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| 11/5/2016 12:00:00 AM

El fin del campamento de inmigrantes más grande de Europa

Las 7.000 personas que vivían en la Jungla de Calais acaban de ser repartidas en toda Francia. Es el final del campamento de inmigrantes más grande de Europa, pero no la solución a la acogida de refugiados en el continente.

Las últimas horas de la Jungla de Calais fueron una pesadilla apocalíptica. Las llamas abrasaban los colchones, las carpas resquebrajadas y las posesiones abandonadas de los miles de inmigrantes que allí vivían. Los incendios, posiblemente provocados antes de partir por algunos refugiados, causaron una humareda sofocante y, antes de la llegada de los buldóceres que debían arrasar los restos, convirtieron en cenizas la villa miseria más grande de Europa.

Situada en el norte de Francia, en la ciudad de Calais, la ‘Jungla’ era la cruel expresión de la tragedia del fenómeno migratorio en Europa. Entre 6.000 y 8.000 expatriados residían en este campamento insalubre con el sueño de atravesar el canal de la Mancha e instalarse en Reino Unido. Rechazados por los ingleses y por los franceses, esos afganos, eritreos, kurdos, iraníes, sirios y sudaneses que huían de la guerra y de la pobreza extrema vivían en un limbo jurídico y humanitario.

La instalación de inmigrantes en la zona comenzó hace unos 15 años. Luego del cierre del centro de refugiados de la Cruz Roja en el pueblo de Sangatte en 2002, los recién llegados comenzaron a instalarse en este sector, en aquella época boscoso, al norte de Francia. Desde entonces, varios campamentos se formaron y fueron desmantelados. En los últimos 18 meses, la situación era dramática. Los intentos para entrar a Reino Unido se multiplicaron. En el verano de 2015 se contaron hasta 2.000 diarios, la mayoría en camiones de transporte a través del túnel de la Mancha.

El gobierno decidió este año acabar con el barrio informal ante la presión de la oposición y de los habitantes de Calais. Los inmigrantes fueron repartidos en centros situados en regiones escogidas por ellos mismos. La primera consecuencia visible de esa decisión ha sido la aparición de tensiones en el resto de Francia. En Béziers, el alcalde de esa ciudad del sur, Robert Ménard, político apoyado por la extrema derecha, mandó a instalar afiches alarmistas y xenófobos. “El Estado nos los impone. Ya vienen. Los inmigrantes en nuestra ciudad”, se lee. En la imagen se adivinan de espalda algunos hombres negros y otros barbudos. El alcalde quiere realizar un referendo sobre la acogida prevista de 87 personas en su ciudad. 

En el norte de París, donde se crean a veces campamentos bajo las estaciones del metro, se dice que se está formando una minijungla con miles de personas que no quisieron ser reinstaladas, lo que genera temores entre los habitantes del sector. En otras partes del país, varios centros de refugiados han sido atacados e incendiados. 

Las asociaciones humanitarias señalan, por su parte, que el desmantelamiento no resolverá la situación de Calais pues el objetivo de la mayoría de los inmigrantes sigue siendo llegar a Reunido Unido, por razones de idioma o de lazos familiares. La jungla podría en ese caso reaparecer en algunos meses. Además, las ONG creen que la repartición propuesta no ofrece las mismas oportunidades a todos los refugiados. “Se trata de un juego de lotería. Algunos llegan a centros de acogida completamente apropiados, pero otros lugares no tienen lo mínimo para ofrecerles condiciones dignas”, dijo a SEMANA Anne, voluntaria de la asociación Utopia, que propone ayuda humanitaria y jurídica a los solicitantes de asilo.

La única solución es una verdadera y seria política migratoria en Europa, pues en los próximos años los desplazamientos podrían ser más importantes, impulsados por los conflictos interminables en África y Medio Oriente. “La inversión que hay que realizar es enorme: centro de exámenes de peticiones de asilo instalados en los países de salida y cumbres anuales en la Unión Europea para definir lo que es posible o no en materia de inmigración”, analiza en un editorial el periódico Le Monde.

La política de inmigración, realista y humanista, no ha comenzado a construirse en Europa. Francia y el continente tienen la responsabilidad de evitar que los miles de seres humanos que han llegado en los últimos años se vean obligados a vivir en una zona sin ley y luchar para que sean acogidos dignamente. Hay un largo trecho por recorrer. 

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