Sábado, 30 de agosto de 2014

JAQUE A CARRILLO

| 1982/07/26 00:00

JAQUE A CARRILLO

El coletazo electoral de Andalucía hace temblar al secretario interno del PCE.

Estos no son buenos días para el Partido Comunista Español. La espoleta retardada que les dejara el fracaso electoral en los recientes comicios andaluces (ver SEMANA, del 1 al 7 de junio), estalló al fin en medio del grupo dirigente. Primero entre las manos del Comité Ejecutivo para luego explotar en pleno rostro del Comité Central.
Dos dimisiones importantes, la de Nicolás Sartorius, vice-secretario general del partido, y la de Marcelino Camacho, secretario general de Comisiones Obreras, más la confirmación en su puesto de secretario general de Santiago Carrillo -quien también presentó la dimisión- fueron los resultados finales del cónclave comunista.
Tal resultado tiene todos los visos de lo provisional. Nadie cree que haya quedado zanjada la brecha entre Carrillo y Camacho, máximo dirigente sindical del PCE. Todo hace pensar que un nuevo frente de disensiones va abrirse entre los comunistas.
En la base de todo el descontento aparecía, como les gusta definirlo a los comunistas, un fracaso estratégico (el eurocomunismo no había logrado, en dos elecciones, arrebatarle votos a los socialistas) y un fracaso táctico: la dirección del PCE aplicaba métodos autoritarios hacia dentro y se desconectaba de la realidad, hacia fuera.
La derrota en Andalucía, donde perdieron más de 150.000 votos, llevó a los dos dirigentes ahora dimitidos a la conclusión de que el partido practicaba una política equivocada. Era preciso, a su juicio, dar un golpe de timón antes de que los próximos resultados electorales redujeran a la mitad las fuerzas del PCE.
La conclusión para Camacho fue clara: Carrillo debía abandonar la Secretaría General. Así, pronunció las palabras tabú al proponer que Santiago Carrillo ocupara la presidencia y que Nicolás Sartorius se hiciera cargo de la Secretaría General. "Es hora -dijo Camacho a "Cambio 16"- de que dentro del partido se haga normal el que pueda modificarse la cabeza aunque lleve 20 años, sin que nadie vea en quien lo pide un delito de esa patria. Si por ello se arma un alboroto es porque sigue siendo raro expresarse con entera libertad".
A Carrillo, tras escuchar la crítica de Sartorius en el Comité Ejecutivo, no le quedaron más que dos salidas: reconocer sus errores aceptando las propuestas de su vice-secretario, o huir hacia adelante. Optó por la segunda solución.
Con tonos dramáticos magnificó el problema y presentó su dimisión porque Camacho y Sartorius -dijo- , habían colmado el vaso. Con esa bomba encima de la mesa, el Comité Ejecutivo se echó a temblar, en medio de miradas de odio dirigidas a los dos responsables del sufrimiento de Carrillo. Sartorius intenta entonces recomponer la situación y dice que está dispuesto a no exponer ante el Comité Central su intervención. Posteriormente, con Sole Tura, piden a Marcelino Camacho, y este acepta, que no plantee tampoco ante el Central su petición de sustituir a Carrillo al frente de la Secretaría.
Pero los carrillistas se niegan. Gómez Iglesia y Ballesteros, dicen que no, que no se retire nada y que los dos responsables enfrenten las consecuencias. Facilitaban de este modo el camino a su jefe. Si Carrillo acudía, como así fue, a la reunión del Comité Central en calidad de "dimitido", no tendría por que presentar un informe sobre el fracaso electoral, y así no se vería sometido a la crítica por lo sucedido en Andalucía.
A Sartorius no le quedó, entonces, otra alternativa que presentar a su vez la dimisión, aunque con el adjetivo añadido de "irrevocable". Así terminó la reunión.
Pero Sartorius ya estaba marcado por el dedo poderoso. A los miembros del Comité Central, Carrillo los había puesto a elegir entre él o Sartorius. Desde ese momento el vice-secretario tenía perdida la partida. El delfín pretendió dar un jaque a Carrillo y éste -"el viejo zorro", como él mismo se definió- le contestó con un mate.
¿Ha salido vencedor Carrillo? Varios datos apuntan a dudar de una contestación positiva. Para un sector de la opinión pública que refleja la prensa, la dimisión inmediata del secretario general y su inmediata vuelta al cargo a petición del Comité Central, fue un farol demasiado burdo. En segundo lugar, la actitud de algunos dirigentes regionales del PCE, y de personas de prestigio en esa organización, negándose a votar en favor de Carrillo, ha sido una sorpresa que no esperaban los oficialistas, a la vez que una nueva resquebrajadura interna. En tercer lugar, resulta más que probable pensar que Carrillo no esperaba la dimisión en firme de Sartorius.

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