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| 6/9/1986 12:00:00 AM

LA CUMBRE REAGANOMICO-POLITICA

Los jefes de los siete países más ricos del mundo se reunieron en el Japón para aplaudir a Ronald Reagan

Hace apenas veinte días el ambiente de sonrisas y zalemas de la cumbre de Tokio hubiera parecido inverosímil. Hace veinte días, los mismos "siete grandes" que ahora se reunian como huéspedes del primer ministro japonés Yasuhiro Nakasone se estaban tirando los platos a la cabeza en torno al ataque militar del presidente Ronald Reagan contra Libia. El francés Francois Miterrand se había negado a que los bombarderos norteamericanos sobrevolaran su territorio; el italiano Bettino Craxi condenaba la acción, y otro tanto hacian el alemán Helmut Kohl y, más discretamente, el propio Nakasone, cuyo país depende en buena medida del petróleo libio. El canadiense Brian Mulroney se quedaba callado, y sólo la británica Margaret Thatcher apoyaba resueltamente al Presidente de los Estados Unidos. Y sin embargo en Tokio, del 4 al 6 de mayo, esos mismos dirigentes firmaban una condena unánime al terrorismo que por añadidura señalaba explícitamente al coronel libio Muammar Gadafi como su promotor principal.
Ronald Reagan se salía con la suya.
Y no sólo en el aspecto político: también en el económico. La declaración sobre temas económicos firmada por los participantes en la cumbre estaba toda ella imbuida también de lo que ha dado en llamarse reaganomics: libre empresa y no intervención estatal. Y la firmaban no sólo "reaganistas" de toda la vida, como la señora Thatcher" conservadores tímidos como Mulroney y Kohl, sino también conversos de última hora como los socialistas Craxi y Mitterrand --este último, es verdad, forzado por el hecho de que llevándole la mano de firmar los documentos tenía en Tokio a su primer ministro Jacques Chirac, vencedor en las elecciones francesas. Pero el que no fuera totalmente espontánea no le quitaba fuerza a la adhesión mostrada por los países más poderosos de Occidente a la linea dictada por el presidente Ronald Reagan.
Para que el triunfo de éste fuera completo no faltaba ni siquiera el olor del incienso: el de la chamusquina que, en forma de nube radiactiva, flotaba por esos mismos días en Chernobyl, ensombreciendo el prestigio de la Unión Soviética.
Cumbres como la de Tokio (ésta es la número doce de la serie) no suelen producir más que retóricas, y esta no fue una excepción a la regla. Pero el verdadero interés que tienen es que muestran algo asi como el corte transversal de un ambiente. Y esta vez el ambiente era muy claro: Occidente acepta sin rechistar el liderazgo de Ronald Reagan. Aunque no sea con entusiasmo. Y aunque ese liderazgo haya mostrado en la práctica estar al margen de los problemas que pretende resolver.
Durante la cumbre de Tokio ese desfase entre el "reaganismo" y la vida real se manifestó de dos maneras muy visibles. En lo económico, en la situación de los paises pobres. El abrumador problema de la deuda externa del Tercer Mundo fue apenas superficialmente considerado por los grandes, que ni siquiera se tomaron la molestia de responder al llamado hecho por el Grupo de Cartagena sobre la notoria insuficiencia del Plan Baker.
Y tampoco se prestó la menor atención a los gritos de auxilio que desde Kuala Lumpur, no lejos de Tokio, lanzaban los paises del Commonwealth (cuarenta y cinco pobres, más Gran Bretaña Canadá, Australia y Nueva Zelandia), según los cuales la situación del Sur pobre frente al Norte rico es hoy incomparablemente más grave que hace diez años. Lo cual es, en buena medida, resultado de las reaganomics. Pero no importa.
Como tampoco importa, en lo político, el hecho de que el atentado terrorista cometido contra los participantes en la cumbre no tuviera nada que ver con la tesis sobre el terrorismo desarrollada por el gobierno de Reagan. Los cohetes rudimentarios lanzados contra el palacio de Akasaka, donde se desarrollaban las reuniones de los "grandes", no tenían nada que ver con el coronel Gadafi ni con el terrorismo islámico, con los palestinos ni con Libia. Eran una muestra de terrorismo local, de fabricación casera estrictamente japonesa.
Pero como no entraban dentro del esquema predeterminado por Reagan de lo que debe ser el terrorismo, en consecuencia tampoco importaban.
Interrogado esa noche por los periodistas sobre si lo preocupaba el ataque, el presidente Reagan se limitó a responder: "No, fallaron " --
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