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| 11/12/2016 10:00:00 PM

Mosul se consume entre humo y sangre

Opacada por el triunfo de Trump, el mundo olvida la lucha por la segunda ciudad iraquí, un drama de dimensiones épicas. Crónica exclusiva para SEMANA de Catalina Gómez Ángel.

La vía principal que atraviesa Qayyara es un territorio fantasma. Después de un día de gran movimiento militar solo dos hombres armados con viejos fusiles Kaláshnikovs rompen la soledad del lugar. Vigilan la entrada principal de esta población petrolera, que desde hace más de dos años, y hasta agosto, hizo parte del 40 por ciento del territorio iraquí en poder del proclamado Estado Islámico. Las luces de los carros de la caravana y unas cuantas bombillas apenas dejan ver los pedazos de lata que cuelgan como ropa mojada de los cables de la luz, o que permanecen deformados en los techos de los comercios ya cerrados a estas tempranas horas de la noche. Son el resultado de las explosiones de los carros bomba que el llamado Estado Islámico, o Isis, o Dáesh, como realmente se le conoce en esta zona del mundo, usa para atemorizar a la población, y a su enemigo. 

Metros más adelante por una carretera de tierra entre construcciones de cemento a la vista, el río Tigris es un fortín. Varios puestos de control se han levantado en la ribera para proteger el puente provisional, la única ruta de acceso que conecta al norte del país con el frente sur de la batalla para recuperar la ciudad de Mosul. En medio de las tinieblas varios hombres corren a la orilla, lanzan antorchas y disparan. “Es una nevera, es una nevera”, gritan. 

Dáesh lanza al río objetos cargados de explosivos. Esta vez era una falsa alarma. “Han mandado hornos, coches y hasta embarcaciones”, había contado el capitán Ali durante la visita que realizamos el día anterior a este retén, que ha terminado por ser protagonista de algunas de las batallas más duras contra Estado Islámico. Desde Mosul, pasando por Qayyara y Tikrit hasta llegar a Bagdad, la capital, donde Dáesh llegó a estar a pocos kilómetros en 2014. 

Las tiendas de campaña siempre están cubiertas por una capa de humo negro que brota de los yacimientos petroleros a los que, antes de huir, Dáesh prendió fuego para dificultar los ataques aéreos. Desde allí, los hombres observan unas colinas áridas a menos de 2 kilómetros de distancia hacia el sur, donde los extremistas aparecen de vez en cuando. Los sorprenden gracias a la sofisticada red de túneles que han construido en todo el territorio.

 Dáesh no tiene suficientes hombres para contrarrestar la gran ofensiva de las fuerzas iraquíes, conformada según cálculos por más de 90.000 hombres, pero sí tiene la capacidad de hacerles daño, y mucho. Los francotiradores, los túneles, pero sobre todo los explosivos y los carros bomba son sus principales armas.

Mohammad pide a uno de sus hombres su celular–el objeto más popular entre todas las fuerzas de la ofensiva- y muestra las fotos de hombres teñidos por la tierra, el pelo sucio y barbas pobladas que intentaron atacarlos hace menos de tres semanas. Eran lugareños, cuenta, y los llaman ratas. “Porque siempre están sucios y bajo la tierra”, había explicado días atrás Ahmad, un joven  de 22 años perteneciente a la División de Oro, la fuerza elite de Irak, que ha liberado las principales ciudades en poder de Dáesh como Faluya, Ramadi y hoy ya se encuentran en las calles de Mosul, por el frente sureste.

Estos hombres que avanzan en sus característicos Humvees negros, que responden directamente al primer ministro Haider al Abadi, asumirán el combate en las calles de Mosul. “Dáesh es un enemigo extremadamente duro: son expertos en guerra de guerrillas y no les importa morir”, advirtió varias veces Ahmad, siempre con el rostro tapado para que el enemigo no lo identifique. Nadie habla de ello, pero se sabe que en muchas ocasiones queman los cadáveres de los extremistas que van quedando en el camino. En lo que va de la ofensiva se habla de 2.000 terroristas muertos de los 6.000 que operarían en la zona, incluida Mosul.

 “Son de Dáesh, sus familias lo han confesado”, asegura el teniente Zahar Addin al Jabouri en la sede de una de las milicias sunita de Qayyara. El capitán Al Jabouri, miembro de una de las tribus predominantes en esta región donde estas estructuras familiares tienen el verdadero poder, se refiere a diez prisioneros que acaban de llegar en la parte trasera de dos camionetas Toyota.  En una de ellas un joven miliciano les pega una y otra vez con un látigo, mientras permanecen arrodillados, maniatados, vendados y con la cabeza hacia el piso. Son imágenes similares a las que Estado Islámico suele divulgar. 

Así esperaban que los interrogaran dos hombres que al comienzo rehusaron la presencia de las cámaras. Si el coronel Al Jabouri está en lo cierto, después de entregar la información, pues estos interrogatorios suelen ser exitosos, los detenidos terminarán en manos de las autoridades para el procedimiento judicial. “Si fuera por la ley de las tribus  estos hombres serían asesinados”, argumenta el sheik Abu al Rawas, sentado en la sala que sirve de oficina al capitán Al Jabouri. 

Este hombre flaco que viste una túnica negra tradicional de la zona se identifica como el mukhtar, o líder comunal, de uno de los pueblos del sur de Mosul. Lleva una libreta donde tendría los nombres de los colaboradores de Dáesh, como los diez que no paran de gritar en el piso de arriba. Al Rawas cuenta que él y su familia fueron víctimas de este grupo. Tres de sus hijos murieron y él estuvo encerrado en varias ocasiones, una de ellas en una celda de 70 centímetros donde apenas podía respirar.

La milicia a la que reporta el mukhtar hace parte del complejo sistema de fuerzas que conforman la ofensiva de Mosul, donde cada organización militar tiene a su cargo un frente. Este grupo forma parte de las polémicas unidades de movilización popular, una amalgama de organizaciones militares conformadas mayoritariamente por milicias chiitas que han apoyado contra Dáesh. Más allá de ser efectivas en la lucha, se les ha acusado de abusos y de llevar a cabo una política sectaria que no ayuda a un país que corre el riesgo de quedar dividido. 

Y es que la unidad de los estamentos iraquíes en el marco de esta ofensiva, en la que incluso los kurdos han permitido que el odiado Ejército iraquí tenga bases en sus tierras, puede ser pasajera. La desconfianza histórica entre la mayoría chiita, asentada principalmente en la región de Bagdad; los sunitas, cuyo territorio estuvo casi todo en manos de Dáesh, y los kurdos del norte, que solo quieren su independencia, se ha hecho aún mayor como consecuencia de la aparición del llamado Estado Islámico. A ello se suma que otras minorías étnicas y religiosas atacadas por este, como los cristianos, los yazidís o los shabaks, quieren crear regiones semiautónomas, como la de los kurdos, para gestionar sus recursos y proveer su propia seguridad. 

“Nos iremos apenas Dáesh esté terminado, tal como nos hemos ido de otras regiones que hemos ayudado a liberar”, aseguraba Hadi al Ameri, el día que cruzamos el Tigris en la noche, durante un encuentro en el desierto cercano a la frontera siria, frente oeste de Mosul. Al Ameri es la cabeza de Badr, la organización chiita más grande y poderosa de las Unidades de Protección Popular, respaldada por Irán, como muchas otras.

Frente a un mapa, Al Ameri explicaba cómo las milicias tenían como misión limpiar más de 100 pueblos y cortarle a Dáesh la ruta con Siria. “Solo les dejaremos algunos caminos donde puedan escapar, que es nuestro objetivo. Queremos que huyan a Siria, no queremos que Mosul se convierta en otra Alepo –la segunda ciudad de Siria, hoy destruida –”, explicaba el comandante. Fue más allá al decir que ellos estarían dispuestos a pasar a Siria para combatirlos. 

En la compleja división de fuerzas, el gobierno de Abadi acordó con los líderes sunitas del lugar que los grupos de Protección Popular –chiitas- no entrarán a Mosul. Tampoco lo harán los kurdos, que tienen reclamos históricos sobre la ciudad. Solo quedaron autorizadas las fuerzas especiales en cabeza de la División de Oro, el Ejército iraquí y la Policía Federal, organización que abre los mayores interrogantes. 

“Yo soy Asaib Al Haq –por una de las principales milicias chiitas- pero también policía”, decía un hombre vestido con la chaqueta azul de la Policía Federal, que custodiaba uno de los retenes de la vía que conduce a la base aérea de Qayyara, que usan las fuerzas estadounidenses en el sur de Mosul –alrededor de 5.000 estadounidenses están desplegados en el país para apoyar y asesorar a los iraquíes-.  

“Solo entraremos si el gobierno nos lo pide”, sentenciaba Al Ameri a sus hombres. Esa tarde observaban desde la distancia el enfrentamiento por uno de los pequeños pueblos del desierto donde ha tenido su bastión la ideología radical de Al Qaeda o Estado Islámico.  En efecto, muchos habitantes de esa zona, incluida la multicultural Mosul donde han convivido musulmanes, cristianos, árabes, kurdos, turcomanos, recibieron bien a Dáesh como consecuencia de la pobreza y el sentimiento de abandono exacerbados por la negligencia y represión del gobierno chiita, que ha dirigido el país desde la invasión norteamericana que en 2003 derrocó al dictador Huseín, un sunita que por décadas había reprimido y abandonado a los chiitas. 

En el retén norte de Qayyara, están estacionados un centenar de coches. Pertenecen a personas que llegan de zonas liberadas por los iraquíes, o que han logrado escapar. Desde allí se dirigen a las ciudadelas construidas con miles de carpas blancas, donde alrededor de un millón de personas esperan durante la ofensiva. 

Hasta el momento solo unos 50.000 desplazados han alcanzado los centros de recepción en los alrededores de Mosul. “Esto, después de cuatro semanas de ofensiva, ha dejado claro que en muchas ocasiones es difícil para los desplazados alcanzar los lugares de protección”, asegura Dajmal Zamoun, coordinador sénior de emergencias en el terreno de la agencia para los Refugiados de las Naciones Unidas, Acnur. La ONU denunció que Dáesh asesinó a 1.000 personas en la sureña población de Hammam Ali acusadas de informar al Ejército. 

Tanto en el norte como en el sur, los desplazados denuncias que Dáesh ha obligado a miles a trasladarse al centro de Mosul para usarlos como escudos humanos. “Si no seguías su voluntad te mataban”, afirma Luri Said Douri, un hombre flaco y gastado por los años que logró huir de Mosul junto a su mujer y su hijo paralítico. Utilizando banderas blancas como única protección, miles como Luri han ido abandonando los pocos barrios de Mosul que las fuerzas especiales han ido liberando a pesar de la resistencia. 

Como todos los desplazados, Luri y su mujer –ya sin las barbas y el velo obligatorios en territorios Dáesh– tenían que pasar por un chequeo de las fuerzas de seguridad kurdas antes de quedar libres. El temor de que los extremistas se camuflen en las masas ha llevado a las autoridades a poner en marcha un complejo sistema de seguridad que las organizaciones internacionales miran con cierto recelo.

Las tierras empobrecidas del sur de Mosul están lejos de parecerse a las del norte de Irak donde, si bien el desierto hace presencia, los campos y las áreas urbanas están organizadas. Y la multiculturalidad es mayor. Decenas de las poblaciones ubicadas en el borde de la región semiautónoma de Kurdistán y situadas en la planicie de Nínive habían quedado deshabitadas cuando Dáesh avanzó en 2014 por esta zona, ante la mirada perpleja de un Ejército que se derrumbó en horas. Unos huyeron vestidos de civil, otros se unieron al enemigo y los capturados encontraron la muerte.

El derrumbe de las fuerzas de seguridad, incluidos los kurdos que también se retiraron de algunas posiciones, dejaron a minorías como las yazidís, las shabaks chiitas o los cristianos abandonados a una organización que los veía como infieles. Cientos fueron asesinados, otros miles secuestrados y los que pudieron huyeron. “Vamos a volver. Algunos no se sentirán seguros de hacerlo, pero cuando esto acabe volveremos. Este es el lugar a donde pertenecemos”, aseguraba el patriarca caldeo de Babilonia, Louis Raphael I Sako, cuando visitó por primera vez Qaraqosh, la ciudad cristiana más grande de esta zona, donde esta comunidad ha vivido por siglos. 

Acompañado por una delegación de clérigos chiitas que le hacían la entrega del pueblo –señal de que ellos habían jugado papel esencial en la liberación–, el patriarca recorrió estas poblaciones cristianas destruidas por ambos bandos. El interior de la iglesia de Tahira, la más grande, estaba completamente negro como consecuencia del fuego que encendieron los extremistas. Estas escenas de destrucción se repiten una y otra vez en todos los templos, de diferentes confesiones, que quedaron en su territorio. 

“Me dijeron que entre todos íbamos a reconstruir a Irak y que nos ayudarían”, aseguró el patriarca al contar que le habían dicho los clérigos chiitas al entregarle el templo. “Habrá que ver”, contesta escéptico cuando se le pregunta si cree que lo que prometen es posible.

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