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| 5/18/1992 12:00:00 AM

LA DEMOCRACIA AMENAZADA

A LO LARGO Y ANCHO DE AMERICA LATINA LAS DESIGUALDADES<BR>SOCIALES AMENAZAN LA SUPERVIVENCIA DEL SISTEMA

LOS PAISES DE LATINOAMÉRICA TIENEN COmo denominador común, además de su raza y su herencia cultural, una serie de problemas que los caracterizan:
El narcotráfico, la subversión, la corrupción administrativa y por encima de todo, la desigualdad social,que ha sido el verdadero disparador de los sucesos totalitaristas de Venezuela y Perú, que con todo y tener circunstancias muy disímiles, son un campanazo de alerta para el continente entero. La lección a primera vista es que la democracia no es suficiente para asegurar el desarrollo de un país, si el bienestar que debe emanar de ella no llega proporcionalmente a todos los ciudadanos.
Desde mediados del decenio de 1980, en América Latina comenzó a generalizarse la idea de que un presidente elegido era mejor que un dictador. Uno tras otro fueron cayendo los regímenes militares dictatoriales, reemplazados por gobiernos civiles: los Pinochet, Velasco Alvarado, Bignone, Stroessner, dieron paso a gobiernos que bajo la complaciente mirada de Washington, se comprometieron a que América Latina regresara a los cauces institucionales de la democracia e ingresara a la corriente mundial de la economía.
Pero para esto era necesario que los países se lanzaran a privatizar actividades estatales, y eliminar el intervencionismo y los precios subsidiados, para dar paso a la liberalización del mercado y la prosperidad generalizada. Se trata de programas controvertidos que se presentan como inevitables y que según algunos "suelen producir un crecimiento reducido y excluyente" y sólo consiguen efectos duraderos a mediano plazo, mientras crece el desempleo y baja el nivel de vida de los sectores más pobres de la sociedad.
La Asamblea del Banco Interamericano de Desarrollo tuvo lugar en Santo Domingo hace dos semanas y concluyó que los programas de reforma tuvieron "resultados significativos" como el crecimiento de las economías, la reducción de la inflación y la reactivación productiva. Pero su director Enrique Iglesias sostuvo que el BID debe prestar especial atención a la "cuestión social", para evitar que la inconformidad popular provoque estallidos desestabilizadores. No es para menos, pues al final de 1991 el 44 por ciento de los latinoamericanos vivía bajo la línea de la pobreza, contra el 40 por ciento de 1980. Chile, el "milagro económico" de la región, tiene como pobre a cinco millones de personas. Una investigación alemana reveló que hay países en que la canasta familiar vale hasta 4,8 salarios mínimos.
El estallido señalado por el BID probablemente ya comenzó el 3 de diciembre de 1990, cuando los "carapintadas" del coronel Mohamed Alí Seineldín se insubordinaron en Buenos Aires.
En ese momento la actitud de esos militares parecía un enquistamiento de épocas superadas. Pero el intento de golpe del coronel Hugo Chávez en Venezuela en febrero de 1992 fue inspirado en el de Seineldín. No en balde éste saludó desde su prisión la intentona de Caracas, con un comunicado en que excusa las bajas pues los "Militares movidos por una profunda conciencia nacional y amantes de sus pueblos, han tratado de evitar las muertes que los acosan como producto de políticas económicas neoliberales, generadoras de terribles injusticias sociales".
Ahora ya no se trata sólo de protestas populares, sino de una nueva doctrina militar que intenta asumir como propio el drama de las clases menos favorecidas y tiende a ver las exigencias económicas internacionales como la novísima forma de intromisión en la soberanía. En Venezuela como en Perú, los golpes se dirigieron tanto a cautivar a las masas, como a precaver una auténtica explosión popular. Para los analistas, el nuevo estilo de rebelión militar es también consecuencia de una crisis de identidad de las instituciones militares. Eso es claro si se tiene en cuenta que, salvo excepciones como Colombia y Perú, la caída del comunismo dejó sin sentido a la Doctrina de la Seguridad Nacional,.y que la guerra del golfo demostró que los conflictos entre países pequeños son resueltos sólo por las superpotencias. El papel de los militares quedó en esas condiciones reducido a la lucha contra el narcotráfico, lo que para algunos es contrario a su profesionalismo y su misión histórica.
Las nuevas tendencias militaristas se sienten con mayor o menor intensidad en el continente. En Honduras, un "Movimiento Revolucionario de las Fuerzas Armadas" amenazó con un golpe el 23 de febrero. En Bolivia se llaman "Vivo Rojo", "Diez Estrellas" y "Movimiento Militar Bolivariano". En Brasil hubo revueltas en diciembre, y el decano del Instituto de Estudios Políticos de Rio, Helio de Mattos, declaró que si la situación no mejora, "Brasil podrá ser estremecido por grandes motines. Parte de las ciudades resultaríán quemadas y los militares tendrían que poner el orden ".
El "autogolpe" de Alberto Fujimori en Perú, con todo y su origen civil, tiene todas las características del nuevo tipo de golpe militar. La respuesta de la OEA y de EE.UU. parece demostrar que los esquemas tradicionales no cuadran muy bien para los 90. La OEA, a pesar de haber deplorado el hecho, no llegó a las sanciones, porque los ingredientes ambivalentes de la situación dejan perplejo a cualquiera. Fujimori, un presidente elegido y de gran popularidad, tomó el poder para "atacar la corrupción", aplicar libremente su programa neoliberal y derrotar a la subversión y el narcotráfico. Son objetivos que prima facie cualquiera quisiera, incluso Washington. El antiguo panorama, con su amenaza comunista, era mucho más nítido. Pero en Latinoamérica el ajuste económico sin remedios sociales promete al menos unos años de claroscuro en los que cualquier cosa puede suceder.
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