Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1985/10/07 00:00

HUELGA Y MORATORIA

Los mineros negros y la banca internacional ponen en jaque al gobierno blanco de Johannesburgo

HUELGA Y MORATORIA

Descorazonados por el escaso respaldo a su llamado de huelga, los dirigentes del Sindicato Nacional de Mineros (NUM) de Sudáfrica decidieron el lunes 2 de septiembre dar la orden a sus afiliados de regresar al trabajo después de dos días de movilización en las minas de oro y de carbón que circundan a Johannesburgo. Según voceros de esa organización, sólo 10 mil -y no 20 mil como se creyó al principio- de los 60 mil hombres que laboran en las siete pequeñas minas de la región, respondieron a la orden de parar las actividades, en apoyo de sus peticiones de aumento de salarios y contra la estrategia de jornales diferenciales con los que pretende el régimen de Pretoria dividir al gremio.
"Los patronos estaban mejor preparados que nosotros", admitió Cyril Ramaphosa, líder del NUM, al explicar que las medidas tomadas por los propietarios -amenazas de despido y envío de guardias armados a los campamentos para obligar a punta de fusil a laborar a los mineros- rindieron los frutos por ellos esperados. Durante los incidentes al menos murió un minero a manos de la policía en la mina Deelkraal, así como otros 13 fueron heridos gravemente y 83 arrestados en otros lugares.
Ramaphosa pudo explicar a varios periodistas reunidos en Johannesburgo lo difícil que es hacer una huelga de trabajadores negros en Sudáfrica. "Todos los aspectos de la vida de los mineros le pertenecen al patrón", dijo. Según él explicó, los puestos de trabajo, el alojamiento, los restaurantes, los bares, los transportes, y los lugares de recreo de los mineros son controlados y supervisados por los propietarios de las minas, quienes disponen de una policía privada para dominar tales feudos. "Los mineros somos una mano de obra cautiva", señaló, en grado tan alto que si éstos se van a la huelga -cosa poco frecuente en el pais- las viviendas de ladrillo donde están encerrados los mineros se convierten en otro campo de batalla. Por estar dentro de la "propiedad privada" del patrón, los huelguistas no pueden salir de sus cuartos. Deben permanecer allí en silencio y con los brazos cruzados, aislados del mundo exterior, pues los teléfonos indefectiblemente son cortados. Durante la huelga del domingo 1 de septiembre, en esos lugares hubo choques sangrientos, pues los guardias privados fueron allá a sacar a los trabajadores para conducirlos, mediante golpes y amenazas, a las minas. Esto explica en gran medida el bajo nivel de participación obrera en ese movimiento huelguístico, a pesar de que los salarios de la gran mayoría son de hambre. Un minero puede ganar 166 rands mensuales, es decir, 12.375 pesos colombianos, por jornada de trabajo de 9 horas y media.
El año pasado, 20 mineros perdieron la vida en enfrentamientos con las fuerzas privadas de seguridad y la policía. Aunque era la primera huelga minera legal del país, fue atacada con fiereza por los empresarios. País, minero por excelencia, Sudáfrica es uno de los mayores exportadores de oro carbón y diamantes del mundo, así como de minerales estratégicos. A Estados Unidos, Sudáfrica le suministra el 61% del cobalto que éste utiliza, el 55% del cromo, el 49% del platino, el 44% de vanadio y el 39% del manganeso.
Pero la derrota de la huelga minera, que de haberse extendido y prolongado habría sacudido los cimientos del régimen de apartheid (las exportaciones de oro representan anualmente 8 mil millones de dólares) no significa una mejora sustancial de la situación del presidente Pieter W.Botha. El día que estallaba la huelga el ministro de Finanzas sudafricano, Barend Du Plessis, anunciaba que su país dejaría de pagar durante cuatro meses su deuda externa con el objeto de lograr "un respiro" frente a la grave crisis financiera por la que atraviesa Sudáfrica. Al mismo tiempo, los disturbios raciales que han dejado una estela de 650 muertos en los últimos 12 meses y deteriorado aún más la imagen del gobierno en el exterior, continuaban. Esta vez fueron dos blancos los que resultaron muertos a manos de una multitud negra que salía de un funeral en las afueras de East London, un puerto a 950 kilómetros de Johannesburgo.
De las dos noticias, no se sabe cuál es peor para Pretoria. Sudáfrica que tenía fama de ser cumplidisima en el pago de su deuda externa, ve ahora arrasado ese prestigio, cuyo origen está en el declive económico local de los últimos tres años, gracias a la baja de los precios del oro y de otros productos de exportación. Esa mala situación financiera ha sido el acicate para que los bancos acreedores empiecen a tratar al poderoso Estado sudafricano como a pariente pobre. De los 17 mil millones de dólares que debe, doce mil son cobrables a corto plazo sin que existan recursos para cubrir esa suma.
Como sabían que Sudáfrica sólo dispone de 2.350 millones de reservas en oro y divisas, los prestamistas comenzaron a exigirle el pago de los créditos que se iban venciendo, temerosos de que el clima de revuelta social que sacude al país aplace aún más la recuperación económica.
El impacto psicológico causado por la moratoria fue enorme en los mismos círculos de poder; Harry Schwarz, portavoz económico del Partido progresista Federam -el principal de la oposición blanca- declaró que la decisión de congelar los pagos de la deuda constituye un "suceso trágico" para la economía del país que "ha destrozado el hasta ahora impoluto récord crediticio del país".
Aunque el aplazamiento de los pagos se refiere únicamente al capital y no a los intereses, cuyos pagos se realizarán en el plazo previsto, Schwarz calificó de "día negro" para la historia financiera del país el 1 de septiembre, al mismo tiempo que acusó a Botha de negarse a entender que hay una interrelación entre los problemas políticos y económicos. En realidad, una de las consecuencias de los disturbios raciales ha sido la reciente hemorragia de divisas provocada por la venta de intereses sudafricanos en poder de extranjeros, lo que obligó al gobierno a introducir un rand financiero, con un valor fijado en 0.38 centavos de dólar, para que opere al lado del rand comercial, que venía cayendo en relación con la moneda norteamericana.
La extraña alianza entre el capital financiero internacional y la revuelta negra de los batustán da una medida de la profundidad de la crisis que amenaza al represivo régimen sudafricano. Muy conscientes de que el actual clima de rebelión puede perfectamente conducir a estallidos revolucionarios dirigidos por el ala más radical del movimiento antiapartheid, los dirigentes de las principales empresas sudafricanas han pedido al gobierno que cambie su política y abra una negociación "con todos los grupos políticos de Sudáfrica". Gavin Relly, presidente de la AngloAmerican-Corporation -dueña de las mayores minas de oro y platino del país- y Frederick Van Zyl Slabbert, lider de la oposición blanca, han advertido sobre el peligro que se cierne sobre ellos, especialmente ante la negativa del gobierno a implementar reformas que desactiven la bomba social y política. La Comunidad Económica Europea y Estados Unidos empiezan a temer que la calma suicida de Botha termine prendiendo la chispa de una revolución negra dirigida por el African National Congress (ANC), una organización izquierdista dispuesta a profundizar la lucha armada en el país. Un triunfo de tal sector sacaría a Sudáfrica de Occidente y con él a los inestimables yacimientos de minerales estratégicos cuya pérdida sería tan grave como la suspensión de los suministros de petróleo del Golfo Pérsico al "mundo libre".
Todos saben que el apartheid ya no paga, en el pleno sentido de la palabra: ni como sistema político ni como prestamista. Pero sus arquitectos no saben cómo desmontarlo sin que esa operaclon fortalezca a los sectores anticapitalistas del área. Es que tienen presente lo que acaba de profetizar Allan Boesack, jefe espiritual de 70 millones de protestantes calvinistas, detenido en Sudáfrica en estos días: un futuro gobierno negro sudafricano "probablemente se inclinará hacia alguna forma de socialismo (pues) aquí hay muy poca fe en el capitalismo".

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