Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1999/01/18 00:00

HUMILLADO

A pesar de la acusación ante el Senado y de las pruebas en su contra es poco probable que el presidente norteamericano Bill Clinton sea destituido.

HUMILLADO

Hace un mes nadie apostaba un dólar en Estados Unidos porque el presidente Bill Clinton fuera sometido a un juicio de destitución, o impeachment. El nuevo speaker (presidente) de la Cámara de Representantes, Bob Livingston, había llegado a decir que no tenía ningún interés en que ese cuerpo colegiado considerara acusar al presidente ante el Senado y la opinión pública, que siempre ha respaldado a Clinton, había dado su veredicto más fuerte al propinarle a los republicanos una inesperada derrota en las urnas.
Pero entonces vino el golpe de gracia a cargo del presidente de la comisión de asuntos judiciales, Henry Hyde. El republicano le envió a Clinton un cuestionario de 85 preguntas que abarcaban prácticamente todos los hechos relacionados con el escándalo de su relación con la pasante de la Casa Blanca Monica Lewinsky. Ese fue el momento decisivo.
Clinton contestó el cuestionario con las mismas respuestas evasivas, legalistas y contrarias a las evidencias que caracterizaron su actitud a lo largo de la pesquisa desarrollada por el investigador especial Kenneth Starr. Esa posición, que para muchos fue el producto de un excesivo optimismo, causó una pésima reacción entre los representantes republicanos moderados que aún no habían decidido si apoyar el impeachment o negarlo. Y desde entonces las posibilidades de que Clinton lograra evitar que la Cámara de Representantes aprobara acusarlo ante el Senado se fueron literalmente a pique.
En esas condiciones la mayoría republicana del Comité judicial de la Cámara, que hasta entonces había contemplado la posibilidad de llegar a un acuerdo bipartidista o incluso a transarse por un castigo distinto a la destitución, decidió aprobar cuatro cláusulas de acusación (articles of impeachment) para ponerlas a consideración la semana pasada de la Cámara de Representantes. Esas cláusulas contienen tres delitos que habría cometido el presidente y que justificarían su destitución: perjurio, obstrucción de justicia y abuso de poder.
La Casa Blanca, que había intentado por todos los medios convencer a los republicanos moderados de la necesidad de llegar a un acuerdo transaccional, se enfrentó así a la posibilidad tangible de que Clinton se convirtiera en el segundo presidente en la historia de Estados Unidos en ser sometido a un proceso de impeachment. El anterior fue Andrew Johnson, en 1868, y se salvó por un voto. Pero Clinton es consciente de que Johnson es recordado no por sus esfuerzos por superar los traumas de la guerra de secesión sino por el dudoso honor de haber sido puesto en la picota pública por el Congreso. Clinton, quien se puede enorgullecer de haber conducido al país por un sendero de prosperidad hacia el final del siglo, quería evitar pasar a la historia con ese oprobio.
Esa es la razón de fondo por la cual su gobierno dedicó todos sus esfuerzos a evitar que la Cámara de Representantes aprobara pasar la acusación al Senado. El martes el panorama era oscuro: la Cámara está dominada por los republicanos, quienes tienen 228 curules contra 206 de los demócratas y un independiente que usualmente vota con estos últimos. Los funcionarios de la Casa Blanca habían identificado 34 republicanos moderados que podrían ser convencidos de apoyar al presidente. Pero al final del día todos menos siete habían expresado su intención de votar por acusarlo ante el Senado. Como si eso fuera poco, cuatro de sus copartidarios demócratas se habían puesto en su contra.
Para empeorar las cosas, Clinton tomó el miércoles la decisión de atacar Bagdad, lo que obligó a posponer para el viernes el inicio del debate en la Cámara y se convirtió en un nuevo motivo de discordia (ver siguiente artículo). Aunque al cierre de esta edición no se había votado se daba por descontado que la Cámara aprobaría acusar a Clinton ante el Senado por los cargos del Comité.
Sin embargo las posibilidades de que Clinton caiga son poco menos que nulas. Aunque los medios más importantes le han pedido que renuncie los sondeos de opinión pública siguen apoyándole y él mismo ha dicho que no piensa hacerlo. La destitución debe ser aprobada por el Senado por mayoría especial de dos terceras partes de los miembros, la cual parece imposible de conseguir. La razón es que los republicanos tienen allí una mayoría de 55 senadores contra 45 demócratas, y el número clave es 67. Así que no solamente se necesitaría que los republicanos votaran en bloque y sin fisuras de ninguna clase y que al menos 12 demócratas decidieran pasarse al otro bando. Algo que los analistas consideran muy improbable, sobre todo ante el tono marcadamente partidista que los propios republicanos han terminado por imprimirle a todo el proceso. Así que, si el caso de Irak no acaba de revolver las aguas, lo más probable es que todo este drama termine con un presidente humillado pero en su puesto.

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