de la base que no hablan español.

Decepcionados escucharon a los periodistas decir que ellos no eran tema de las rondas de conversaciones en Nueva York. Con la angustia de que serían abandonados y olvidados, escribían mensajes en pedazos de papel y de cartón mensajes para el tío que vive en Hialeah, para la sobrina que trabaja en Nueva York y la mamá que vive en Kansas.


PANAMA

Los campamentos en Panamá funcionan a otro precio. En menos de un mes la Fuerza Conjunta del Comando Sur, a cargo de la zona del canal, construyó cuatro ciudadelas de carpas con capacidad para 10.000 personas, agua corriente, duchas, capillas, zonas de comedor y recreación. El funcionamiento de estos albergues, construidos para ofrecer refugio por seis meses a los cubanos, le costarán a los contribuyentes de Estados Unidos cuatro millones de dólares al mes. "Si yo tuviera que escribir un artículo sobre esto -dijo Francisco Calderón, uno de los 509 refugiados que han llegado- diría al comienzo: En Panamá los cubanos encontraron su bendición". Es la bendición de haber probado, después de 20 años, el jamón y las manzanas, y de saber lo que es la lata de jugo o de gaseosa de uva. Aquí ya nadie se queja -por lo menos hasta que sepan que los van a devolver-, y menos ahora que se han enterado que el ejército ha hecho una oficina para que los familiares de Estados Unidos puedan venir a visitarlos.

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