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| 9/12/1988 12:00:00 AM

Hora de partir

Acuerdo para el retiro de las tropas cubanas y surafricanas de Angola, un paso hacia la paz en el sur de Africa.

La muerte también estuvo de malas la semana pasada en Africa. Casi al tiempo en que la ONU anunciaba la institución del cese al fuego en la guerra entre Irán e Irak, un comunicado conjunto se hizo público en Luanda (Angola), Pretoria (Sur Africa) y La Habana (Cuba), anunciando el cese parcial de las hostilidades en la zona suroccidental del continente negro. De manera rápida y sorpresiva los surafricanos aceptaron retirar sus tropas de los territorios de Angola y Namibia, a cambio del desmonte gradual del contingente de tropas cubanas que se encuentran en el primero de estos países.
Si los términos del comunicado del 8 de agosto se cumplen, la paz habrá ganado mucho terreno en esta ex colonia portuguesa que desde comienzos de 1975 se ha visto convulsionada por la guerra civil. Fue en ese año que el país se dividió entre el Movimiento Popular de Liberación Angolés (MPLA) --de tendencia marxista y sostenido por Moscú-- y la Unión Nacional por la Independencia Total de Angola (Unita), apoyada por Washington y por Sur Africa. A pesar de que los guerrilleros del MPLA conquistaron Luanda y establecieron un gobierno que fue reconocido por la mayoría de naciones, tanto Washington como Pretoria intentaron ayudar a Unita para que se adueñara del poder.
La fuerza de ambos países llegó a poner en aprieto a Luanda, que solicitó a finales de 1975 la ayuda de Cuba, cuya participación salvó la vida del régimen izquierdista. En total unos 50 mil soldados isleños apoyaron masivamente a las recién fundadas Fuerzas Armadas Populares Angolesas (Fapla), quienes recuperaron la mayor parte del territorio.
Como si el panorama hasta ese punto no fuera suficientemente confuso (Fapla y sus cubanos peleando contra la Unita y sus surafricanos), Luanda decidió vengarse contra Pretoria ayudándole a los guerrilleros de Swapo, un movimiento que lucha por la independencia de Namibia. Desde 1920 esta antigua colonia alemana de 1.2 millones de habitantes, ubicada al sur de Angola, ha sido ocupada por Sur Africa, en violación de todas las normas internacionales.
Probablemente la situación hubiera continuado lo mismo si a comienzos de este año Washington no hubiera empezado a presionar para que se comenzara a negociar sobre la zona. A pesar de haber armado y financiado a los insurgentes de Unita (una especie de contras angoleses), la opinión norteamericana se había quejado de estar al mismo lado del régimen racista de Sur Africa.
El enfásis en la solución negociada dio resultado finalmente a comienzos de agosto, cuando al cabo de tres meses los surafricanos aceptaron retirar sus tropas de Angola y permitir en Namibia la celebración de elecciones libres. A cambio, Pretoria exige la salida de los cubanos en un plazo de siete meses.
Si bien a simple vista el trato parece sencillo, la verdad es que los obstáculos prácticos son tantos que es dudoso que se llegue a un final feliz. En primer lugar los surafricanos son racistas, tramposos y fervientemente anti comunistas. Esos tres factores se conjugan para que la promesa de elecciones libres en Namibia sea difícil de realizarse. Los reportes venidos de la zona dicen que el candidato izquierdista de Swapo ganaría fácilmente las elecciones, en contra de los deseos de Pretoria que quiere un régimen donde la minoría blanca (unas 80 mil personas) tenga derechos privilegiados. Las Naciones Unidas podrían enviar un contingente de observadores, pero el costo de su desplazamiento se estima en 600 millones de dólares durante 10 meses.
Como si eso fuera poco, la gente de Unita sostuvo que continuaría su guerra contra Luanda. Aunque en teoría el movimiento insurgente se vería debilitado por la salida de los surafricanos, todavía puede seguir recibiendo ayuda militar. Para salir del impase, Washington ha propuesto que se forme un nuevo gobierno angoleño en el cual se junten todas las facciones, incluida Unita.
Esa idea --opuesta por el régimen actual-- es la que lleva a los cubanos a proponer su retiro a lo largo de un periodo de cuatro años. A diferencia de Pretoria que puede volver cuando quiera, dada la cercanía, La Habana sabe que una vez que esté afuera, es muy díficil volver a ayudar a sus aliados.
Tal cantidad de factores hacen extremadamente díficil la terminación de las hostilidades en Angola y Namibia. En 1984 un acuerdo similar quedó en letra muerta, cuando las partes firmantes decidieron seguir peleando. Repetidamente los surafricanos han demostrado que quieren interferir en los asuntos internos de sus países vecinos y a pesar del comunicado expedido la semana pasada, nada hace pensar que hayan cambiado de manera de ser sin avisárselo a nadie.--
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