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| 11/19/1990 12:00:00 AM

La caldera del diablo

Masacre en Jerusalen, batalla en Beirut y asesinato en El Cairo, parecen demostrar que la región se debate en el caos.

La muerte de 21 palestinos a manos de la policía israelí, la derrota del general cristiano Michel Aoun en Beirut y el asesinato del presidente del parlamento egipcio, que sacudieron el Medio Oriente en los últimos días, parecerían incidentes aislados, pero al analizarlos en conjunto, revelan la profundidad de la inestabilidad de la región. Para algunos, los hechos indican la necesidad de buscar una solución pacífica a la crisis del golfo. Para otros, demuestran que se requiere un ataque inmediato. Pero para la mayoría, esos hechos demostraron la escasa influencia de las potencias extranjeras en la región, Un analista árabe explicó el fenómeno con claridad al afirmar que la invasión de Irak a Kuwait "fue el prirner paso hacia el final del síndrome post-otomano en el Medio Oriente. Las fronteras y las estructuras políticas que se formaron tras el colapso del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial ya no pueden contener las tensiones y las contradicciones del área y, simplemente, se estan desmoronando" .
Esa tesis tiene una implicación inquietante, que es la de que aun si se encontrara una solución a la crisis del golfo, ello no traería consigo la estabilidad.
Uno de quienes la sostienen es un ex ministro de Defensa de Francia, André Giraud, quien dice que Estados Unidos y Europa deberían tener "un objetivo estratégico para el manejo de la crisis, de tal manera que las culturas judeo-cristiana e islámica puedan reconciliar sus diferencias en el futuro cercano. Nadie quisiera tener a la vista una guerra de tipo religioso.
El sistema de países producto de la caída del Imperio Otomano está en tela de juicio desde 1948, cuando surgieron influencias como el nacionalismo islámico, exacerbado entre otras razones por la derrota ante Israel y por la occidentalización forzosa impuesta por los regímenes sunitas, que la confundían con la modernidad .
Los hechos recientes confirman que el Medio Oriente no es de fácil comprensión. Siria parece haber sacado partido de la crisis del golfo para arreglar cuentas con el general libanes Michel Aoun, aliado de Saddam Hussein, y acabar de entronizar al cristiano Elías Hrawi en el poder.
Todavía no es claro si el asesinato del presidente del parlamento egipcio tuvo alguna relación con la crisis del golfo, pero en el mundo árabe se asume que Saddam Hussein ordenó su muerte para desestabilizar al gobiemo de El Cairo.
La masacre de palestinos en el Muro de las Lamentaciones por parte de la policía israelí, y la consiguiente reacción de condena de Estados Unidos también son muy graves. Por una parte, muchos dicen que pudo haberse convertido en el casus belli ideal, el pretexto para que Saddam lanzara su tan anunciada guerra santa. Pero también se afirma que la condena norteamericana, y la manifestación del presidenle George Bush a favor de convocar una conferencia que arreglara todos los problemas del Medio Oriente -incluso el de Israel y los palestinos, una vez restituida la soberanía de Kuwait-abrió la posibilidad de que Hussein declarara la victoria y se retirara, con el tílulo incontrovertible de líder del mundo árabe.
En efecto, habría conseguido el objetivo que todos los dirigentes árabes han buscado desde Gamal Abdel Nasser: poner en el centro de la discusión mundial, y en igualdad de condiciones, la cuestión palestina. Un líder belicoso, nacionalista y bien armado, al frente de millones de soldados de todo el mundo árabe, sería una amenaza mucho más peligrosa.

EL GENERAL EN SU LABERINTO
La derrota final del general Michel Aoun en Beirut no solo deja ver por primera vez una opaca luz al final del túnel para los habitantes de Líbano, atormentados por una guerra civil de más de 15 años, que ha producido 150.000 muertos, 1900 de los cuales en los últimos 18 meses. Más que ello, la caída de Aoun es considerada por algunos observadores como la primera muestra del nuevo orden que podría imperar en el Medio Oriente si la crisis del golfo termina con la derrota de Saddam Hussein.
El general Michel Aoun, católico maronita, era el comandante en jefe del ejército libanés cuando en septiembre de 1988 terminó el período de seis años del presidente Amin Gemayel. Ante la imposibilidad del parlamento de ponerse de acuerdo sobre su sucesor, Gemayel nombró como primer ministro interino a Aoun, quien tomó posesión del palacio presidencial. Pero los musulmanes siguieron reconociendo al anterior primer ministro, Selim al-Hoss. El problema nacía de que la Constitución del país ordena que los dos puestos claves del gobierno deben quedar en manos de un cristiano y un musulmán, algo que Aoun rechazaba.
En medio de la confusión, unos meses más tarde el general lanzó una "guerra de liberación" para sacar a los sirios del país -donde permanecen desde que intervinieron para poner orden en el caos de 1987, y restaurar el orden institucional. En septiembre de 1989, una reunión del parlamento patrocinada por la Liga Arabe logró una tregua y un mes más tarde un acuerdo por el cual los musulmanes tendrían mayor injerencia en el gobierno. El maronita Elías Hrawi es elegido presidente, y como primer ministro continúa al-Hoss.
Pero ninguno de los acuerdos, ni las votaciones consiguientes fueron reconocidas por Aoun, quien desechó incluso la oferta de vincularse al nuevo gobierno como ministro de Defensa. El general alegaba que en ninguna parte se establecía una fecha para la retirada de Siria. Copado por las fuerzas conjuntas del gobiemo y de Siria, el general se refugió con 15 mil soldados en el palacio de Baabdaj hasta la semana pasada, cuando se refugió en la embajada francesa.
Sin que se supiera el destino final de Aoun, los analistas internacionales afirmaban que antes que la paz en el Líbano, que todavía se ve lejana, la gran vencedora parecía ser la coalición Siria-Arabia Saudita que precisamente carga el mayor peso de la alianza árabe contra Irak. En efecto, por virtud de la maraña de alianzas, odios y conveniencias del Medio Oriente, el cristiano Aoun era aliado incondicional de Saddam Hussein, -quien le suministraba el material de guerra- pues compartian un odio común a Hafez Assad, presidente de Siria, (hoy aliado de Estados Unidos) quien, para mayor paradoja, pertenece al mismo partido izquierdista panárabe Baath que el líder iraquí.
De hecho, con su representante derrotado, Irak parece esfumarse del panorama libanés. Para algunos, la derrota de Aoun evidencia que Saddam ha perdido capacidad de maniobra fuera de las fronteras de su propio país.
Otros expertos piensan que el episodio es también una advertencia para el presidente de la Organización para la Liberación de Palestina OLP Yassir Arafat, pues se piensa que sus fuerzas en el Libano podrían ser el siguiente blanco de los sirios.
Hay también quienes ven en la derrota del general Aoun un acicate moral y diplomático para Arabia Saudita, en un momento en que muchos ojos en el mundo árabe, miran con recelo la presencia en suelo saudita, de miles de soldados "infieles", dispuestos a luchar contra otro pueblo árabe. Por el lado diplomático, Arabia Saudita había tenido su primer éxito en las relaciones geopolíticas de la región con el acuerdo para la paz libanesa, alcanzado en Riyad bajo patrocinio saudita, pero fracasado hasta ahora por la oposición, no totalmente injustificada, del general Aoun.
El presidente Hrawi y el primer ministro al-Hoss reunieron el gabinete para anunciar un plan que aseguraria la salida de las tropas sirias en el curso de los próximos dos años, pero el anuncío tuvo poco eco en la desmoralizada comunidad cristiana de Beirut. Para muchos de sus miembros, el general era la última defensa. Por ahora, las milicias cristianas de Elie Hobeika tomaron el dominio de las zonas anteriormente controladas por los soldados de Aoun, para evitar represalias contra éstos. Pero los musulmanes del Partido de Dios amenazaban irrumpir en el sector, lista negra en mano, mientras se informaba que los sirios estaban tomando múltiples prisioneros, para llevarlos a cárceles en Damasco.
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