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| 10/4/2014 10:00:00 PM

Hong Kong, ¿ante una nueva Tiananmen?

Las manifestaciones prodemocracia en Hong Kong constituyen el mayor desafío para el Partido Comunista Chino desde la masacre de la plaza de Beijing. El mundo teme que se repita la tragedia de hace 25 años.

Tras casi una semana de ocupar las calles del sector financiero de Hong Kong, los rostros de los manifestantes a favor de la democracia reflejaban la fatiga de haber dormido varios días a la intemperie. También, el temor de que la Policía de la ciudad cumpliera su promesa de recurrir a un “uso apropiado de la fuerza” si ellos se decidían a ocupar los edificios oficiales, como habían prometido hacerlo si sus demandas no eran escuchadas.

Hasta mediados de la semana pasada, el ambiente de las manifestaciones prodemocracia había sido festivo y con un llamativo énfasis en la cultura ciudadana, con gestos de gran simbolismo como reciclar la basura que dejaban las manifestaciones o brindar paraguas a los policías que tenían la misión de vigilarlos. Las fuerzas del orden de esa antigua colonia británica habían optado a su vez por la contención tras el fiasco del domingo. Ese día, al usar gases lacrimógenos y detener manifestantes menores de edad, en una ciudad usualmente apacible, galvanizaron las protestas y atrajeron a nuevos sectores de la sociedad hongkonesa, como familias con niños pequeños o personas de la tercera edad.

Sin embargo, el viernes por la mañana, tras dos días feriados por el Día Nacional de China, cerca de mil hombres atacaron física y verbalmente el campo de los manifestantes prodemocracia en el distrito de Mong Kok, al norte de la ciudad, les raparon sus carteles, exigieron que acabaran con la ocupación y destruyeron la mayoría de las carpas que habían instalado en el sector. A medida que transcurría la noche, los enfrentamientos se extendían hacia Admiralty, en el sector financiero de la ciudad, donde se encuentra el epicentro de las manifestaciones.

Según la agencia Efe y algunos manifestantes entrevistados por The Guardian, los ciudadanos enfurecidos contra el movimiento prodemocracia eran en su mayoría forasteros que seguían las instrucciones que una mujer les daba en dialecto mandarín, el más extendido en la China continental, a diferencia de Hong Kong, donde predomina el cantonés. La agencia AFP informó a su vez que las fuerzas policiales de la ciudad eran insuficientes para controlar los ataques y que habían sido “superadas” por los hechos. Y aunque al cierre de esta edición no era claro el carácter de las bandas antimanifestaciones, ya era evidente que la violencia había irrumpido en un proceso social de carácter pacifista, que hasta entonces había seguido el ejemplo de la resistencia no violenta de líderes históricos como Mohandas Gandhi y Martin Luther King.

Pocas horas antes de los enfrentamientos, Leung Chun-ying, el actual jefe de gobierno de la ciudad, en quien los estudiantes ven una ficha del Partido Comunista Chino (PCC), anunció dos cosas: que no iba a abandonar su cargo, como se lo exigían, y que ofrecía dialogar por medio de la segunda autoridad local, la señora Carrie Lam. Los estudiantes habían accedido a reunirse públicamente con ella, pero al oír al gobernante le reiteraron que seguirán hasta que renuncie y hasta que Beijing revoque su decisión de seleccionar a los candidatos a jefe de gobierno de ese territorio. Los manifestantes argumentan que esa política viola la Ley Básica de la ciudad, según la cual en Hong Kong regirá hasta 2047 un sistema diferente del resto de China, basado en las costumbres democráticas y liberales de esa antigua colonia británica.

Debido a ese pasado, ha llamado la atención la pasividad del gobierno británico, cuyo primer ministro, David Cameron, se ha limitado a declararse “profundamente preocupado” y a emitir a través de su Cancillería un comunicado en el que expresa “su preocupación por los hechos en Hong Kong y exhorta a todas las partes a llevar a cabo una crítica constructiva”.

Pero los hechos del viernes disminuyeron la posibilidad de que las partes eviten los enfrentamientos. “Si el gobierno no impide de inmediato los ataques organizados contra los partidarios del movimiento Occupy Central, los estudiantes cancelarán el diálogo sobre las reformas políticas con el gobierno”, dijeron en comunicado conjunto los grupos de manifestantes. Esa posibilidad abre las puertas a una confrontación más larga, que podría implicar nuevas hostilidades.

Como le dijo a SEMANA Michael C. Davis, profesor de Derecho del Departamento de Gobierno de la Universidad de Hong Kong, “los manifestantes están preparados para perseverar el tiempo que sea necesario, pues todo indica que cuentan con estrategias para cambiar de ubicación. Por lo tanto, es posible que abandonen un lugar y se instalen en otro, ensayando diferentes tácticas”.

La sombra de Tiananmen

El gobierno de Xi Jinping ha respondido a la actual crisis mediante su ya conocida estrategia de censurar internet y recurrir a una retórica cada vez más agresiva, en la que tilda a los estudiantes de “extremistas políticos” manipulados por las “fuerzas extranjeras” que “cosecharán lo que han sembrado”. Un editorial publicado el miércoles en el diario oficial del PCC, el Diario del Pueblo, hablaba incluso de “consecuencias inimaginables” si las manifestaciones continúan.

Todo ello ha llevado a medios y analistas a temer una reedición de la masacre de 1989, cuando para recuperar la plaza de Tiananmen el Ejército Popular de Liberación acabó con la vida de miles de manifestantes que cinco semanas antes se habían tomando ese céntrico espacio de Beijing. Y si bien existen ciertas semejanzas entre los dos procesos, como el hecho de que los estudiantes han liderado ambos movimientos, las diferencias son a su vez numerosas y relevantes.

Como le dijo a SEMANA Jean-Pierre Cabestan, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Baptista de Hong Kong, “mientras que en Tiananmen las protestas estaban en gran medida dirigidas contra la corrupción de los líderes del PCC, las actuales manifestaciones están mucho más focalizadas en establecer una plena democracia en esta ciudad, un lugar que ya es semidemocrático, pues sus jóvenes y su sociedad en general saben exactamente en qué consisten no solo unas elecciones sino también la libertad de expresión y las libertades políticas y representativas que una democracia implica”.

Si bien los manifestantes que reclamaban sus derechos en 1989 en Beijing y los que lo hacen hoy en Hong Kong son diferentes, el PCC de hoy alberga importantes semejanzas con el de hace un cuarto de siglo. La violenta represión de los conflictos independentistas en Tíbet y Xingiang, y el uso sistemático de la pena capital, que se aplica en China más que en todo el resto del mundo, muestra que las autoridades de Beijing muy bien pueden recurrir a la fuerza. Y en ese contexto, los cuarteles del Ejército Popular de Liberación precisamente se encuentran en el distrito financiero de Hong Kong, justo donde se desarrollan las manifestaciones estudiantiles.

Se trata de una posibilidad que no descartan los expertos consultados por esta revista, quienes sin embargo advierten sobre las consecuencias negativas que una acción de esa envergadura podría tener sobre la percepción del mundo sobre las prioridades del PCC. Uno de ellos, Mark Lagon, director de la Maestría en Desarrollo Internacional de la Universidad de Georgetown, lo puso en claro: “Beijing puede pensar que actuando así desalentará la desobediencia civil. Pero se trata de una insensatez, pues en realidad dejaría claro que le da más importancia a censurar las expresiones políticas que a la prosperidad económica y que a los acuerdos internacionales con Reino Unido”. Pero así pensaban muchos en 1989, y la historia los tomó por sorpresa.

¿Por qué Hong Kong es especial?

La historia colonial de Hong Kong es muy diferente de la de China continental, y contiene la clave de las tensiones.

En buena medida, las islas que corresponden a la ciudad de Hong Kong crecieron de espaldas a la China continental. En el siglo XIX, el Imperio británico comenzó a importar enormes cantidades de té y seda del Lejano Oriente, pero sin lograr vender sus productos en la región, lo que produjo un grave déficit comercial. Para compensarlo, los británicos exportaron opio desde su colonia en India al ‘Reino del Centro’. En 1829, el emperador Daoguang prohibió el narcotráfico británico, lo que desencadenó las guerras del opio, que culminaron con el tratado de Nankin, por el cual China cedía la isla al Imperio británico. El enclave colonial se convirtió rápidamente en un dinámico puerto libre, lo que fue una constante fuente de tensiones con Beijing, que solo autorizaba el comercio a través del puerto de Cantón. En 1898, mediante el Segundo Tratado de Beijing, se estableció que el territorio estaría en manos británicas durante 99 años en virtud de un contrato de arrendamiento. Durante su historia, el enclave recibió varias oleadas de inmigrantes, comenzando por los desplazados que dejaron la rebelión de Taiping, así como los tifones, las hambrunas y otras catástrofes que afectaron la región. En la década de los sesenta, la población del enclave presentó un incremento de 1 millón de personas debido a los miles de refugiados que huían del comunismo y de las precarias condiciones de la China continental, mientras Hong Kong se consolidaba como un centro financiero mundial de la mayor importancia. Con la devolución del territorio en 1997, se trató de preservar el carácter libre y de apertura comercial del enclave mediante el principio de ‘Un país, dos sistemas’, que debería preservarse durante medio siglo. Justamente el acuerdo que hoy Beijing ha puesto en entredicho.
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