Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1989/12/04 00:00

La dama se oxida

Diez años de desgaste en el poder comienzan a cobrar su tarifa a Margaret Thatcher.

La dama se oxida

Dentro de poco el apodo de " Dama de Hierro" tendrán que cambiárselo a Margaret Thatcher por otro más realista. Desde hace más de dos semanas la hasta entonces firme y orgullosa primera ministra de Gran Bretaña, se ha visto debilitada políticamente por una serie de decisiones, que fueron más bien indecisiones, nacida de roces con algunos miembros de su gabinete al regreso de la acalorada reunión de la Comunidad Británica, durante la cual se opuso a la imposición de sanciones contra el régimen de Sudáfrica.
Es que diez años de gobierno desgastan al más fuerte y, en este caso, obedeciendo sólo al carácter terco que la distingue, el mismo que no acepta consejos de nadie y acabó por aislarla de los demás dirigentes del Partido Conservador, Margaret Thatcher se ha visto enfrentada a quien se consideraba su prolongación y hasta su sombra en el gabinete, su ministro de Economía, Nigel Lawson.
La serie de cambios y reajustes que adelantó entonces no convenció a la opinión pública y llovieron las críticas, aunque aseguró que la estabilidad y la política económica de su administración no cambiarían, los ingleses ya no se sienten tan tranquilos ni cómodos con una gobernante que reparte palos aún entre sus copartidarios.
Vestida de gris y sin sonreír a los fotógrafos, la señora Thatcher compareció hace una semana ante el Parlamento, acompañada por su nuevo ministro de Finanzas, John Major -a quien traslado de la cancillería- y estuvo evasiva cuando la interrogaron sobre el origen de toda esta crisis. Mientras tanto, el mismo Major mantenía la incertidumbre sobre la eventual participación plena del Reino Unido en el Sistema Monetario Europeo. Ese fue uno de los puntos de desacuerdo que provocó esta situación y Lawson lamentaría ante un grupo de parlamentarios que "un inmenso témpano de hielo" en materia de desacuerdos con su jefe lo obligó a renunciar. Fue una respuesta de caballero.
Lo que muchos no le perdonan es la forma autoritaria como trata a ministros y funcionarios que son claves para el conservatismo, que no pueden renunciar ni ser despedidos porque forman parte de toda una estructura política y económica inalterable.
No fue un debate grato para la primera ministra: el partido de oposición, el Laborista, aprovechó para decirle todo cuanto se había guardado en las últimas semanas y su líder, Neil Kinnock, preguntó por qué no había despedido a su consejero Alan Walters para mantener a Lawson en el gabinete y ella respondió: "Los consejeros aconsejan y los ministros deciden ".
Nadie extrañaría que dentro de muy poco sean convocadas elecciones parlamentarias en Gran Bretaña y que los conservadores pierdan el poder. Los sondeos de opinión han demostrado recientemente la aversión que el pueblo siente por su gobernante, reflejo de la preocupante situación que debe soportar. La desbocada inflación, el mal manejo de las relaciones con los sindicatos, la evidente impopularidad de sus decisiones, el enfrentamiento con sus colaboradores más cercanos y otros problemas no menos graves, han minado las bases de una dama que ya no se puede considerar de hierro.
Durante ese debate en la Cámara de los Comunes fue evidente que el nuevo ministro de Finanzas anda por un sendero contrario a su antecesor. John Major sostuvo que la inflación es el enemigo principal y que para combatirla existen armas adicionales a los tipos de interés. Lawson siempre sostuvo lo contrario y su sucesor añadió que la política fiscal es uno de los instrumentos complementarios, o sea, un alza en los impuestos podría ser considerada en los próximos días.
Un columnista del periódico The Independent afirmó que "se siente un olor de decadencia en el aire" y señaló que, en un sistema de gobierno como el británico, la primera ministra "es la primera entre iguales", tiene que trabajar con los demás ministros, aunque la señora Thatcher ha acumulado tanto poder que perdió la noción de las proporciones justas.

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