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| 8/2/2014 6:00:00 PM

La amenaza del ébola

La peor epidemia del virus ha matado a más de 700 personas. Los expertos temen que pueda llegar a otros continentes.

Patrick Sawyer ya se sentía mal antes de tomar el avión. Durante las primeras semanas de julio este liberiano nacionalizado en Estados Unidos había estado de visita en su país de origen para cuidar a su hermana Princess, quien tras una misteriosa y fulminante enfermedad falleció a mediados de mes. Sawyer asistió a su entierro y continuó con sus actividades laborales, que incluían asistir a una conferencia en Lagos, la ciudad más próspera de Nigeria y la más poblada de África.

Aunque desde la muerte de Princess él había tenido fiebre y presentaba otros síntomas, pudo abordar el 20 de julio un vuelo de la compañía Asky, que hizo una escala en Ghana y un trasbordo en Togo. En el trayecto, Sawyer vomitó, tuvo diarrea y cuando llegó a su destino –ya visiblemente enfermo– las alarmas se habían disparado. Las autoridades nigerianas lo detuvieron bajo la sospecha de que había llevado el ébola al país, y lo aislaron en una institución sanitaria. Moriría cinco días después.

Las pruebas de laboratorio confirmaron el diagnóstico: la causa del deceso fue ese mortal virus hemorrágico, cuya nueva epidemia tiene en alerta a Sierra Leona, Liberia, Nigeria y Guinea, el país en cuyas zonas selváticas se detectó hace poco más de cuatro meses. Al cierre de esta edición, las autoridades seguían buscando a todos los que habían tenido contacto directo con Sawyer, ellos mismos en condiciones de multiplicar el contagio sin saberlo. Una tarea angustiosa, pues la enfermedad puede transmitirse a todo aquel que se acerque a menos de un metro de distancia de un enfermo.

Esa capacidad de transmisión y su extrema letalidad han desatado los temores de una pandemia mundial. El virus del ébola, descubierto a mediados de los años setenta en las selvas de Congo y del actual Sudán del Sur, tiene una tasa de mortalidad entre el 25 y el 90 por ciento de los infectados, a lo cual hay que agregar que no tiene vacuna y que su tratamiento es el mismo que se usaba hace 100 años para los enfermos de la gripa española, es decir aislar e hidratar a los pacientes. Estos sufren un deterioro catastrófico y una muerte particularmente dolorosa.

Aunque no se transmite por el aire como una gripa común, cualquier secreción o fluido corporal contaminado es muy peligroso, por lo que una simple salpicadura de sangre o de vómito basta para contaminar a otra persona. Según el reporte de la Organización Mundial de Salud, al jueves de la semana pasada la epidemia había dejado 729 víctimas fatales y más de 1.300 personas infectadas, entre las cuales se encuentran varios médicos y enfermeras, como el doctor sierraleonés Sheik Umar Khan, uno de los mayores especialistas en la materia, y el estadounidense Kent Brantly, quien trabajaba en un hospital de Liberia.


Una epidemia fuera de control

Varias razones explican la elevada tasa de contagio de la epidemia, que la ONG Médicos sin Fronteras (MSF) ha declarado “fuera de control”. Por un lado, en el área donde se desencadenó no se habían presentado casos, por lo que las comunidades afectadas no estaban ni remotamente preparadas para afrontarla. Y por el otro, debido a razones culturales y políticas no han adoptado las medidas necesarias para hacerlo.

En primer lugar, los entierros tradicionales del pueblo kissi, predominante en la zona, incluyen varios días de velación, durante los cuales los familiares tocan e incluso besan su cadáver. A lo que hay que agregar que una de las probables causas de la crisis es el consumo de animales de monte –como murciélagos o monos salvajes– que se presume son los portadores del virus, y que la medicina tradicional, muy respetada, ha ofrecido ‘curas’ como un menjurje a base de chocolate, leche, café, cebollas crudas y azúcar. Como le dijo a SEMANA el doctor Ian Mackay, especialista en Virología y profesor de la Universidad de Queensland, “que a uno le digan de un momento a otro que lo que ha hecho durante toda la vida no debe hacerse, en un ambiente de desconfianza y miedo exacerbados, ha sido el peor escenario”.

Además, los países afectados por el virus tienen un pasado reciente muy violento. Tras su independencia en los años sesenta, Guinea sufrió una dictadura de 30 años que dejó más de 50.000 muertos, y tanto Sierra Leona como Liberia acaban de salir de largas y sangrientas guerras civiles. Todo ello dejó un ambiente de desconfianza que explica la hostilidad que han encontrado los funcionarios gubernamentales y los miembros de ONG como Médicos sin Fronteras. La gente ve a estos como representantes de un gigantesco engaño de los políticos, e incluso los han amenazado de muerte.

En segundo lugar, en esta oportunidad el fenómeno ha alcanzado una dimensión que nunca había tenido. Como afirmó a esta revista Kathryn Jacobsen, profesora de Epidemiología de la Universidad George Mason, en Virginia, “mientras las epidemias anteriores solo se desarrollaron en zonas rurales y en un solo país, los casos actuales se han expandido a las zonas urbanas y están ocurriendo en cuatro países a la vez”.

Ello ha disparado el número de personas que pueden resultar infectadas, pues las capitales de los países afectados tienen varios cientos de miles de habitantes, y están conectadas por vía aérea con ciudades en otros continentes, de modo que el virus puede estar en cuestión de horas en cualquier rincón del planeta. Y, como le dijo a SEMANA el doctor David L. Heymann, director del Centre on Global Health Security de Londres, “la enfermedad puede cruzar las fronteras en una persona que no presenta síntomas durante el periodo de incubación, o incluso en viajeros que no les comunican a las autoridades fronterizas que están enfermos”. A lo cual se suma que las señales iniciales del ébola son muy parecidos a los de varias enfermedades frecuentes en la zona, como el paludismo, la fiebre tifoidea o el cólera.

Ante la amenaza, los países vecinos han cerrado sus fronteras a viajeros provenientes de las áreas afectadas, lo mismo que Europa e incluso Estados Unidos, a donde Sawyer pretendía viajar este mes para celebrar el cumpleaños de una de sus hijas. Aterrada, su esposa Decontee dijo en una entrevista publicada el miércoles en The Daily Beast que antes de tomar el vuelo hacia Nigeria su esposo “pudo encontrarse en un estado de negación”, y reconoció que él no estuvo lejos de llevar el ébola a su hogar en Coon Rapids, Minnesota.

El caso de Sawyer da pie para una importante reflexión. Como dijo el doctor Mackay, “cuando alguien viaja, es muy importante que reconozca que hace parte de la aldea global y que se haga responsable de su salud. Con frecuencia se sabe de personas que han estado en áreas donde hay enfermedades muy graves, pero que se suben a un avión aunque estén indispuestas. De esa manera, se ponen a ellas y al resto del mundo en un gran riesgo”.


Las claves del ébola

*Los huéspedes naturales del virus son los murciélagos frugívoros, que viven en áreas tropicales de África, Asia y Oceanía.

*No hay vacunas ni cura, pero una atención médica oportuna puede mejorar la supervivencia.

*Los humanos se enferman tras entrar en contacto con los órganos, la sangre, las secreciones de animales o de otros humanos infectados.

*El virus incuba entre dos y 21 días, cuando no hay síntomas.

*Comienza con fiebre y dolor muscular y se puede confundir con paludismo, fiebre tifoidea y cólera. Siguen vómitos, diarreas y erupciones cutáneas, cuando la transmisión por contacto alcanza su pico.

*Al final se producen fallos renales y hepáticos y sangrado por todos los orificios corporales. En ese punto, las posibilidades de supervivencia son mínimas.

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