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| 9/11/2010 12:00:00 AM

La amenaza blanca

Extremistas de ultraderecha quieren que Estados Unidos vuelva a ser el país que era en el siglo XIX. Muy populares entre la comunidad anglosajona, sus temores se podrían convertir en una fuerza decisiva en las elecciones de noviembre.

Una ola de ultranacionalismo conservador y religioso crece a pasos agigantados en Estados Unidos y puede convertirse en la fuerza decisoria de las elecciones legislativas que tendrán lugar en dos meses. Hace algunos días, este fenómeno, auspiciado por el periodista radial Glenn Beck, convocó en Washington a una asombrosa multitud de 200.000 personas que gritó consignas extremistas y que ve al presidente Barack Obama como a uno de sus principales enemigos. Lo curioso de todo esto es que no se trata de una conducta novedosa entre los norteamericanos, que a lo largo de su historia han convivido con este tipo de ideologías radicales.

La marcha, titulada Restoring Honor (Restaurando el honor), se llevó a cabo el 28 de agosto pasado en el Mall, que es la explanada central de la capital norteamericana en cuyos cuatro puntos cardinales se levantan el Capitolio, la Casa Blanca y los monumentos a Thomas Jefferson y a Abraham Lincoln. El convocante principal era Glenn Beck, quien tomó el micrófono en las escaleras del monumento a Lincoln e invitó como oradora a la ex candidata republicana a la Vicepresidencia Sarah Palin. Justo 47 años antes, en ese mismo lugar, el líder negro Martin Luther King había pronunciado su histórico discurso 'I Have a Dream' (Tengo un sueño), en el que manifestó su anhelo de que algún día los afroamericanos fueran juzgados por su forma de pensar y no por el color de su piel.

El acto fue un claro desafío al recuerdo de ese prócer de los derechos civiles. Los convocantes lo presentaron como una protesta contra las políticas de Obama, a quien consideran un conspirador islámico contra Estados Unidos. Se quejaban de todo: de la reforma a la seguridad social, de la retirada de Irak, del acercamiento al mundo musulmán, de la idea de mejorar la situación de los inmigrantes ilegales, del proyecto de edificar una mezquita cerca de la Zona Cero en Manhattan, y acusaban a Obama de racista con los blancos. Pero iban mucho más allá, como se demostró cuando levantaban sus manos al cielo en el momento en que Beck y otros oradores les pedían a los políticos que les devolvieran el país y aseguraban que Estados Unidos es el pueblo elegido por Dios en la Tierra, un pueblo único con derecho a exportar su democracia y su respeto por las libertades. Esas manifestaciones de tono religioso parecen demostrar que la crisis de identidad de Estados Unidos es más profunda de lo que parece.

Beck es un personaje escandaloso. De 45 años, nació en el estado de Washington y solamente tomó una clase universitaria, cuando tenía 32. Partidario del porte de armas, casado dos veces, nació católico y se convirtió en mormón. Borracho empedernido, dejó el trago luego de vincularse a Alcohólicos Anónimos. Su propósito es "salvar a Estados Unidos", y lo grita a los cuatro vientos en sus programas radiales y en el canal Fox. Cinco de sus libros han sido best-sellers y la revista Time lo considera el líder de opinión número 14 en el mundo. Detesta a Obama, a los inmigrantes y a los musulmanes, y recibe un salario de 33 millones de dólares al año. Y según uno de sus críticos, el periodista Alexander Zaitchik, su éxito demuestra "el triunfo de la ignorancia".

Lo grave de esto es que sus seguidores, sumados a los del Tea Party (Partido del Té) y aupados por Palin, pueden ser decisivos en los comicios de noviembre, en los que se elegirán 33 de los 100 senadores y la totalidad de los 435 representantes a la Cámara, y en los que, a juzgar por las encuestas, los demócratas de Obama pueden perder las mayorías. De esa votación dependerán las leyes que se aprueben de ahora en adelante y determinaciones que tienen que ver con Colombia, como la votación en el Congreso gringo del TLC, que no se ha producido desde cuando fue firmado hace tres largos años.
La pregunta clave es por qué miles de norteamericanos se dejan seducir por personajes como Glenn Beck y Sarah Palin, y se echan en masa al Mall para levantar los brazos mientras gritan que Estados Unidos es el país más especial del mundo. Esto tiene varias respuestas. La primera es que los estadounidenses han creído, desde los comienzos de la nación, que son el pueblo elegido. A partir del momento en que los peregrinos europeos huyeron de la intolerancia religiosa en Europa y se asentaron en Norteamérica, empezaron a pensar que su futuro era especial. En 1630, un líder protestante y puritano, John Cotton, escribió que los primeros colonos en Norteamérica tenían derecho a conquistar el territorio comprendido entre los océanos Atlántico y Pacífico. En sus escritos, justificó matar a los indios al considerar que él pertenecía a "un pueblo elegido, como el de Israel".

Estas ideas prendieron con fuerza y florecieron con posterioridad. Uno de los ejemplos más claros del fenómeno fue un escrito de John O'Sullivan, que a mediados del siglo XIX, en un artículo de prensa, argumentó que el "destino manifiesto" de Estados Unidos era controlar Norteamérica de costa a costa e implantar allí ese maravilloso experimento de la democracia. El texto de O'Sullivan dio origen justamente a la muy conocida teoría del Destino Manifiesto y les dio la razón a los partidarios de las guerras con México, país al que Estados Unidos le ganó por las armas el territorio de estados como California, Texas y Arizona.

Muchos estadounidenses también creen en tesis como el 'excepcionalismo norteamericano'. La cosa surgió en las páginas de La democracia en América, la célebre obra escrita por el francés Alexis de Tocqueville en la primera mitad del siglo XIX, en la cual, después de haber conocido Estados Unidos, dijo que se trataba de un país único por motivos claves como el respeto a la democracia, la admiración por el comercio y el origen puritano de sus gentes. De Tocqueville destacó también que los estadounidenses reverenciaban la libertad.

Pero no solo por la circunstancia de que se sienten únicos y elegidos es que millares de ciudadanos asistieron a la manifestación de Glenn Beck. El otro punto tiene que ver con que sienten miedo. Miedo a lo externo, a lo que viene de fuera, al extranjero, a las religiones foráneas. Miedo de los blancos, de los Wasp (White Anglo-Saxon Protestants, es decir, Blancos Anglosajones Protestantes), a ser minoría. Miedo a la construcción de una mezquita a dos cuadras de la Zona Cero en Nueva York. Ese mismo miedo hizo que algunos apoyaran la iniciativa del pastor protestante Terry Jones, quien pensaba quemar ejemplares del Corán en Gainesville (Florida), en el noveno aniversario del 11 de septiembre.

Lo explicó hace una semana Nicholas Kristof en una columna en The New York Times, cuando escribió que "el punto de partida" de la actual "histeria contra el Islam" no es el odio sino el miedo, "la alarma en los partidos políticos de que los recién llegados no comparten sus mismos valores, no creen en la democracia y pueden herir a los norteamericanos". Kristof afirma que este fenómeno no es nuevo pues se parece a la "amenaza católica" del siglo XIX, y recuerda que en esa época no solo se publicó un libro que culpó al catolicismo de los males del país, sino que hubo quienes aseguraron que los presidentes Martin Van Buren y William McKinley tenían una alianza secreta con el Papa, y que algunos sacerdotes mataban niños para convertirlos en salchichas. El columnista se pregunta si esa supuesta unión de los inquilinos de la Casa Blanca no se asemeja a lo que ocurre actualmente, cuando algunos piensan que Obama es un musulmán radical.

Igual que hoy contra el islam, el rechazo a los católicos en el siglo XIX comenzó en casa, con los ultranacionalistas. Lo puso a andar el movimiento Know Nothing (No sé nada), temeroso de la creciente llegada de alemanes e irlandeses católicos. La causa cobró fuerza. Sus representantes llegaron a ganar las alcaldías de Boston y Chicago, y a veces echaron mano de la violencia en Louisville, en el estado sureño de Kentucky. El movimiento desapareció tras varias derrotas en las urnas, pero la fobia a la Iglesia de Roma se mantuvo. No hay que olvidar que muchas personas no votaron por John F. Kennedy en 1960 porque formaba parte de una familia irlandesa católica.

Pero esa fobia, ahora volcada contra los musulmanes, mezclada al sentimiento religioso-nacionalista, sigue latente en Norteamérica. Por lo pronto, sin embargo, quien mejor ha definido la manifestación de Beck fue el propio Nicholas Kristof, para quien la marcha no se tituló 'Restaurando el honor' sino 'Restaurando los prejuicios'.
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