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| 10/24/1988 12:00:00 AM

INFIERNO EN EL PARAISO

El país privilegiado de Asia se debate en el caos y la anarquía.

INFIERNO EN EL PARAISO INFIERNO EN EL PARAISO
La leyenda dice que los espíritus favorables crearon un país maravilloso. Los occidentales que lo visitan, están de acuerdo. De todos los países de Asia, pocos tienen el clima ideal, las tierras fértiles y los recursos naturales de Birmania.
Y, sin embargo, desde hace un par de meses esta ex colonia británica de 37 millones de habitantes se ha colocado continuamente en el centro de las noticias. Protestas callejeras y asesinatos en masa es lo único que parece producir este país que hace unos años fuera la envidia de sus vecinos.
Claro que eso fue en 1950. En esa época, Birmania se daba el lujo de ayudar al Japón, todavía devastado por la guerra, vendiéndole grandes cantidades de arroz. Sus ricos valles y sus yacimientos de petróleo, gas natural y piedras preciosas le daban un futuro asegurado a una nación que tenía el índice de alfabetismo más alto de la región (80%, similar al de Colombia).
Pero bastó un golpe militar de por medio para que el sueño se convirtiera en pesadilla. En 1962 el general Ne Win dio un golpe de estado e instauró un régimen socialista, mezcla de budismo, marxismo y militarismo. En pocos meses, Birmania fue olvidada por el resto del mundo gracias a la "cortina de Teka", tejida por el dictador quien hizo que el tiempo se detuviera a las puertas mismas de Rangun, la capital del país.
Cuando el reloj volvió a hacer tictac, los resultados fueron aterradores. Hoy en día Birmania es uno de los 10 países más pobres del mundo (177 dólares de producto por habitante en 1985), que tiene que importar arroz para sostenerse. La infraestructura es la misma de hace varias décadas y el escaso aparato productivo que existe está prácticamente detenido.
Toda esa desesperada situación fue demasiada para los miles de estudiantes que a mediados del año decidieron salir a las calles pidiendo el cambio. A pesar del hostigamiento del ejército, los manifestantes consiguieron que Ne Win abandonara el poder en julio y se retirara a su casa protegido por una fuerte escolta militar.
El sucesor, no obstante, resultó peor. A pesar de las protestas populares el elegido fue otro general, U Sein Lwin, quien decidió conservar el puesto a sangre y fuego, orquestando matanzas por doquier. La ola de violencia no intimidó a los manifestantes y al cabo de 18 días, U Sein Lwin fue remplazado por un civil, U Maung Maung, el primero en llegar a la jefatura del Estado en 26 años.
Claro que el cambio tuvo más de forma que de fondo. Las protestas continuaron porque los partidarios del cambio en Birmania recordaron que este abogado educado en los Estados Unidos, fue durante muchos años uno de los asesores de Ne Win. Aunque Maung prometió celebrar elecciones antes del final del año y permitir la presencia de todos los partidos políticos, fueron pocos los que creyeron en él. Las marchas pidiendo su renuncia se volvieron cotidianas tanto en Rangun como en Mandalay, la segunda ciudad del país.
Esa situación de anarquía total convenció a los militares de que era tiempo de intervenir. En la noche del 18 de septiembre unidades de élite del ejército tomaron posiciones estratégicas y el nuevo mandatario, el general Saw Maung, anunció el toque de queda, el desmantelamiento de todas las instituciones gubernamentales, una nueva junta militar de 19 miembros y la prohibición de cualquier demostración callejera.
Descrito como uno de los exponentes de la línea dura, el nuevo primer ministro (el título lo recibió el miércoles pasado) no adoptó ninguna actitud conciliatoria. Las protestas que se levantaron en Rangún fueron reprimidas a bala con lo cual, a mediados de la semana, se había logrado "pacificar" la capital. En total, los comunicados oficiales hablaban de 150 muertos, mientras que las estimaciones de diplomáticos occidentales triplicaban esa cifra. Peor aun, en los días siguientes se comenzaron labores de "limpieza" que incluyeron la búsqueda casa por casa de líderes estudiantiles y de algunos militares rebeldes.
Una vez afirmado en su puesto Saw Maung anunció que había que hacer andar de nuevo al país. Diversos huelguistas recibieron ultimátums para reintegrarse a sus trabajos y algunos productos volvieron a aparecer en las tiendas.
Toda esa represión, claro está, no asegura el triunfo de los militares. La dureza de los manifestantes hace pensar que éstos no se sienten vencidos. Así mismo, 106 líderes más importantes de la oposición (un par de militares disidentes, el primer ministro derrocado en 1962 y la hija del héroe de la independencia) no han sido molestados y mantienen su popularidad intacta.
Tales factores hacen pensar a los observadores que, eventualmente, los birmanos podrían salirse con la suya y volver a un sistema político abierto y multipartidista. Sin embargo, habrá que esperar que los militares sepan retirarse, al igual que confiar en que las potencias regionales -India, China y Japón- le ayuden a Birmania a encontrar su camino, para que este sitio escogido por los espíritus comience a vivir por fin su destino divino.

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