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| 2/1/2014 2:00:00 AM

Los juegos Olímpicos de Putin

El presidente ruso se prepara para inaugurar las Olimpiadas en medio de denuncias por corrupción y temor por los ataques terroristas.

¿Quién organizaría unos Juegos Olímpicos de invierno en montañas sin nieve? ¿Quién realizaría un megaevento internacional en una región colmada de islamistas radicales y tensiones fronterizas? ¿Quién gastaría en una fiesta deportiva 50.000 millones de dólares? Solo hay un hombre tan ambicioso, tan poderoso, tan megalómano como para hacerlo, más allá de toda razón. Su nombre: Vladimir Putin. Este viernes, cuando se encienda la llama olímpica en los Olímpicos de Invierno en Sochi, un balneario al extremo sur de Rusia, el presidente exhibirá frente a millones de televidentes del mundo entero su apuesta más grande, su logro más extravagante, su sueño más polémico: sus Juegos, realizados contra todos y contra todo.

Estas son las primeras Olimpiadas que Rusia acoge desde Moscú 1980, y el amo del Kremlin no solo espera que sus 223 atletas apabullen a sus rivales. También quiere vengarse de la historia, de aquellos que enterraron a la Rusia postsoviética para echarles en cara, con toneladas de rublos, que el Imperio resucitó. Sochi 2014 es una gigantesca operación de relaciones públicas a escala mundial. Pero es también un espejo de la era Putin: grandilocuencia, corrupción, autoritarismo.

Para obtenerlos Putin puso todo su empeño. En 2007 Sochi le ganó a varias candidaturas más sólidas. En ese momento, Jean-Claude Killy, excampeón de esquí francés y miembro del Comité Olímpico Internacional (COI), dijo que “la presencia de Putin fue muy importante, trabajó muy duro, fue amable. Habló francés, nunca habla en francés. Habló en inglés, nunca habla en inglés. Su carisma explica los votos”.

Ciertamente a nadie nunca le pareció muy cuerdo organizar unos Juegos Olímpicos de invierno en Sochi. La ciudad, bordeada de palmeras, está en la misma latitud que el Mediterráneo y en invierno su temperatura difícilmente roza los cero grados centígrados. En verano miles de rusos de clase media invaden sus playas sobre el mar Negro. A cerca de 50 kilómetros del balneario se levantan varios picos, pero es de los pocos sitios en Rusia donde hay poca nieve, incluso en los meses fríos.

Además queda cerca de los Urales, una región multiétnica y volátil, en guerra permanente desde hace dos décadas, donde Moscú perdió en 2013 tantos soldados como Washington en Afganistán. Ahí actúan varios grupos de islamistas radicales que luchan contra la “invasión rusa” y que han lanzado ataques a decenas de ciudades del país. En un video, los yihadistas le advirtieron a Putin que si realiza los olímpicos “le daremos un regalo por toda la sangre musulmana derramada en el mundo. Para los turistas que vengan también tendremos regalos”. La zona comparte además frontera con Georgia, el país que se enfrentó a Moscú en 2008, y queda cerca de la separatista Chechenia y de un puñado de repúblicas semiindependientes, violentas e inestables.

Pero Vladimir Vladimirovitch Putin no se complica con detalles como el clima y la seguridad, para eso tiene plata y plomo. En 2007 prometió que el presupuesto de sus Juegos no sobrepasarían los 12.000 millones de dólares, pero la cuenta ya va por los 51.000 millones. Esa factura supera las cuatro últimas Olimpiadas de invierno combinadas y le gana a Beijing 2008, en la que hubo cuatro veces más atletas, tres veces más eventos y el doble de instalaciones.

Con fondos públicos y la ayuda de los grandes consorcios estatales, Sochi se volvió la obra más grande de Europa. ¿No hay hoteles? Construyeron 40.000 cuartos nuevos. ¿No hay nieve? Congelaron toneladas de la temporada anterior y compraron 450 cañones que fabrican los cristales. ¿No hay infraestructura? Hicieron 105 kilómetros de ferrocarril, 260 de autopistas, 21 túneles, 47 puentes, una estación de tren, un puerto, dos hospitales y seis plantas eléctricas. ¿No hay cómo transportar materiales a las montañas? Un helicóptero llevó cemento para erigir la pista de esquí. Como en la época de la Unión Soviética, cuando el Kremlin desvió el curso de los ríos, o en los tiempos de los zares, cuando levantaron San Petersburgo sobre un pantano, en Sochi no importaron los costos, la eficiencia ni la naturaleza. Solo brillar.

Y robar. Un miembro del COI dijo que un tercio de los gastos desaparecieron en mordidas para “una mafia de constructores” cercanos al Kremlin. Para el político de oposición Boris Nemtsov, en su informe Olimpiada de Invierno en el Subtrópico, Sochi es “un robo sin precedentes en el que están implicados tanto los representantes del régimen de Putin como los oligarcas próximos a él”. Y es que los contratos terminaron en manos de amigos de Putin, de empresas sin experiencia, de una camarilla cercana al poder. Solo así se explica cómo el estadio Olímpico costó 14 veces más de lo presupuestado o cómo la carretera que une a Sochi con las montañas valió 9.000 millones, una suma suficiente, según la revista Esquire rusa, para pavimentarla con una capa de un centímetro de caviar de beluga.

Para mantener a raya a los terroristas, Putin no tomó riesgos y militarizó la región. Sesenta mil uniformados fueron movilizados al Cáucaso, entre policías, soldados y tropas especiales. Completan el dispositivo detectores de metales en las pistas de esquí, miles de cámaras, cuatro buques de guerra, misiles balísticos y pequeños drones espía. Declararon toda la zona que rodea Sochi prohibida y los extranjeros que visiten la región necesitarán pasaportes especiales. Andrey Riabov, del Instituto de Relaciones Económicas Internacionales de la Academia de Ciencias de Rusia, le dijo a SEMANA que “hay muchos temores entre los occidentales con el terrorismo. La seguridad es el desafío fundamental de Putin, y garantizar que no haya atentados en ninguna parte de Rusia es una tarea enorme, si se tiene en cuenta que la mayor parte de los esfuerzos están concentrados en Sochi”.

Para Putin, un hijo de la Unión Soviética, ningún sacrificio es demasiado grande si se trata de restaurar el poder de su patria. Y los Juegos Olímpicos llegan en el mejor momento para lanzarle al mundo su grito anhelado ¡Rusia volvió! El año pasado Moscú logró con un par de hábiles jugadas diplomáticas reconquistar espacios perdidos. Acogió al excontratista de la NSA Edward Snowden, evitó el bombardeo occidental sobre su aliado sirio y está dando una batalla vital para mantener a Ucrania a su lado.

En diciembre finiquitó la operación de comunicación al liberar a las dos feministas del grupo de Pussy Riot, al multimillonario Mijaíl Jodorkovski y a los 30 militantes de Greenpeace capturados en el Ártico. Presos que para occidente simbolizaban el autoritarismo presidencial, pero de quienes nadie hablará en la vitrina internacional de Sochi. Ahí sigue la polémica por las leyes que prohíben hablar “sobre relaciones no tradicionales”, un eufemismo para designar la homosexualidad. Pero para Putin, no es un problema: “Pueden estar relajados y tranquilos, pero, por favor, dejen a los niños en paz”.

Con su multimillonaria inversión Putin también pretende reforzar la presencia estratégica de Moscú en una región complicada, de expansión histórica en la que aún enfrenta problemas de soberanía. Pero el presidente quiere sobre todo validar su liderazgo y mostrar que hay un modelo ruso exitoso, lujoso, brillante, próspero, y antioccidental. Según le dijo a SEMANA Lev Gudkov, el director del Centro Levada de Moscú, “lo fundamental es el aumento del prestigio personal de Putin y del país. Los Juegos de Sochi se toman no solo como deporte, sino como una competencia para Rusia como nación”.

No importa si en realidad la economía rusa depende casi únicamente del petróleo, si su comercio está alicaído ni si sus industrias no son innovadoras. Tampoco si los Juegos desenmascaran el autoritarismo del régimen, su corrupción, su absurda obsesión antihomosexual. A fin de cuentas, en cuatro años en Rusia se viene un Mundial de Fútbol, y no hay que perder tiempo con pequeñeces. Como dice el lema del banco estatal Sberbank: “Hoy Sochi, mañana el mundo”.
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