Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/07/31 00:00

La caja de Pandora

Con la publicación de los 'papeles de Afganistán', WikiLeaks no solo sacudió a Washington. Su principio radical de transparencia y el trasteo de su sede a Islandia han abierto un debate internacional sobre el acceso a la información.

WikiLeaks reveló más de 70.000 documentos confidenciales que detallan las atrocidades de la guerra en Afganistán.

Pocas organizaciones en el mundo saben guardar secretos tan bien como WikiLeaks. Unos días antes de revelar más de 70.000 documentos confidenciales del Ejército de Estados Unidos sobre la guerra de Afganistán, uno de sus directores, el alemán Daniel Schmitt, estaba sentado ante un círculo de periodistas en Hamburgo, respondiendo preguntas con asombrosa tranquilidad. "¿Es verdad que próximamente harán una revelación explosiva?", preguntó alguien. Schmitt, un hombre joven, respondió como si estuviera hablando del estado del tiempo: "Sí, estamos en un proyecto importante".

Mientras tanto, en otro lugar del planeta un equipo de nueve colaboradores de WikiLeaks coordinaba milimétricamente la publicación del material a través de tres de los medios más prestigiosos del mundo. Los directores de The New York Times, The Guardian y Der Spiegel se habían reunido días antes a puerta cerrada con Schmitt y Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, para acordar las condiciones bajo las que tendrían acceso a los documentos filtrados.

Cada redacción armaría equipos para verificar y analizar los folios del expediente afgano. También se dividieron los temas: los neoyorquinos se dedicarían a las relaciones de los los talibanes con Pakistán; los londinenses, a documentar las víctimas civiles de la guerra, y los alemanes, a informar sobre los comandos paramilitares de la Casa Blanca. El domingo 25 de julio, los tres medios desplegaron el resultado de la cooperación periodística más grande de la historia.

Desde esa noche, cualquiera puede descargar de la página de WikiLeaks documentos reservados a los círculos más selectos del gobierno de Washington. Son expedientes que consignan los detalles de la guerra sucia en Afganistán, de una lucha salida de control y de la impotencia de las tropas.

Unos 800 programadores y abogados en torno a Daniel Schmitt han sacudido al mundo; pero Schmitt, cuyo verdadero nombre nadie conoce, permanece tan impávido como antes. Como su colega Assange, nadie sabe dónde vive. Cuando viaja, duerme en casas de amigos. ¿Es el responsable de la más profusa publicación de material secreto de la historia? "No sé, aún habría que demostrarlo", dice. Y luego añade: "Pero me siento orgulloso".

Haber sacado a la luz el lado oscuro del conflicto en Afganistán le ha traído a su organización más enemigos que nunca. Los activistas de WikiLeaks se sienten perseguidos, amenazados, temen represalias. Hace tiempos que Schmitt dejó de viajar a Estados Unidos. El mismo Assange canceló una visita a Las Vegas por razones de seguridad.

Assange, un australiano de 39 años, es buscado por la National Security Agency de Estados Unidos. Desde que fundó la plataforma en 2006, WikiLeaks ha debido librar duras batallas para protegerse de demandas legales. Bajo el lema de la 'Lucha por la transparencia radical', la organización ha publicado información confidencial de gobiernos, organizaciones privadas y personas.

El primer golpe de WikiLeaks tuvo lugar en Kenia, en 2007, con un caso de corrupción en el entorno del ex presidente Daniel arap Moi. En Australia, los activistas desataron luego un escándalo por un listado de páginas de pornografía infantil que el gobierno había sacado con sigilo de la red. En Alemania e Inglaterra revelaron quiénes eran los miembros de los partidos ultranacionalistas. Poco a poco, quien quería deshacerse de un secreto incómodo comenzó a sentirse atraído. Hoy WikiLeaks opera en 60 países y posee 1,2 millones de documentos.

 Sus éxitos le han traído el apoyo de nombres de la talla de Daniel Ellsberg, el reportero que en los 70 reveló los llamados 'papeles del Pentágono' sobre la guerra de Vietnam, así como del peso más pesado del periodismo investigativo, Seymour Hersh. La obsesión por la transparencia, sin embargo, les ha costado duras críticas. Por quebrar el código ético del periodismo, la Fundación Knight se rehusó a ofrecerles apoyo financiero.

 En los meses previos a la revelación de los 'papeles de Afganistán', cada vez más material llegaba a los servidores. Pero limitaciones financieras dificultaban su verificación. Meses antes, Assange envió un comunicado pidiendo ayuda: "Tenemos dificultades para contratar (...). Propongo construir grupos de 'amigos de WikiLeaks'".

La propuesta, al parecer, encontró eco, porque poco después WikiLeaks se fue lanza en ristre contra el país más poderoso del mundo: Estados Unidos. Ya, en 2007, Assange y Schmitt habían irritado a la Casa Blanca al publicar un protocolo de la cárcel de Guantánamo. Luego, en abril pasado, revelaron un video que mostraba cómo desde un helicóptero soldados estadounidenses habían masacrado a 12 transeúntes en las calles de Bagdad. La publicación llevó al arresto del supuesto informante: un joven analista de inteligencia del Ejército. "Si se demuestra que él es el informante, estaríamos hablando de un preso político", dijo Assange en una entrevista. Ya se rumora que la fuente de los 'papeles de Afganistán' podría ser el mismo oficial.

Para mantener su lucha, los cerebros de WikiLeaks se han trasladado a Islandia. Hasta allá los ha llevado la convicción de que toda la información debe ser de libre acceso. Sus lazos con la isla son estrechos, pues tras la crisis financiera Islandia estaba al borde de la quiebra. Su dependencia de la banca la había hundido en un déficit letal. Pero con ayuda de WikiLeaks, los islandeses conocieron otra parte de los motivos de la bancarrota: un informe publicado en la plataforma describe cómo ejecutivos del Kaupthing Bank sacaron millones de dólares de la isla al advertir que el sistema iba a colapsar.

El exitoso trabajo en equipo dio pie para que el Parlamento en Reikiavik, en busca de una salida de la crisis, apoyara en junio una iniciativa para convertir a Islandia en el "paraíso mundial de la transparencia". Con la asesoría de WikiLeaks, la isla tendrá a partir de 2011 la legislación más sólida para la protección de la libertad de información en el mundo.

 Bajo este paraguas islandés, Schmitt y Assange aguardan a que escampe la lluvia de ataques provocados por su última filtración. Lo hacen en una casa vieja en la calle Grettisgata de Reikiavik. Un reportero de The New Yorker, que visitó la oficina, la llamó "sala de guerra". Schmitt y Assange prefieren otro nombre: "el búnker".

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