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| 12/21/2013 4:00:00 AM

Francia toma las banderas africanas

La intervención en la República Centroafricana se suma a numerosas aventuras bélicas en el continente.

El presidente François Hollande dijo hace poco, antes de intervenir en República Centroafricana, que Francia sería recibida como libertadora. Basaba su afirmación en el resultado de la operación militar en Malí a comienzos del año, que elevó al mandatario a la categoría de ídolo en ese país.

Durante su visita en septiembre a Bamako, la capital, fue vitoreado como un salvador, como nunca lo harían en su tierra, donde tiene el deshonor de ser el gobernante más impopular de la Quinta República. En las calles, algunos comerciantes vendían incluso camisetas y cajas de té con su rostro a malienses agradecidos con Francia por salvarlos de la amenaza islamista.

Pero no es igual de claro el objetivo de Hollande al enviar a 1.200 soldados a República Centroafricana y reforzar así los 410 presentes desde 2002. A diferencia de Malí, la inestabilidad de ese país no tiene una relación directa con grupos islamistas. 

Se trata de un Estado en una crisis política perpetua que, sumada a un conflicto religioso violento, ha producido un baño de sangre: la semana pasada se contaron al menos 400 muertos. Francia tendría como misión evitar lo que el Departamento de Estado de Washington califica de situación “pregenocidiaria”, esto es, que se convierta en un nuevo Ruanda.

En República Centroafricana la situación es compleja: la alianza de varios grupos de rebeldes llamada Séléka (“coalición” en sango, idioma oficial junto con el francés) encabezó un golpe de Estado en marzo de este año contra François Bozizé, que ya había hecho su propio golpe en 2002. 

Lo reemplazó Michel Djotodia, quien prometió gobernar durante un periodo de transición de tres años. Sin embargo, el nuevo mandatario, como su predecesor, ha sido incapaz de extender su poder en todo el territorio. La Séléka, la misma que lo entronizó, se dividió en diferentes facciones armadas que hoy cometen masacres, robos y quemas de pueblos enteros.

Detrás de este conflicto nebuloso se han cristalizado además las fuertes divisiones religiosas del país: la mayoría de los miembros de la Séléka son musulmanes, mientras que el 80 por ciento de la población es cristiana. Como represalia por los ataques de aquella, grupos de autodefensa, los Antibalaka (es decir Antimachete, en idioma sango) atacan a las poblaciones musulmanas.

¿Francia dueña de África?
Sin duda alguna Francia desea posicionarse como una potencia que interviene en los conflictos para salvar vidas y defender la democracia. Fue, por ejemplo, la única nación europea que afirmó que acompañaría a Estados Unidos en una operación en Siria para detener los ataques químicos de Bashar Al-Assad. 

Recientemente, los habitantes de Costa de Marfil, Libia y Malí han visto la bandera bleu-blanc-rouge ondear en los blindados del Ejército que recorren los caminos de sus países, como en los tiempos del imperio colonial galo. En los últimos 50 años se cuentan unas 50 operaciones militares francesas en África.

Pero por eso mismo, cuando Hollande dice que sus hombres serán recibidos como liberadores, parece olvidar que la relación entre Francia y África está marcada por el apoyo a seudodemocracias, los intereses económicos y las cicatrices de décadas de dominación, todo desde la independencia de las colonias, a mediados del siglo XX. 

Es lo que se conoce como la Françafrique. Para algunos, la actitud de la nación europea corresponde a una política de neoinvasión. “Esas intervenciones nos llevan a una especie de recolonización acelerada que, por sus formas y su dinámica, diferencia a nuestro país de otras potencias en África”, señala en una columna de Le Monde el politólogo Michel Galy.

En efecto, Francia es el único país de Europa que tiene numerosas bases en África. Y en ese punto radica en parte las acusaciones de neocolonialismo: Hollande se posiciona como el único salvador del continente y sale como un soldado solitario a llevar a cabo hazañas bélicas con un apoyo tímido de la comunidad internacional. 

El riesgo es, como lo afirmó el exprimer ministro Dominique de Villepin, que Francia sustituya al Estado inexistente en África y se produzca una “recolonización condescendiente”. Una verdadera coalición legitimaría las acciones nobles esgrimidas por la potencia.

Pero para otros, la crítica de neocolonialismo resulta simplista: “Apenas los franceses actúan ese tipo de acusaciones aparece cual reflejo de Pavlov. En República Centroafricana hay un centenar de franceses que, en su mayoría, tiene la doble nacionalidad. Eso muestra que no hay intereses importantes”, dijo a SEMANA Roland Marchal, politólogo del prestigioso Instituto de Estudios Políticos de París.

¿La intervención de Francia podría ser entonces solo para salvar vidas, como afirma Hollande? Incluso si se trata de garantizar la estabilidad en República Centroafricana, la operación resulta positiva para París. Gracias a ella refuerza su posición internacional y protege las reservas petroleras y gasíferas, y el uranio, el oro y los diamantes en el continente. 

Además, a Francia no le conviene que el caos se implante en un territorio que es tradicionalmente el escenario de desarrollo de grupos terroristas antioccidentales. Finalmente, el conflicto le ofrece a Hollande la ocasión de posar como un presidente guerrero y determinado, una imagen opuesta a la doméstica del flojo y tibio presidente que no marca en las encuestas. De hecho, su papel como jefe de armas en África es lo único que ha logrado impulsarlo un poco en las encuestas en su país.

Neocolonialista o no, no cabe duda de que la visión de Francia parece miope. En la mente de los franceses está el discurso en 2007 del presidente Nicolas Sarkozy, quien afirmó en Dakar que “el hombre africano no ha entrado suficientemente en la historia”, es decir, que no se ha podido adaptar a las evoluciones del mundo y a la idea de progreso. 

Esa frase muestra el análisis limitado que las elites francesas hacen del continente y la ausencia de una política africana. Como lo señala Marchal, Francia no parece preparada para acompañar e impulsar el crecimiento de una zona que algún día será parte del motor de la economía del mundo.

Hoy, París afirma que la operación en República Centroafricana durará entre seis meses y un año. Se podrán, efectivamente, salvar muchas vidas en ese tiempo, pero es iluso pensar que en algunas semanas es posible reconstruir un país pobre sin Estado y con un conflicto religioso agudo. Los expertos señalan que el compromiso de Francia no debe reflejarse en intervenciones militares efímeras, sino en la construcción de una cooperación justa y una ayuda al desarrollo y a la estabilidad democrática a través de un apoyo a organizaciones regionales.

Sin una política clara hacia el continente, la nación europea no dejará a los africanos forjar su propio destino y construir su propia democracia y parecerá, a los ojos de los más fatalistas y como en la trágica historia colonial, la triste caricatura del hombre blanco que guía al hombre negro.
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