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| 6/24/2017 10:15:00 PM

De locos, desadaptados y terroristas

El ataque de un británico contra musulmanes que salían de una mezquita en Londres revivió la polémica sobre el tratamiento que reciben los autores de grandes masacres. Los medios occidentales tienen la palabra.

“Estamos sumamente decepcionados con que la mayoría de los grandes medios no hayan reportado estos hechos como un ataque terrorista”. Con esas palabras, el imán de la mezquita Finsbury Park, Mohammed Mahmoud, puso el lunes en la mañana el dedo en la llaga. Pocas horas antes, un hombre de 47 años llamado Darren Osborne había matado con su camioneta a una persona y dejado heridas a otras 11, frente a ese templo de los suburbios de Londres. Hay varias razones por las que la indignación de este líder religioso no cayó en saco roto.

En primer lugar, los hechos no dejan dudas. Los testigos dieron fe de que Osborne aceleró al acercarse a un grupo de creyentes congregados frente al templo y poco después de atropellarlos gritó: “Quiero matar a todos los musulmanes”. En segundo lugar, el ataque sucedió en un momento en el que una oleada de islamofobia recorre a Reino Unido. Según la ONG Tell Mama, tras la bomba de Mánchester y de las masacres de Westminster y del London Bridge, las agresiones contra los miembros de esta comunidad se multiplicaron hasta por cinco. Y en tercer lugar, los musulmanes británicos sienten que se les están aplicando un doble rasero, pues como dijo el propio Mahmoud “cuando los atacantes son musulmanes que actúan a nombre del islam, los medios no dudan en hablar de terrorismo”.

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El problema no es nuevo ni se limita a Reino Unido y a Europa. Como dijo a SEMANA Raymond Michalowski, profesor de Criminología y de Justicia Criminal de la Universidad de Arizona, “cuando un extremista blanco mata musulmanes o negros en Estados Unidos, la Policía y la prensa suelen usar términos como ‘perturbado mental’, ‘crimen de odio’ o incluso ‘tiroteo’, que es completamente neutro. Pero cuando el victimario es un musulmán y las víctimas no, la primera hipótesis es que se trata de un acto terrorista”.

Dylann Roof, un joven blanco que mató a nueve personas en una iglesia de Charleston, ilustra el caso. Aunque confesó que quería desencadenar una guerra racial y escribió un largo manifiesto para justificar la supremacía blanca, muchos medios se negaron a calificarlo de terrorista. Y el segundo escenario corresponde a matanzas como la de la discoteca Pulse de Orlando, donde un atacante con una compleja serie de motivaciones fue rápidamente etiquetado como terrorista islámico porque a última hora le juró lealtad a Isis.

¿Por qué ciertas agresiones reciben el tratamiento de simples ‘crímenes de odio’ y otras de ‘terrorismo’? Aunque se trata de conceptos técnicos y en el ámbito académico hay buenas razones para usar uno en vez de otro, lo cierto es que palabras como ‘terror’ o ‘terrorismo’ tienen una carga emocional de las que carecen ‘crimen de odio’ o ‘tiroteo’. Como dijo a esta revista Richard Jackson, autor de The Routledge Handbook of Critical Terrorism Studies, “‘Terrorismo’ es un término inherentemente politizado que siempre ha sido utilizado de manera ideológica. Y eso no es nuevo, pues históricamente se le ha aplicado a grupos o actores que son vistos como una amenaza o un enemigo, pero no a otros grupos incluso cuando cometen los mismos actos”.

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Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, los aliados llamaron “bombardeos terroristas” a los ataques aéreos de los alemanes, pero nunca utilizaron ese término para referirse a las masacres que ellos cometieron en Dresde, Hiroshima o Nagasaki. Del mismo modo, durante la Guerra Fría a las guerrillas socialistas se las llamó con frecuencia terroristas, mientras que a los movimientos de extrema derecha como la Contra nicaragüense o la Unita angoleña se los trataba de “combatientes de la libertad”. A su vez, durante la guerra de Afganistán de los años ochenta, Ronald Reagan usó la misma expresión para referirse a los islamistas que le ayudaron a derrotar a la Unión Soviética. Sin embargo, cuando estos se convirtieron en Al Qaeda y comenzaron a atentar contra objetivos estadounidenses, Washington no dudó en llamarlos terroristas.

Ese cambio de vocabulario marcó un profundo quiebre en la historia reciente. En buena medida, los atentados del 11 de Septiembre determinaron el significado que la gran mayoría de las personas le atribuye a la palabra ‘terrorismo’, y también la respuesta política que estos generaron. Pues tras esos ataques, ‘terrorismo’ sustituyó a ‘comunismo’ como la mayor amenaza que tienen que enfrentar la democracia y el estilo de vida occidental. Y eso tuvo varios efectos.

En primer lugar, llevó a los medios a sobredimensionar las consecuencias del terrorismo propiamente dicho, pues pese a la tragedia que representa cada atentado, las estadísticas muestran que las posibilidades de que una persona muera en un ataque de ese tipo son mucho menores que las que tiene de morir en un accidente automovilístico o a manos de su compañero sentimental. En segundo lugar, sirvió como argumento para

desencadenar las invasiones de Irak y de Afganistán, que a su vez llevaron al resto de Oriente Medio a un conflicto que nadie sabe cómo va a terminar. Y en tercer lugar, puso en la mira a los musulmanes del mundo, como si ellos guardaran una responsabilidad colectiva por lo que está pasando. Como dijo Jackson, “el estereotipo que los medios trasmiten es que solo los musulmanes pueden cometer acciones terroristas”.

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Lo más grave del caso es que mientras toda la atención del mundo está puesta en los islamistas y en sus discursos de odio, los movimientos violentos ultraderechistas están creciendo sin que los gobiernos estén preparados para la amenaza que estos representan. Las cifras son elocuentes. En Estados Unidos, según la ONG Anti-Defamation League, entre 2006 y 2015 estos fueron responsables del 87 por ciento de los ataques extremistas, cometieron nueve ataques más que los islamistas, y desde el 11 de Septiembre han matado al triple de personas. Sin embargo, sus ataques reciben apenas el 20 por ciento de la atención mediática brindada a las acciones de los musulmanes violentos. Y a eso se suma que durante la administración de Donald Trump el gobierno tiene pensado reducir los fondos destinados a luchar contra esas amenazas extremistas.

No se trata de un simple descuido ni de un error de criterio. “Hay en marcha un proyecto para crear una dinámica de ‘nosotros contra ellos’ que se expresa en la ‘guerra’ contra el islam radical, en el rechazo a los inmigrantes o en el repliegue en los valores nacionales. Esto, con el fin de crear las condiciones apropiadas para imponer políticas más autoritarias, reaccionarias y polarizantes”, dijo a SEMANA Steven Kettell, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Warwick.

El panorama, sin embargo, no es necesariamente desolador. Así como un puñado de fanáticos quiere desencadenar tsunamis de muerte para pescar en río revuelto, también hay muchas personas convencidas de sus principios. Entre ellas Mahmoud, el imán de Finsbury Park, que evitó que una turba enfurecida linchara a Osborne con un argumento que debería trascender credos y fronteras: “Toda vida es sagrada”.

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