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| 7/18/1983 12:00:00 AM

HOZ Y MARTILLO VS. CRUZ Y TIARA

El segundo viaje de Juan Pablo II a su tierra natal significa su apoyo a la oposición contra el gobierno de Jaruzelski.

El Papa regresó del infierno centroamericano. Y en el infierno no sucedió nada positivo. Su visita, por el contrario, reivindicó, en contra de su voluntad expresada a gritos, la pena de muerte en Guatemala, y el conflicto centroamericano, a pesar de su presencia, continuó el ineludible rumbo hacia el caos y la violencia. Así, un viaje que perseguía la paz, tan deseada por aquellos países ajenos al conflicto y tan repudiada por aquellos que participan directarnente en él se convirtió en una entelequia que sirvió, en cambio, para que cada partido enfrentado retomara energías y se efectuaran nuevas y virulentas agresiones en nombre de esa paz que no aguanta ya más vituperio.
Ahora el Papa se encuentra en otra hoguera. Sus dieciocho viajes a 37 países rememoran la legendaria Orden de los Templarios, dedicada, por allá en el siglo XIII, a la defensa infranqueable de los postulados católicos en épocas del Rey de Hierro y de San Luis. Con la diferencia fundamental de que el papado no se compromete actualmente en los funestos intríngulis del Papa Clemente, sino que busca la recuperación de la libertad, desaparecida y pisoteada en el país polaco, cuya sana existencia se ha visto amenazada por una ley marcial o el "estado de guerra" impuesto desde el 31 de diciembre de 1981 por el gobierno militarista de Jaruzelski.
Juan Pablo II llegó al aeropuerto militar de Varsovia, su tierra natal, a bordo del Boeing 727 "Cittá de Urbino", lugar donde naciera Rafael Sanzio. La mayoría de los presentes eran hombres y mujeres campesinas, todos vestidos de folclóricas ropas multicolores. Pero también estaban, entrometidos en la plana mayor del Consejo de Estado polaco, el padre Henryk Jankoski, confidente del líder sindical Lech Walesa, y el cardenal primado de Polonia, Josef Glemp, amigo del jefe de "Solidaridad". Entretanto las delegaciones entonaban el "Sto Lat", (en español, "Que viva cien años"). Al dirigirse por primera vez en su segunda visita al pueblo polaco, Juan Pablo II afirmó: "Considero como un deber estar junto a mis compatriotas en este sublime y difícil momento histórico de la patria... Polonia es una madre que ha sufrido mucho y ahora vuelve a sufrir".
Henryk Jablonski, presidente del Consejo de Estado polaco, había aprovechado unos días antes de la visita papal para decir que la normalización de Polonia estaba muy avanzada en el país. Se refirió a la necesidad de mejorar las instituciones democráticas, en un país donde no hay democracia, y al esfuerzo que se ha venido ejecutando sobre el rearme de las fronteras.
Sin embargo, no es difícil darse cuenta de que en Polonia no ha cambiado nada. Jaruzelski rechazó rotundamente la amnistía pedida por el Papa, antes de su viaje, para infinidad de presos políticos. La ola de arrestos a los sindicalistas, al contrario de amainar, se ha incrementado, y Lech Walesa continúa en su retiro obligado. El gobierno, pues, antes de escuchar al Papa en Polonia, ha dado de antemano un no rotundo a cualquier exigencia papal.
Pero es que el gobierno también quiere jugársela. Polonia posee una arraigada historia religiosa y es difícil para el régimen no reconocer la labor social que la Iglesia ha efectuado en las últimas décadas. Así, Jaruzelski cree que aceptando visitas papales y permitiéndole cierta injerencia al episcopado polaco, el socialismo podrá, por fin, consolidar la gran unión tan soñada de el Estado con la Iglesia, para que ésta, finalmente, se convierta en el portavoz social del gobierno. La jugada política es tan clara que el mismo semanario "Polityka" afirmó editorializando: "Las autoridades no creen que la Iglesia deba mantenerse al margen de los acontecimientos políticos, siempre que respete los intereses internacionales de Polonia". Faltaría definir cuáles son esos intereses que parecen ser, no es secreto, los que han venido oprimiendo al pueblo de una manera pugnaz.
LA VALENTIA POLACA
En entrevista concedida a un periódico polaco, Lech Walesa recordó cuán fructífera había sido la primera visita de Juan Pablo II para "Solidaridad". El país, ciertamente, había salido del letargo, como lo dijera Walesa. Esta segunda visita tiene, pues, un ingrediente político muy parecido. No obstante, el líder de la dirección clandestina, Bujak, indicó que la visita de Juan Pablo II no sería factor para que el gobierno se resolviera a hacer concesiones. Ni tampoco podría ser una prueba de la estabilidad de Polonia. Pero arguyó: "La nación no está resignada ni aterrorizada, sino con la cabeza erguida ".
Muestra de la valentía polaca son las incontables manifestaciones que han surgido de la pura entraña del pueblo reclamando la legitimización de "solidaridad". En el preciso instante en el que Juan Pablo II pasaba delante de la "Cruz Florida", un bastión de la oposición polaca, millares de voces se levantaron para gritar, durante varios minutos: "Venceremos", mientras hacían la "V" de la victoria con dos dedos en alto. Juan Pablo II la está armando. Primero con su discurso sobre la necesidad de liberar a los presos políticos y segundo con su simple presencia que, de hecho, significa estar más del lado de la oposición que del gobierno.
Lech Walesa continúa celosamente enjaulado, aunque las autoridades afirmen que se hace para su protección. Josef Glemp, en cambio, ha causado la ira del gobierno al respaldar a los sindicatos y a los presos. En otros países de la Cortina de Hierro han surgido activistas religiosos que exigen reformas, pero inmediatamente son reprimidos, bien por el gobierno o por los dirigentes más conservadores de sus Iglesias. En Hungría, por ejemplo, el padre Gyoergy Bulany fue suspendido cuando ayudó a sus feligreses a rebelarse contra el servicio militar. En Checoslovaquia, la policía allanó el Domingo de Ramos varias parroquias y destruyó crucifijos y otros artículos religiosos. En Bulgaria aún no se le reconoce a la Iglesia Católica el derecho de funcionar, y en Rumania, cerca del 80 por ciento de sus habitantes son católicos ortodoxos, pero los dirigentes eclesiásticos son nombrados por el mismo Ceausescu. Tan sólo quedan los lituanos, en la frontera soviética con Polonia, que editan un periódico clandestino que busca la libertad de prensa y opinión y la libertad de cultos.
Polonia, por su parte, continúa su lucha por la libertad. El único que ha acogido aquella famosa frase de Montalembert ha sido Juan Pablo II. Frase que, a su vez, pregonaba: "Europa está en pecado mortal mientras no se dé solución a la cuestión polaca". Imperiales, racistas o bolcheviques, conservadores o liberales, el hecho cierto es que en la historia soviéticos y alemanes, incluidos los europeos hasta los confines del Mediterráneo, se han entendido de maravilla cuando del pueblo polaco se trata.
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