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| 7/19/2014 5:00:00 PM

Israel y Gaza, de mal en peor

El ataque terrestre en Gaza no garantiza la seguridad de Israel aunque destruya a Hamas: pone en peligro sus alianzas y podría causar una fuerte reacción terrorista.

El jueves en la noche, mientras el mundo observaba con horror la noticia del avión de Malaysia Airlines derribado en los cielos de Ucrania, en otro lugar del mundo comenzaba un drama de enormes proporciones. Unos 18.000 soldados israelíes, apoyados por tanques y vehículos de combate, hacían su entrada en Gaza, dispuestos a destruir de una vez por todas a la organización Hamas. Se confirmaban de ese modo las peores preocupaciones surgidas del conflicto que, desde hace tres semanas, enfrenta de nuevo a ese grupo con el Estado israelí.

Según el gobierno de Jerusalén, un incidente puntual desencadenó las acciones. Sus servicios de inteligencia detectaron a varios hombres que intentaban entrar al territorio de Israel por uno de las decenas de túneles que Hamas ha construido para burlar el bloqueo impuesto por aquel. Aunque los soldados judíos reaccionaron oportunamente y rechazaron la incursión, la oficina del primer ministro Benjamín Netanyahu anunció que tanto este como el ministro de Defensa habían dado la orden de atacar el territorio por tierra para destruir esa red de conductos subterráneos. Lo hicieron poco después de que ambas partes habían aceptado un alto al fuego propiciado por la ONU.

De ese modo se escalaba un conflicto que, como se recordará, comenzó en su nuevo capítulo cuando aparecieron muertos y con señales de tortura tres estudiantes israelíes secuestrados el 10 de junio. Aunque aún no se sabe con certeza quién cometió el crimen, Israel culpó a Hamas, arrestó a varios de sus miembros y comenzó a atacar sus bases en Gaza.

Entonces, cuando Hamas en respuesta había comenzado a disparar cohetes contra territorio de Israel, la tensión creció al máximo al ser asesinado un joven palestino, al parecer por extremistas israelíes. En una espiral incontenible de violencia, los militantes multiplicaron sus lanzamientos de cohetes, y la Fuerza Aérea de Israel sus ataques.

Al final de la semana, Netanyahu anunció que sus tropas irían más allá de la intención inicial, hasta destruir toda posibilidad de que Hamas siguiera atacando su territorio. “La operación, dijo, está dirigida a restaurar la tranquilidad y la seguridad de los israelíes por un largo tiempo, al dañar significativamente la infraestructura de Hamas y de otros grupos terroristas en la Franja de Gaza”. Pero con los soldados en el terreno el drama humano no hacía más que crecer. Varios niños que jugaban en una playa fueron alcanzados por el fuego israelí, los hospitales no daban abasto, y miles de familias, expulsadas de sus casas por el temor de ser blanco de los disparos, deambulaban sin saber dónde esconderse. El gobierno de Tel Aviv, entre tanto, afirmaba que la culpa era de Hamas, por esconder sus armas en medio de la población civil. Pero para los analistas internacionales no resultaba muy plausible pensar que esta sería la manera de buscar la tranquilidad a largo plazo para el pueblo de Israel.

Al comenzar la operación terrestre, las víctimas palestinas superaban 230, algunas de ellas niños, mientras solo un israelí había sido alcanzado por los cohetes palestinos, que cayeron en su inmensa mayoría en medio del campo. Aunque la relación numérica de las bajas no suele tener mucho significado, que esta llegue a 200 por uno parece salirse de toda proporción. De ese modo, aunque no es posible discutir la parte de responsabilidad de Hamas, la dimensión humana del conflicto amenaza con poner en entredicho el respaldo de la comunidad internacional. Precisamente el martes, el gobierno de Estados Unidos había reafirmado el derecho de Israel para defenderse, pero hizo especial énfasis en que este “hiciera todos los esfuerzos posibles por evitar la muerte de civiles”. La mortandad desatada en Gaza, por otra parte, hará muy difícil que los gobiernos árabes que mantienen relaciones con Tel Aviv, como Jordania, sigan sosteniéndolas ante sus propias poblaciones, seguramente cada vez más indignadas.

Eso resulta particularmente inquietante en un momento como el actual, en el que Israel venía disfrutando de una situación bastante favorable. Los ataques terroristas desde Gaza habían casi desaparecido, sus enemigos islamistas al norte están en guerra unos con otros, Irán parece haber suspendido al menos su programa nuclear bajo la presión internacional y Egipto, firmemente bajo el control del régimen militar, dejó atrás el enorme riesgo de un gobierno de los Hermanos Musulmanes, cercanos aliados, precisamente, de Hamas.

Lo que es seguro es que el gobierno de Netanyahu llegará hasta donde quiera en su esfuerzo militar contra Hamas, y que las estructuras de esta organización quedarán gravemente afectadas, si no destruidas del todo. Pero eso no asegura que el objetivo inicial se haya conseguido. Israel solo tendría dos opciones: permanecer en el territorio y asumir el enorme costo de sostener a una población enfurecida y humillada que además podría atentar contra sus soldados en cualquier momento; o regresar a Israel, en espera de que, más tarde que temprano surja un nuevo movimiento aún más radicalizado. Al respecto, la doctora Aitemad Muhanna Matar, del Middle East Centre de la London School of Economics dijo a SEMANA: “Muchos palestinos vulnerables, en especial los más jóvenes, probablemente pensarán en acciones extremistas como único medio de resistencia”. Y para el doctor Eitan Shamir, investigador del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad Bar Ilan, mientras no se revise a fondo la situación política, “es probable que la relación entre israelíes y palestinos sigan siendo las mismas”.  

Hamas y Al Fatah: una unión frustrada

La franja de Gaza es uno de los dos territorios palestinos: el otro es Cisjordania. Esta se encuentra bajo el gobierno de la Autoridad Nacional Palestina, un ente reconocido internacionalmente y controlado por Fatah, una vieja organización que se ha moderado en los últimos años y reconoce el derecho de Israel a existir. Gaza, en cambio, es controlada por Hamas, un grupo islamista fundado en 1987 que rechaza de plano al Estado judío. En los últimos meses el presidente de la ANP, Mahmoud Abbas, había llegado a un acuerdo con Hamas para gobernar conjuntamente, lo que hizo que algunos observadores pensaran que podría haber mejores posibilidades de dialogar con Israel. Pero lejos de ello, Netanyahu cerró toda posibilidad de diálogo, ante la posibilidad de que Hamas se aprovechara y tomara ventaja de la situación. Hoy las posibilidades de un acuerdo parecen más lejanas que nunca y el propio Abbas tendrá dificultades para sostener su posición conciliadora con Israel.
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