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| 4/19/2008 12:00:00 AM

La batalla decisiva

Este martes, en Pensilvania, Hillary Clinton se juega la última oportunidad de armarle una oposición creíble a la candidatura de Barack Obama.

Si hay una fecha clave en la guerra que vienen librando desde enero Hillary Clinton y Barack Obama por la candidatura demócrata, es el martes de esta semana. Ese día tienen lugar las elecciones primarias en Pensilvania, donde los votantes escogen 158 delegados a la convención nacional del partido de la que saldrá a finales de agosto el candidato a los comicios presidenciales de Estados Unidos. El tema está que arde. Para Hillary, Pensilvania es la última oportunidad de vencer al senador de Illinois, que parece cada vez más cerca de convertirse en el hombre que le plantará la cara al republicano John McCain en la elección del 6 de noviembre. El lío para la señora Clinton es que, si bien las encuestas le dan una ventaja sobre Obama, el margen no será lo suficientemente amplio y el costo pagado habrá sido muy alto. Todo apunta a que la suya, este martes, será una victoria pírrica.

¿Cómo están los números de esta guerra entre Hillary y Obama? La situación es clarísima. Ambos intentan conseguir el respaldo de los 2.025 delegados que exige la convención que se lleva a cabo en Denver. Hasta ahora, Obama cuenta con 1.647, y Hillary, con 1.586. A estas alturas, es prácticamente imposible que alguno alcance el número de delegados que se requiere: después de lo que suceda en Pensilvania, sólo restan las primarias de ocho estados, el más importante de los cuales es Carolina del Norte, donde habrá 115 delegados en disputa a principios de mayo. A menos que ocurra algo extraordinario, la diferencia entre Hillary y Obama se mantendrá. Lo dicen los propios ciudadanos. Un sondeo hecho por Rasmussen Reports el pasado 10 de abril sostiene que el 62 por ciento de los consultados cree que Obama será el candidato. Sólo el 23 por ciento se inclina por Hillary.

En esas condiciones, mucha gente no entiende por qué la ex primera dama insiste en seguir adelante, en vez de tirar la toalla y adherir a Obama. La respuesta es que Hillary, preparada, obstinada y ambiciosa como es, cree que si logra convencer a la gente de que el senador no está capacitado para ser presidente, puede obtener una alta votación en las primarias que faltan y persuadir a los superdelegados de que la apoyen en Denver. "Un gran triunfo en Pensilvania les enviaría un claro mensaje a los superdelegados, o al menos los mantendría neutrales a lo largo del mes de mayo", explicó el viernes el diario The Wall Street Journal. Y es que tal como está el panorama, los superdelegados serán determinantes en la convención. Estos 796 ex altos funcionarios o ex congresistas demócratas podrían inclinar la balanza. El problema es que Hillary sólo podrá conquistarlos si derrota a Obama en Pensilvania por más de 10 puntos, y las encuestas reflejan otra cosa. La última de ellas, elaborada por Zogby, sostiene que la senadora de Nueva York obtendrá el 47 por ciento de los votos, y Obama, el 43 por ciento.

Todo ello apunta a que Hillary no ganará este martes por nocáut sino por puntos, y que terminará con un corte en la ceja. En su cruzada por desacreditar a Obama y echarse al bolsillo a los gringos ha cometido errores y girado contra su propia credibilidad. Seis de cada 10 ciudadanos han perdido su confianza en ella, según la encuesta publicada el miércoles pasado en The Washington Post. ¿Por qué? Hay varias razones, pero la más poderosa tiene que ver con un video difundido hace tres semanas por la cadena de televisión CBS. En las imágenes, tomadas en 1996 durante la guerra en Bosnia, se ve a la entonces primera dama Hillary Clinton cuando se bajaba de un avión militar, era recibida por los soldados, saludaba a unos niños y caminaba por las calles. El video hizo quedar a Hillary como una mentirosa. Varias semanas atrás, la senadora había dicho en un discurso que tras aterrizar entonces en territorio bosnio, debió protegerse para evitar los disparos de los francotiradores.

Pero ese no ha sido el único factor en contra de la señora Clinton últimamente. La renuncia hace dos semanas de su principal estratega político, Mark Penn, por haberse reunido con la embajadora de Colombia, Carolina Barco, para apoyar el TLC al que Hillary se opone, también le ha sacado canas. Penn fue la segunda baja más importante en las toldas de Hillary desde el retiro de su jefa de campaña, Patti Solís.

Si todo eso ha salpicado a Hillary en las últimas semanas, Obama no ha estado a salvo del agua sucia. Hace un mes, su carrera hacia la Casa Blanca se vio empañada por otro video que apareció en todas partes. Eran las imágenes de Jeremiah Wright, el pastor de una iglesia cristiana de Chicago a la que suele acudir Barack Obama los domingos. En ellas se oyen las críticas de Wright a Hillary Clinton en las que sostiene que ella, que es una mujer blanca y rubia, jamás ha sufrido lo que el líder afroamericano. Y no sólo eso. Otro de los sermones de Wright lo muestra a punto de justificar los atentados del 11 de septiembre en Manhattan. Según el pastor, los ataques pudieron deberse a que el Ejército de Estados Unidos se inmiscuye en los asuntos internos de distintos países. Semejantes palabras desataron una ola de reproches contra Obama, que se defendió con el argumento de que él nunca se había enterado de la postura de Wright. Pocos le creyeron.

Por si fuera poco, el 6 de abril Obama tuvo una salida en falso que lo ha puesto en el ojo del huracán. Fue en San Francisco, mientras hablaba sobre las comunidades de trabajadores de Pensilvania que no han recibido atención gubernamental desde los tiempos de Bill Clinton. De pronto señaló: "Por eso no es sorprendente que, para explicar su frustración, se amarguen, se agarren a las armas, o a la religión, o a la antipatía respecto de gente distinta, o al sentimiento contra los inmigrantes o contra el libre comercio". Eso generó la indignación de los trabajadores de Pensilvania, la ofensiva del ex presidente Clinton y la respuesta airada de Hillary. El tema está tan vivo, que el debate número 21 entre Obama y la señora Clinton, celebrado el miércoles de la semana pasada en Filadelfia y organizado por la cadena de televisión ABC, fue una eterna serie de ataques mutuos sobre el asunto y dejó ver a un Obama desconocido que puede perder los estribos cuando le ponen el dedo en la llaga.

La campaña sigue a todo vapor. Tras las primarias de este martes habrá más claridad sobre el futuro de Hillary. Su triunfo no sería una sorpresa, pero la ventaja que le llegue a sacar a Obama constituirá un elemento importantísimo para saber cuál será su suerte de ahora en adelante. Si es pequeña esa ventaja, crecerá la presión de los demócratas sobre la senadora para que abandone el ajetreo del discurso diario y le eche una mano a Obama. De lo contrario, el gran beneficiado de esta pelea de gladiadores en la que todo vale y en la que se han sacado todos los trapos al sol, continuará siendo el republicano John McCain, a quien Obama y Hillary le están haciendo la campaña. Nadie lo critica desde la otra orilla, nadie lo pone en el punto de mira, y él, con su nadadito de perro, puede salirse con la suya y reemplazar a George W. Bush el próximo 20 de enero.
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