Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1992/08/31 00:00

INFIERNO EN LA TIERRA

Disputa en el interior de la ONU por la escasa prioridad otorgada a Somalia, que sufre una guerra peor que la de Yugoslavia.

INFIERNO EN LA TIERRA


LA GUERRA TRIBAL EN SOmalia ha destruído todo el tejido de esa sociedad. El país carece de servicios elementales como agua potable o electricidad, no hay ejército ni policía, ni autoridad administrativa alguna a ningún nivel. La gente que no ha sido víctima de las balas muere de hambre mientras espera un plato de sopa en las cocinas comunales de la Cruz Roja.
Lo que se vive en el país del Cuerno de Africa es una pesadilla ante la cual la tragedia de Yugoslavia, con todo y su patetismo, parece un pálido reflejo.
Desde semanas atrás, el secretario general de Naciones Unidas, el egipcio Boutros Boutros-Ghali, había advertido en Londres sobre la necesidad de que la máxima organización mundial tomara una acción decidida en Somalia, pero advirtió que sólo mediante la presión del Consejo de Seguridad se podría convencer a los combatientes de que aceptaran la intervención.
Boutros-Ghali puso el dedo en la llaga cuando dijo que los estados miembros "están más interesados en lo que ocurre en Yugoslavia, y sin el apoyo de la opinión pública internacional nada puede hacerse".
Esas palabras fueron la antesala de lo que parece ser una fuerte disputa en el seno del Consejo de Seguridad. El asunto se planteó cuando el enviado de la Comunidad Europea, Lord Carrington, disenó un plan de paz para terminar la guerra civil en Bosnia-Herzegovina que fue aprobado por el Consejo de Seguridad a instancias del representante brit¦nico Sir David Hannay, sin que, como ordena el protocolo, se le consultara previamente a Boutros-Ghali.
Evidentemente molesto, el secretario general se opuso al plan, señalando que es demasiado costoso y mal organizado, y que no se puede justificar la atención desproporcionada hacia la tragedia yugoslava, a la que llamó "la guerra de los ricos", mientras los esfuerzos de paz en Somalia son ignorados.
La tragedia de Somalia tuvo su origen en enero de 1991, cuando fue depuesto el general Mohammed Siad Barre, en el poder durante 22 años, tras una lucha de un mes librada por el partido "Congreso Unido Somalí". Desde ese momento Mogadiscio, que alguna vez fuera una floreciente capital, se convirtió en tierra de nadie. En noviembre 17, la anarquía plagada de saqueos, asaltos a residencias y violaciones, dió paso a la guerra entre dos facciones del partido triunfador, una dirigida por el proclamado presidente Ali Mahdi Mohammed y otra por el general Mohammed Farrah Aideed.
A no ser por el nombre de los clanes a que pertenecen, las dos facciones carecen de diferencias culturales, religiosas (ambos son musulmanes sunitas) o ideológicas. De lado y lado, partidas de jóvenes campesinos, atraídos por la oferta de comida, armas y kat, una forma de alucinógeno masticable, atraviesan el país matando a cualquiera que se le cruce en el camino. El país está repleto de armas de todo tipo, porque durante la guerra fría las potencias se disputaron ese territorio por su importancia estratégica. La artillería carece de objetivo preciso, las andanadas se lanzan en cualquier direccion, con el único propósito de sembrar la muerte en áreas percibidas como contrarias.
Desde noviembre la Cruz Roja Internacional previno que si esa situación persistía, antes de seis meses se presentaría una hambruna de grandes proporciones y eso es lo que está ocurriendo. El hambre no es desconocida para esa región semidesértica, habitada por nómadas que dependen de sus vacas, cabras y camellos para subsistir. Pero nunca los somalíes habían tenido que soportar sequía, guerra y hambre al mismo tiempo. Las pandillas destruyeron la gran mayoría de los pozos de agua, con lo que condenaron a muerte a la mayor parte del hato ganadero del país: 200 mil reses fueron enterradas en mayo.
Para empeorar las cosas, aunque ya llegaron las lluvias, si bien tardíamente, la tierra cultivable alrededor de la ciudad de Baidoa no pudo dar su tradicional cosecha de sorgo este año. La razón es que los cultivadores están convertidos en refugiados, o muertos.
Los refugiados suman 300 mil en Kenya, pero se estima que entre dos y tres millones de somalíes (la mitad de la población) ha sido desplazada y enfrenta el hambre. La Cruz Roja tiene desplegada allí la operación de salvamento más grande de su historia. Pero según el director general de esa organización, Peter Fuchs, Somalia podría sufrir la muerte de más de un millón de personas.
De ahí el furor de Boutros-Ghali, quién está empeñado, según algunos analistas, en dar un viraje a las prioridades de la ONU y en especial en prestar mayor atención a su continente africano. Pero la organización mundial, libre de las tensiones este-oste, ahora parece depender no sólo de las decisiones políticas sobre dónde o no actuar, sino de la disposición, de los miembros para hacerse cargo de su parte de los costos.

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