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| 1/14/2012 12:00:00 AM

Irán en su laberinto

Atentados, espionaje, amenazas económicas y maniobras militares tienen a Estados Unidos, Israel e Irán en una guerra de nervios que parece deslizarse cada vez más hacia un conflicto abierto.

La explosión matinal despertó a todo el vecindario de Seyed Khandan, en el norte de Teherán. A las ocho y media de la mañana del miércoles, los curiosos que se asomaron a la calle Shahid Golnabi se encontraron con un Peugeot 405 destrozado, en el que yacían muertos el ingeniero nuclear Mostafa Ahmadi Roshan y su chofer. Unos minutos antes, en medio de la congestión de la capital de Irán, el acompañante de un motociclista había adherido en la puerta trasera la bomba que consumó el asesinato.

El crimen, duramente condenado por Washington, y atribuido por algunos a Israel, se convirtió en el episodio más reciente de las tensiones cada vez más sofocantes por cuenta del programa nuclear iraní. Mientras Teherán sostiene que su propósito es producir energía, sus adversarios, principalmente Israel y Estados Unidos, piensan que la falta de transparencia al respecto demuestra que la verdadera intención es desarrollar bombas atómicas. Lo peor es que, a medida que pasa el tiempo, aquellos se convencen más de sus sospechas y crece la tentación de aplicar cualquier estrategia, incluso ilegal, para detener el programa.

A la ‘espionitis’ aguda, las amenazas, las escaladas retóricas, las sanciones económicas, se añaden ahora aparatosos movimientos militares. Hoy muchos se preguntan si esta insoportable guerra de nervios se deslizará irremediablemente hacia un conflicto abierto.

Desde hace unos meses los golpes se han hecho más frecuentes. Si bien el programa nuclear iraní ya había sido atacado en 2010 por el misterioso virus informático Stuxnet y Teherán ya había denunciado varias veces que la CIA y sus colegas israelíes del Mossad estaban detrás del asesinato de cuatro científicos nucleares en los últimos dos años, es evidente que ahora los ataques son cada vez más certeros, frecuentes e incendiarios.

A principios de octubre, el departamento de Justicia desmanteló un extraño complot contra el embajador de Arabia Saudita en Washington. Según la investigación, Mansour Arbabsiar, un iraní que vivía en Texas, contactó al cartel mexicano de Los Zetas para planear el asesinato. La DEA, gracias a un agente encubierto, logró detener la operación.

Aunque la intriga es más propia de un espía aficionado que de los servicios secretos iraníes, el presidente Barack Obama tomó retaliaciones drásticas. El 31 de diciembre aprobó una ley que prohíbe al sistema financiero estadounidense prestar servicios a cualquier empresa que haga negocios con Irán. Esa condena de muerte comercial se sumó a cuatro rondas de sanciones de la ONU contra Irán, que prohíben transferirle tecnología nuclear y balística, restringen los movimientos de funcionarios y congelan los activos de empresas gubernamentales.

En noviembre una misteriosa explosión en una base de la Guardia Revolucionaria iraní mató a 16 personas, entre ellas el general Hassan Moqaddam, el padrino del programa atómico. En diciembre, un drone RQ-170 Sentinel, un avión estadounidense tripulado a control remoto, se estrelló en el norte del país. Y hace pocas semanas, Occidente apretó un poco más la extenuada economía iraní, al amenazar con un embargo total de la producción petrolera iraní, que representa el 80 por ciento de sus exportaciones.

Presionado por la población, aislado diplomáticamente y frente a una crisis económica preocupante, el gobierno del presidente Mahmud Ahmadineyad reaccionó en el estrecho de Ormuz, la salida del golfo Pérsico, que no tiene más de 50 kilómetros de ancho y por el que transita el 40 por ciento del petróleo mundial. En ese lugar, Irán mostró su músculo con ejercicios navales en los que lanzó misiles e hizo maniobras aéreas. Amenazó con bloquear el paso si Occidente insistía en embargar su petróleo y desafió a Washington, al prohibir que el portaviones USS Carl Vinson cruzara el estrecho.

Es claro que Teherán, que anunció nuevas operaciones entre el 21 de enero y el 19 de febrero, tiene la capacidad militar de obstruir el tráfico, aunque momentáneamente. Si bien muchos dudan de que Ahmadineyad llegue a ese extremo, esa decisión sería un casus belli para Estados Unidos, pues Obama afirmó que no lo toleraría por lo que movilizó otro portaviones hacia el golfo Pérsico y envió 8.000 pilotos y técnicos aéreos a Israel a entrenamientos conjuntos, “que se parecen cada vez más a un despliegue”, según un general estadounidense.

Irán le apunta a una guerra asimétrica, una estrategia de ataque y repliegue, pues su armada resulta débil frente a la Quinta Flota estadounidense. Por eso los iraníes desarrollaron lanchas rápidas capaces de disparar misiles, una flotilla de microsubmarinos, ideales para minar a Ormuz, y cohetes antibuques, lanzados desde camiones. Un arsenal móvil y barato, que puede, con la táctica de la avispa, fastidiar y abrumar los sofisticados sistemas de defensa estadounidenses. Sin embargo, como le dijo a SEMANA Michael Klare, profesor de Paz y Seguridad en el Hampshire College, “Irán solo podría ser una molestia, impedirían el tráfico de petróleo unos días, nunca semanas enteras”. Pero el estorbo, por pequeño que sea, tendría consecuencias serias sobre el precio del barril y la economía mundial. Un riesgo que muchos esperan evite una conflagración.

Entre tanto, el panorama sigue moviéndose en otros ámbitos. La semana pasada un tribunal revolucionario condenó a muerte a Amir Mirzai Hekmati, un exmarine norteamericano-iraní de 28 años que desarrollaba juegos de video de guerra para una compañía neoyorquina. Aunque muchos dudan de su culpabilidad, Teherán se hizo a una carta clave para negociar con Washington. Y Ahmadineyad estuvo en Venezuela, Nicaragua, Cuba y Ecuador, en un intento para mostrarle a su ‘Gran Satán’, en su patio trasero, que Irán no está tan aislado.

La situación interna iraní no inspira optimismo. Matthew Bunn, investigador de la Universidad de Harvard especializado en Irán, le explicó a SEMANA que “el riesgo es que el gobierno quiera minimizar los impactos económicos de las sanciones y la incertidumbre mostrándole al pueblo que protege con fuerza sus intereses”. El poder también está dividido entre el presidente Ahmadineyad y el ayatolá Alí Jameneí, guía supremo de Irán. Con elecciones parlamentarias en marzo y presidenciales en 2013, Klare cree que “las tensiones en la cúpula son peligrosas. Una de las facciones puede buscar fortalecerse, gracias a una guerra o creando una situación de inestabilidad y caos”.

Y, en Washington, la situación también encierra riesgos por dos razones. Una es la actitud del gobierno israelí, que ya ha demostrado su voluntad de actuar por su cuenta, como pareció quedar demostrado con el asesinato de la semana pasada. A estas alturas para nadie es un secreto que el primer ministro derechista Benjamín Netanyahu está dispuesto a todo para eliminar la amenaza iraní.

Y la otra es que, como dice Bunn, “el debate electoral se va a centrar en qué candidato puede ser más agresivo frente a Irán”. Obama se prepara para luchar por su relección, mientras su ejército abandonó Irak hace solo un mes y planea retirarse pronto de Afganistán y el Pentágono tiene recortes de más de 100.000 millones de dólares. Pero no puede mostrarse conciliador, por el riesgo de entregar banderas de triunfo a su contendor republicano.

Por ahora, como dijo Michael Klare, “todo es puramente político. Esperemos que entiendan que un enfrentamiento sería una catástrofe para cualquiera.” El problema es que en Estados Unidos y en Irán la guerra sucia ya empezó. Sus tropas están listas. Y una parte de sus pueblos pide sangre. Aunque es improbable, solo se puede insistir en negociar. Ya no queda mucho tiempo.
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