Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1996/10/07 00:00

A LA BUENA DE DIOS

Entre la incertidumbre y el optimismo los bosnios acuden por primera vez a las urnas desde que terminó la guerra.

A LA BUENA DE DIOS

Para bien o para mal este sábado 14 de septiembre será recordado por los habitantes de Bosnia como el día en que su país, convaleciente de una sangrienta guerra, decidió retomar los cauces democráticos. Al menos en el papel. Las elecciones generales que se efectuarán a fines de esta semana en ese país balcánico no serán el final del proceso sino el principio de un gran esfuerzo internacional _con Estados Unidos y la OTAN a la cabeza_ para tratar de eliminar las barreras étnicas que aún subsisten en esa nación, e intentar devolverle la estabilidad que perdió hace cinco años. Sin embargo los comicios, controlados por la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa -OSCE- son una prueba de fuego para un país cuya división va mucho más allá de los límites geográficos. De hecho la organización electoral ha tropezado con una enorme cantidad de problemas de orden técnico, logístico y político que han alimentado el pesimismo entre la población y los casi 1.500 observadores internacionales. En primer lugar la falta de técnicos en sistemas retrasó en más de dos meses la publicación de las listas de personas aptas para votar, debido a lo cual el consiguiente proceso de registro sufrió una grave demora. Por otra parte el hecho de que los trabajadores del aparato electoral sean empleados del actual gobierno ha sido otro factor de trastorno, ya que la OSCE no ha hecho mayor cosa para sancionar las irregularidades cometidas por los militantes de los partidos oficialistas por temor a que el gobierno obstruya el proceso democrático. Este chantaje tácito ha llevado a los militantes de la oposición a hacer proselitismo por su propia cuenta y riesgo, porque la OCSE antes de atender reclamos sobre garantías electorales, está interesada en sacar adelante las elecciones a como dé lugar. Al fin y al cabo su papel no es organizar las elecciones sino verificar que se cumplan. Independientemente de que las propuestas políticas carezcan de fondo, o de que los nacionalistas se dediquen a inundar las calles con afiches del proscrito líder Radovan Karadzic. En este sentido el secretario de Estado Asistente de Estados Unidos, John C. Korblum, resumió su posición lapidariamente: "No le gasto tiempo a las intenciones o la moral de los partidarios de Karadzic; todo mi tiempo lo dedico a tratar de que estas estructuras funcionen". Es decir, sálvese quien pueda. Y es en medio de esa incertidumbre que se espera que cerca de tres millones de electores acudan a los 4.000 puestos de votación para escoger a los gobernantes locales, regionales y nacionales, entre un ramillete de 27.000 candidatos, repartidos en 50 partidos. Así las cosas son muchas las dudas que despierta este proceso electoral que los defensores de la paz bosnia creen indispensable, pero que por otros es considerado como la antesala de la disolución definitiva del país, dado que los votantes seguramente ejercerán su derecho según las divisiones étnicas que desangraron al país. De cualquier manera el experimento democrático sigue su marcha, aún sin las garantías mínimas, y sólo dentro de una semana se sabrá si el esfuerzo valió la pena o si, por el contrario, luego de las elecciones sean más las heridas que se abran que las brechas que se cierren.

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