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| 8/5/1996 12:00:00 AM

LA CAIDA DE CONSTANTINOPLA

ConstantinoplaCon el ascenso de un primer ministro de orientación religiosa islámica, Europa se pregunta si Turquía caerá en el fundamentalismo.

Ningún país del mundo musulmán es más europeizado y secular que Turquía, miembro de la Otan, enemigo declarado de Irak e Irán y aspirante a integrar la Comunidad Europea. Pero la adhesión a Occidente ha demostrado ser fútil en el mundo islámico, y la asunción al poder de Necmettin Erbakar parece demostrarlo. El nuevo primer ministro ha tranquilizado a Occidente al afirmar que no tiene interés en retirar a Turquía de la Otan ni de abandonar la aspiración de pertenecer a la Unión Europea y al dejar de insistir en establecer lazos con Irak e Irán y con grupos de la talla del palestino Hamas, calificado de terrorista en las capitales europeas. Pero si lo hace es por dos razones fundamentales: primero, porque su llegada al poder es el fruto de una coalición insólita con una mujer, la anterior primera ministra Tansu Ciller (quien desde su punto de vista de mujer juraba que nunca pactaría con los islámicos) y porque tanto los militares como el sector privado le han acosado con advertencias sobre la adversa reacción internacional que provocaría la instauración de un gobierno fundamentalista islámico.Pero lo cierto es que la asunción de Erbakar implica una seria advertencia sobre lo que puede ser el futuro de un país que, como Turquía, abrazó el secularismo y el europeísmo desde su organización democrática en 1923 tras la caída del imperio otomano. Desde ese año el fundador de la moderna Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, decidió guiar a su pueblo hacia lo que él consideraba el camino para dejar atrás siglos de atraso. Construyó miles de escuelas, eliminó el alfabeto arábigo y lo reemplazó por el romano, abolió la ley islámica y la reemplazó por el código civil suizo, prohibió el uso de vestimentas tradicionales, cerró las casas de derviches, a tiempo que instauró el domingo como día de descanso en reemplazo del viernes acostumbrado por los musulmanes. Por otro lado, promovió un nuevo tipo de nacionalismo turco preislámico con el lema nacional de "Turquía para los turcos y los turcos para Turquía".Ese movimiento, efectivamente, hizo que muchos turcos abrazaran un modo de vida enteramente occidentalizado y sacó al país de siglos de atraso cultural. Pero por lo visto no logró borrar del todo una huella musulmana plantada por siglos de presencia de esa religión.La nueva presencia islamita en el gobierno convierte a Turquía en un foco potencial de problemas porque, mientras los votantes de Erbakar quieren recuperar la supremacía del islamismo, o al menos el pleno derecho a su ejercicio, otras fuerzas sociales, y sobre todo el ejército, siguen considerando inaceptable la menor manifestación religiosa por parte de funcionarios estatales. La prueba es que hace apenas tres meses 50 oficiales fueron dados de baja del ejército por el solo hecho de hacer la peregrinación ceremonial a La Meca.Por ahora Erbakar sabe que su poder es precario y se debe más a la falta de acuerdo de los partidos de centro que a su propia votación, que apenas llega al 20 por ciento. Pero los turcos, como en otros lugares del mundo islámico, están cansados de la corrupción de los partidos tradicionales y una creciente nueva generación, desprovista de ilusiones, busca refugio en valores hasta ahora rechazados. Se trata de una tendencia que, por lo visto, existe a lo largo y ancho de ese sector del planeta.
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