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| 8/24/1992 12:00:00 AM

JUEZ Y MARTIR

Con la muerte del juez Borsellino, la mafia pone contra la pared al Estado italiano.

OTRO FANTASMA SE PASEA por Europa. Además del racismo y de los brotes de xenofobia la mafia recorre y se expande por todo el continente. El "nuevo cáncer de Europa", como lo definió el diario alemán Die Welt, está poniendo en peligro no sólo el equilibrio político e institucional de Italia, sino también de la Comunidad Económica Europea.
Los asesinatos en menos de dos meses en Palermo, Sicilia, en atentados dinamiteros de dos jueces símbolos de la lucha contra la mafia (Paolo Borsellino, el 19 de julio pasado y Giovanni Falcone, el 23 de mayo), desataron la conciencia internacional de que la guerra contra la mafia siciliana y sus ramificaciones, no puede esperar más.
Y es justamente Italia la que debe enfrentar esa batalla, porque permitió, más o menos voluntariamente, la formación de ese "cáncer". Al fin y al cabo, durante la Segunda Guerra Mundial la mafia siciliana sirvió gracias a sus conexiones con la norteamericana para el desembarco de la flota de Estados Unidos en Italia. Por otra parte, en no pocas ocasiones Roma ha aprovechado el dominio mafioso del territorio, sus votos y su apoyo político.
Cuando el pasado 19 de julio una violenta carga de dinamita estalló en una calle cerrada del conjunto residencial donde vivía la madre del juez Borsellino, y dejó carbonizados al juez y sus cinco guardaespaldas y más de 15 personas heridas, Italia decidió que se necesita la mano dura contra la llamada "piovra". "Que esperan!", gritaban los guardaespaldas y los miles de agentes de la Policía durante los funerales de los cinco agentes, mientras insultaban, escupian e intentaban linchar al jefe de la Policía, Vincenzo Parisi, acusado de haberlos enviado como carne de cañón, sin los medios para defenderse, atrapados en la burocracia del poder, a enfrentar a la poderosa organización criminal. Lo nuevo es que la rabia y la indignación de Palermo son la primera señal de que se rompió ese profundo enlace que unia la mafia con su territorio, razón por la cual "nadie veía, oía o decía" algo.
Porque fue gracias a esa llamada "omerta" que fue posible el crecimiento de la mafia, al punto de que hoy en día maneja miles de millones de dólares, mediante varias "líneas"; un fructífero sistema de tráfico de heroína y cocaína, de Asia y Suramérica, el manejo de los jugosos sobornos de las licitaciones políticas, el reciclaje de los dineros "calientes" en los paraísos bancarios de Suiza, Luxemburgo, Alemania y no pocos países del resto de Europa.
Con más de 67 clanes, 1.600 capos y cerca de 20 mil hombres, el ejército de la mafia ocupa muchos espacios dejados por el Estado y puede cumplir meticulosamente su "vendetta" contra aquellos que han tenido hasta ahora la voluntad y la tenacidad de combatirla, como Falcone y Borsellino.
Los dos jueces, ambos sicilianos y amigos desde la infancia, eran el símbolo de la lucha contra la mafia y a la vez su memoria histórica, pues fueron los únicos que investigaron a fondo la organización criminal. Ello les permitió diseñar un organigrama interno y encarcelar en 1985 a través de un "maxiproceso" a Cosa Nostra. El proceso llevó al estrado a 700 acusados, produjo un millón de actas y anexos, requirió la construcción de una sala bunker que costó cerca de 60 millones de dólares. Allí fueron incluidos los grandes capos como Michele Greco "El papa", de la llamada Cupola, entidad que coordinaba los diferentes clanes (encarcelado desde 1986), Pipo Caló, el cajero de la mafia, condenado a 24 años de prisión y Pietro Vernengo, el hombre de los "cien delitos" condenado a cadena perpetua. Pero hoy es evidente que aún un esfuerzo tan grande no era suficiente.
Con la desaparición de Falcone y Borsellino, se entierra el celebre "pool antimafia", ya que el resto de sus componentes fueron "trasladados", "promovidos" o "pensionados", con lo que el equipo especializado quedó desmembrado e inoperante. Y es precisamente después de concluido el maxiproceso, que la mafia decide que la cuenta con los dos magistrados debe ser saldada.
Pero no sólo la mafia es culpable de la muerte de los servidores ejemplares. También el Estado italiano se comportó de manera incoherente, al desautorizarlos y abandonarlos políticamente, nombrándolos en cargos donde podían hacer poco o nada. Es el caso de Falcone, que había aceptado su traslado a Roma en 1989 al Ministerio de Justicia, en la esperanza de que lo eligieran jefe de la Superprocuraduría, un nuevo organismo creado para coordinar la lucha contra la mafia y que todavía no ha sido puesto en función. Pero su posible nombramiento fue obstáculizado hasta su muerte. Lo mismo le sucedió al heredero natural de Falcone su colega Borsellino. Al final, ni los magistrados pudieron ponerse de acuerdo para elegir el encargado de la Superprocuraduría, ni los candidatos sobrevivieron para ponerla en marcha.
Ahora no hay virtualmente nadie en Italia dispuesto a guiar la guerra contra la mafia. El Estado estudia medidas "excepcionales", "decretos antimafia" que permitan realizar allanamientos sin orden judicial, que dan más poder a la Policía y establecen un régimen especial carcelario a los mafiosos y aumenta la protección de los "arrepentidos", piezas claves de los juicios contra la mafia. Pero muchos se interrogan si todas esas normas serán suficientes para frenar lo que se sabe ya desde hace ya más de 20 años: que la mafia crece y se expande tomada de la mano de un Estado cómplice. Un Estado que no ha aplicado hasta ahora las más simples normas de Policía contra los reconocidos 3.564 afiliados de la Cosa Nostra, de los cuales una revista italiana recientemente publicó nombres, dirección y actividad. Para ellos los editorialistas invocan "la ira de los justos", pero hay quienes dicen que bastaría con que el Estado lograra hacerles efectivo el Código Penal.
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