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| 8/9/2014 5:00:00 PM

La abuela que encontró su nieto tras 36 años

El caso del nieto recobrado de Estela de Carlotto, la presidenta de las abuelas de la Plaza de Mayo, tiene conmovido al continente. Se cumplió el deseo de su madre, que lo tuvo mientras estaba en manos de los militares que la asesinaron poco después.

Ignacio Hurban pasó su vida convencido de ser hijo de un matrimonio de humildes campesinos. Pero desde que dudó de su identidad, su vida no sería la misma. El martes se confirmó que es hijo de Laura Carlotto y el nieto perdido de Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, el nieto número 114 recuperado de los cerca de 400 bebés que los militares se robaron durante la dictadura que asoló el país entre 1976 y 1983.  Y que en realidad se llama Guido.

Laura Carlotto podría haber sido cualquiera de las universitarias de Latinoamérica de los años setenta, cuando había que militar en la izquierda, repartir periódicos en un barrio popular y levantarse temprano para estudiar. La mayor de cuatro hermanos vivía en La Plata. Terminó el bachillerato cuando Salvador Allende triunfaba en Chile, rompió con su novio perfecto, entró a la universidad a estudiar Historia, leyó a Hesse, tarareó Cantares de Serrat, descubrió a Led Zeppelin y se incorporó a la Juventud Peronista.   

Laura se casó, pero como buena transgresora, no por la Iglesia sino por lo civil y vestida con pantalones amarillos de bota campana. Al poco tiempo se había separado.   Tenía 19 años cuando las calles de La Plata empezaron a teñirse con la sangre de los estudiantes asesinados por la alianza anticomunista Triple A. Cumplió 21 antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976 y aunque nunca tuvo un cargo en la organización, debió esconderse mientras sus conocidos eran desaparecidos o asesinados. La muerte le pisaba los talones: Guido, su padre, fue secuestrado 25 días para preguntarle por sus hijas. Laura ya no veía a su familia, solo llamaba por teléfono a su mamá a la escuela donde trabajaba. 

Tenía 22 años en noviembre de 1977 cuando la secuestraron con su compañero. Luego se supo, por otros detenidos, que los llevaron a la Esma (Escuela de Mecánica de la Armada), donde los torturaron y a él lo fusilaron. De allí la llevaron a La Cacha, un centro de torturas cerca de La Plata, donde vivió su embarazo encapuchada, bañándose desnuda con la puerta abierta a la vista de los carceleros, ilusionándose con la promesa de que iban a entregarle el bebé a su mamá. El 26 de junio de 1978, un día después de que Argentina ganó la final del Mundial contra Holanda, nació Guido en un hospital, no lejos del estadio de River. Laura le susurró su nombre al oído: “Guido, como tu abuelo”. Después, contó a las compañeras que lo tuvo en sus brazos cinco horas, que se resistió cuando se lo quitaron, que la drogaron y que despertó en La Cacha, con los pechos amoratados por la leche desperdiciada. 
Un mes después le dijeron que la iban a liberar, la subieron a un carro y al otro día, Estela y Guido fueron a una comisaría donde les anunciaron que su hija había muerto por resistirse a la autoridad.
 “Se cumplió lo que dijimos las Abuelas, que ellos nos van a buscar”, dijo Estela este miércoles, cuando se enteró de que Guido es su nieto. “Que Laura sonría desde el cielo. Porque ella lo sabía antes que yo: ‘Mi mamá no se va a olvidar de lo que me hicieron y los va a perseguir’, les decía”.  Laura no podía saber que su madre se dedicaría desde 1978 a buscar a los nietos, y que se convertiría en la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, símbolo de la lucha contra esos crímenes atroces. 

En junio Ignacio Hurban envió un correo a las Abuelas.  Alguien cercano a su familia le confesó que había sido adoptado y sospechó todo. Su sangre se cruzó con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos y arrojó un 99,99 por ciento de certeza: sus padres eran Laura Carlotto y Oscar Montoya,  un joven estudiante de música de 18 años que había escapado de Caleta Olivia, en Santa Cruz, para refugiarse de la persecución. 

La familia que lo crió es “gente trabajadora, sencilla, que nada tiene que ver con la represión”, dijo Claudia Carlotto, la hermana de Laura. Un terrateniente en Olavarría le llevó el niño a un matrimonio de peones que no podía tener hijos. Pero los genes de su padre se impusieron y este chico se convirtió en un reconocido músico, profesor de piano, director de la Escuela Municipal de Música de Olavarría, cantautor, intérprete de tango y jazz. Cuesta creer que Ignacio buscó a las Abuelas por casualidad. Quizá, como dijo Nora Cortiñas, de las Madres de Plaza de Mayo,  “los milicos quisieron apropiarse de los chicos, pero no pudieron apropiarse de los genes”.

Estela rogaba a Dios que no se la llevara sin abrazar a su nieto, y su deseo se cumplió. En una carta a Guido publicada por Página 12 en 2006, Estela escribió: “Camino disfrutando lo que otras Abuelas abrazan  como propio, pensando cuándo me tocará oír un timbre, una voz, la sangre comparada que diga: soy tu nieto Guido. Entonces sonarán en el cielo los clarines de la Victoria y Laura desde allí me sonreirá”.
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