Jueves, 19 de enero de 2017

| 2004/03/28 00:00

Jamal, el tangerino

La historia del mayor sospechoso de los atentados de Madrid es la típica de los musulmanes que buscaron mejor vida en Europa pero terminaron odiándola a muerte.

La comunidad de Lavapiés también se manifiesta contra el terrorismo.

La vida de Jamal Zougam, el principal acusado de los atentados de Madrid, traza la línea continua del radicalismo islámico entre África y Europa. Jamal, de 30 años, nació en Tánger, puerto marroquí donde todos los jóvenes quieren cruzar, como sea los 14 kilómetros del estrecho de Gibraltar. Llegó al madrileño barrio de Lavapiés a los 12 años con su madre divorciada y dos hermanos. Comenzaba la invasión de inmigrantes musulmanes al sector en el que nació la capital española.

Desde entonces, Lavapiés es un pequeño Tánger donde se habla árabe en los comercios y donde se observa el Ramadán. En este ambiente, Jamal conoció a Abderrahim Zbakn, 'el Químico', acusado de preparar los morrales bomba para los atentados de Madrid. Según dijeron a SEMANA fuentes de la Policía española, allí los dos jóvenes fueron reclutados por facciones integristas pocos años antes de los ataques de las Torres Gemelas.

El nombre de Jamal Zougam está vinculado a los atentados de Estados Unidos en 2001, los de Casablanca (Marruecos) en 2003 y los del 11 de marzo en Madrid. El juez Baltasar Garzón lo tuvo detenido a finales de 2001 por los ataques a Estados Unidos, pero lo dejó libre por falta de pruebas. Hoy las autoridades afirman que Jamal dio cobijo a Mohamed Atta, uno de los pilotos suicidas de las Torres, y mantenía amistad con líderes radicales de Tánger, como Mohamed Fizazi, condenado a 30 años de prisión en Marruecos por los atentados de Casablanca. "Jamal el de Tánger" apareció en la agenda telefónica del sirio Abu Dahdah, encarcelado en Madrid como líder de Al Qaeda en España, y el propio Dahdah admitió que "le conocía como cliente de sus tiendas de Lavapiés. Le compraba lotes de tarjetas para mis teléfonos. Me movía mucho por ese barrio porque es un lugar obligado para comerciantes como yo, y su tienda de celulares era famosa".

Lavapiés y Tánger encajan en la expansión del radicalismo islámico, como el pequeño trozo de carcasa plástica hallado en el negocio de Jamal encajó en el celular descubierto en la mochila bomba que no explotó en Atocha. El barrio más antiguo de Madrid, ahora musulmán, y el puerto marroquí comparten su odio contra España. "Es un odio muy antiguo que se nutre de los ocho siglos en que los árabes dominaron la península Ibérica, que creció con las constantes ocupaciones españolas del suelo marroquí, que se agudizó con el conflicto de la isla Perejil y que se alimenta del desprecio y la marginación que reciben los inmigrantes magrebíes en España", comentó a SEMANA el analista marroquí Ali Lmrabet.

A diferencia de Francia o Alemania, que han sido más abiertos, España exige a los marroquíes un mínimo 10 años de residencia legal para otorgarles la nacionalidad, mientras los latinoamericanos sólo deben cumplir dos años. Los resentimientos y los odios mutuos son antiguos. "Nosotros preferimos inmigrantes de América Latina que tienen nuestro mismo idioma y religión, que a los moros que siempre terminan formando guetos, jamás se integran y son como enemigos ocultos que pueden saltar en cualquier momento", dice el policía Sergio Ruiz, que conoce Lavapiés como la palma de su mano.

El cambio que experimentó Jamal cuando ya hacía parte del islamismo radical, es casi idéntico al de Mohamed Atta. Ambos eran jóvenes simpáticos y prósperos que de repente se transformaron en personas adustas, que leían el Corán y oraban más de lo normal. Con este silencio contestó Jamal a los interrogatorios de la Policía, que apenas pudo arrebatarle una frase: "Sólo tengo que responder ante Alá".

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.