Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/08/13 00:00

El emperador de Japón está cansado

Detrás de la intención de Akihito de dejar el trono del crisantemo, está una dura lucha de poder contra los designios de Shinzo Abe de regresar a las épocas de un Japón agresivo.

El emperador Akihito planea cederle el puesto a su hijo mayor, Naruhito, para que continúe su ideología de unión y pacifismo. El primer ministro, Shinzo Abe, no ve con buenos ojos esa decisión.

Es casi proverbial: no siempre abdicar significa una derrota política. Algo muy apropiado para el emperador de Japón, Akihito, quien a sus 83 años quiere dejar su cargo real y, al hacerlo, asegurar su legado. “Tengo más de 80 años y, afortunadamente, buena salud. Sin embargo, cuando considero que mi condición declina gradualmente, me preocupa que se vuelva difícil para mí continuar mis deberes como símbolo del Estado”, dijo el emperador, en una infrecuente alocución pregrabada del 8 de agosto en la que insinuó su voluntad de abdicar, con la sutileza que caracteriza al país del sol naciente. Un solo gesto de autosacrificio que puede significar el gesto político más relevante del monarca japonés.

Por ley, el emperador de Japón no puede meterse en asuntos políticos, pero es difícil que las palabras del personaje más relevante del país no hagan eco en las altas esferas del poder. Consciente de ello, Akihito dio un discurso en apariencia apolítico, pero lleno de insinuaciones. De hecho, esbozó motivos personales por su salud. Sin embargo, “como su deseo de abdicar requiere cambios en la Ley de Sucesión Imperial, se ha convertido en un asunto político. De hecho, la abdicación suscitó una firme oposición de la facción conservadora, aunque son la minoría. La mayoría del público japonés está de acuerdo con los deseos del emperador”, dijo a SEMANA Shihoko Goto, investigadora del Wilson Center. Con esto, el gobierno encabezado por el primer ministro, Shinzo Abe, estaría presionado para pasar una reforma legal que permita la abdicación de Akihito.

Para muchos, el anuncio del retiro imperial podría ser un golpe directo contra Abe. Emperador y primer ministro divergen en sus posturas políticas. Akihito es el máximo representante de la Constitución de 1946 en la que Japón renunció a su derecho de declarar la guerra a cualquier país. Por su parte, el Partido Liberal Democrático (PLD), de tendencia conservadora y liderado por Abe, quiere reformar la actual Constitución pacifista para adoptar una muy similar a la que regía antes de la guerra, que permitió al país su trágica aventura imperialista de los años treinta y cuarenta. Y como desde el 10 de julio el PLD tiene la mayoría en el Legislativo, tendría el camino abierto para la reforma.

Por eso se dice que no es un accidente que el discurso de Akihito se refiriera siete veces a la Carta Política y a su importancia para la nación. Akihito ha mostrado un altísimo interés por mantener la tradición pacifista del Japón de la posguerra. No en vano, la era que marca su reinado se llama Hensei, que significa ‘Paz en todos lados’.

Para Hideya Kawanishi, profesor asociado del Kobe College y experto en el sistema imperial de Japón, el anuncio del emperador podría ser un intento de “frenar la reforma de Abe”. Como dijo a SEMANA, el rol del emperador es ser un “parámetro moral para los japoneses e, incluso después de su abdicación, Akihito seguiría siendo esa guía”. En este momento no puede pronunciarse en temas políticos por ser emperador, pero eso podría cambiar con la abdicación.

Por otro lado, el anuncio imperial podría revivir la posibilidad de que una mujer ascienda al trono del crisantemo. En 2001, cuando nació la hija de Naruhito, el primogénito de Akihito y próximo emperador, se habló mucho de la posibilidad de permitir mujeres en el trono. Pero el debate se descartó en 2006 cuando el hermano de Naruhito tuvo a un hijo varón, el primero en nacer en más de 40 años en la familia. El tema, sin embargo, sigue siendo de vital cuidado en la casa real japonesa, escasa de hombres. De hecho, Akihito mencionó en su discurso que la familia imperial que lo sucederá es una constante preocupación suya.

Ahora le toca a Abe priorizar los deseos de este. Ya dijo que debía “pensar seriamente en los deberes públicos y las preocupaciones del emperador”, cuidándose también de no usar la palabra abdicación. Seguramente pensará que la sucesión tendrá más implicaciones que el cambio de representante simbólico del país. El discurso del emperador así lo insinuó. Y aunque no ha dicho mayor cosa, Akihito dejó claras sus intenciones de pasar su legado. Seguramente, aún si abdica, seguirá hablando en pro del Japón pacífico, ya sin la carga de ser símbolo del Estado. Saber cuándo hablar es la flor de la sabiduría, dice el adagio japonés.

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