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| 10/26/2013 3:00:00 AM

Venezuela a la deriva

Con seis meses de presidente, Nicolás Maduro no está firme frente a la tormenta económica que amenaza la continuidad de la revolución chavista.

Al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, se le puede acusar de muchas cosas, menos de traicionar el curso de navegación que dejó trazado el fallecido comandante Hugo Chávez Frías. En los seis meses que Maduro completa como timonel, lo está tratando de cumplir, aunque por esa ruta termine dirigiendo a Venezuela hacia un salto al vacío.

Justo hace un año, el 20 de octubre de 2012, Chávez reunió a toda su tripulación, y le dio instrucciones para consolidar el socialismo bolivariano del siglo XXI. En ese Consejo de Ministros, bautizado ‘golpe de timón’, ninguno se atrevió a sugerir una vía alternativa, porque la autoridad del comandante era incuestionable. 

Pero ahora que ya no está Chávez, Venezuela es un barco a la deriva porque su actual capitán no solo no ha logrado agarrar el timón, disputado por otros oficiales y maquinistas, sino que se la pasa tratando de equilibrar las cargas para mantenerse a flote, en medio de una tormenta económica que no ha amainado y que pone en riesgo, no solo su mandato, sino la continuidad de la revolución. Hoy muchos en Venezuela no se preguntan si Maduro terminará su periodo, sino cuánto aguantará.

Donde mandaba capitán no manda marinero
Thais siempre votó por Chávez, pero se arrepintió de haberlo hecho por Maduro solo dos meses después de las elecciones. “Perdí el voto”, dijo esta obrera y madre soltera con tres hijos, beneficiaria de uno de los tantos subsidios del gobierno. Como ella, otros chavistas, aunque es imposible saber a ciencia cierta cuántos, están desencantados del presidente, que para muchos es colombiano porque no ha hecho nada para despejar las dudas sobre su partida de nacimiento. 

“No se ve aún un desarrollo de su personalidad pública”, dice el analista John Magdaleno. Maduro intenta ser popular ante una base plural y compleja, integrada tanto por radicales como moderados, nacionalistas y procubanos, intelectuales y proletarios. 

Por eso es errático, a veces colérico, extremista e incendiario, y luego conciliador, moderado y hasta  cariñoso. Y no es claro si, por ignorancia o por tratar de ser chistoso, ha abusado de los lapsus línguae al referirse a “millones y millonas” de seguidores, a quienes entregaría “libros y libras” porque había que multiplicar el arte, como Cristo multiplicó “los penes” en vez de los panes.

Para sus opositores, Maduro, o Maburro, es un presidente “bruto”, lo que él ha aprovechado para empezar a construir su personaje de “presidente obrero-víctima”, de origen humilde que a pesar de no estar preparado para gobernar, hace lo que puede para salvar la revolución. 

Esto genera simpatía entre muchos chavistas como Mindy, una funcionaria que asistió en Caracas a la marcha del año de la última victoria de Chávez. “A Maduro hay que apoyarlo”, dijo, porque desde su primer día como presidente, ha sido perseguido.

Cuando no es la oposición, especialmente Henrique Capriles, Leopoldo López y María Corina Machado, son los intereses capitalistas, confabulados con el imperio norteamericano y el uribismo colombiano los que quieren derrocarlo. Maduro ha utilizado las teorías conspirativas y ha denunciado innumerables planes en su contra. 

La captura de dos supuestos sicarios colombianos, y la expulsión de tres diplomáticos estadounidenses que se reunieron con sindicalistas, han sido las ‘evidencias’ que ha presentado para probar que su gobierno está en peligro. Pero muchos las han percibido como cortinas de humo. 

Calificado con frecuencia de paranoico, inseguro y débil, Maduro aparece siempre acompañado por su mujer, Cilia Flores, que le pesa como una sombra, así no tenga un papel muy activo en público.

Tampoco le ayuda el gobierno colegiado que lo rodea, en el que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, el canciller, Elías Jaua, el vicepresidente, Jorge Arreaza, o el presidente de Pdvsa, Rafael Ramírez, por mencionar solo algunos, son voceros y protagonistas de tantos actos de gobierno como él. Las declaraciones de los miembros del politburo chavista son incluso contradictorias y así no se sabe realmente quién decide. Nada que ver con las épocas de Chávez, cuando el único vocero posible de la revolución era el comandante.

Por otro lado, ese gobierno de ‘compañeros’ ha ayudado a diluir la responsabilidad y eso puede explicar, en parte, cómo en la mayoría de las encuestas Maduro tiene una percepción favorable entre el 45 y el 50 por ciento, a pesar de que  casi el 70 por ciento de los encuestados señala al gobierno como el culpable de los problemas, principalmente la inseguridad, el desabastecimiento, la inflación y el desempleo. La mayoría cree que, en el corto y mediano plazos, el capitán de ese barco escorado que se llama Venezuela tampoco podrá solucionarlos. 

¿Máquinas a todo vapor?
Durante esa reunión de ‘golpe de timón’, Chávez advirtió a sus ministros que una de las mayores quejas del pueblo era la falta de eficiencia. Justamente, una de las consignas de Maduro es “Eficiencia o nada”.  Sus opositores no tardaron en decir que su legado sería la nada. 

Para salir al paso de sus críticos, Maduro empezó una gira nacional en lo que ha llamado “gobierno de calle”. Fue a cada estado e hizo tantas promesas de proyectos y planes como pudo y dijo que le “estaba echando un camión” de ganas. La oposición reviró con que le estaba echando “un camión de m…” al país. 

Seis meses después, está comenzando la segunda fase del gobierno de calle que consiste en las 3 I: inicio de lo prometido, inauguración de lo construido e inspección de lo que ya existe. Todo esto se transmite por televisión, con frecuencia en cadena nacional, en donde se ve a Maduro en un encuentro con una comunidad, en una planta industrial, en un hospital, tal como lo hacía Chávez, experto en montar shows de una gestión ineficiente, como él mismo lo reconoció antes de morir.

Cuando no está en acciones de calle, Maduro está viajando, ha visitado 18 países desde que fue elegido, o está presidiendo encuentros, conmemoraciones, juramentaciones, y homenajes, a Salvador Allende, al pueblo de Siria, a la Revolución cubana, a los chinos, a deportistas, a cultores y folcloristas. 

Y así, transmite la sensación de que gobernar es una permanente puesta en escena para defender valores ideológicos y conceptos como la patria. “No hay una agenda concordante entre lo que hace el gobierno y las expectativas de la gente”, dice el politólogo venezolano José Vicente Carrasquero. 

Las expectativas de una mejor calidad de vida se han ido apagando con la permanente crisis eléctrica. A principios de septiembre, se quedó sin luz el 70 por ciento del país, incluida la capital. Muchos caraqueños entraron en pánico, abandonaron sus oficinas, salieron como hormigas del metro, buscaron transporte o caminaron hasta sus casas. La sensación de zozobra de que algo podía pasar reinaba en el ambiente caldeado, porque no pasa un día en que los oficialistas y los opositores no se acusan mutuamente por la situación del país. 

Además de los apagones, los venezolanos se ven afectados por cortes de agua y fallas en las comunicaciones. Las colas de horas en los bancos y oficinas para cualquier trámite son tan infames como las que hay que hacer para comprar leche, cuando llega a los supermercados. 

Tampoco se consiguen todos los medicamentos para pacientes terminales. Con el inicio de la temporada escolar, los padres saltaron matones para comprar útiles, mientras que los estudiantes de las universidades públicas no tenían certeza de si lograrían empezar clases luego del receso, antecedido por un paro de varias semanas. 

Paralizadas también han quedado carreteras por puentes que se caen por falta de mantenimiento, pero también por accidentes de tránsito causados por atracadores en las vías. 

Hace un mes, el hampa mostró su peor cara, cuando en vez de socorrer al conductor de un camión cargado de carne desde Colombia, que se estrelló al entrar en la capital, saquearon la comida mientras el hombre moría aplastado en la cabina. En las noches, cuando comienza un toque de queda tácito en varias ciudades, se puede circular libremente pero con miedo  a la delincuencia organizada y a la impunidad con que actúa.  

Como la inseguridad sigue siendo el principal problema, Maduro envió a los militares a patrullar las ciudades. El ministro del Interior, Miguel Rodríguez Torres, afirma que se han reducido los incidentes, especialmente en Caracas, pero el Observatorio Venezolano de Violencia afirma lo contrario. “No han disminuido ninguno de los delitos que monitoreamos. 

El secuestro, robo, u homicidio se mantienen”, dice su coordinador, Roberto Briceño-León quien asegura que lo que ha mejorado es la percepción de seguridad de la gente, que quizá se siente más tranquila sabiendo que hay uniformados en las calles. 

Maduro también ha optado por darles más poder en áreas estratégicas (ver recuadro militar) como logística, transporte, alimentos, pero no controlan aún los principales temas económicos, que según las más recientes decisiones han quedado en manos de una línea más radical, en consonancia con lo que ordenó Chávez en su ‘golpe de timón’, cuando alabó el trabajo de Jorge Giordani, artífice del sistema estatista y controlador de la actual economía venezolana, y reiteró la necesidad de avanzar en la construcción del modelo socialista y  estructurar el esquema de gobierno comunal. (Ver recuadro económico)

El escenario de mayor confrontación política, por ahora, es el propio Parlamento, donde ya hubo una brutal golpiza, el allanamiento de la inmunidad parlamentaria a diputados y un montaje grotesco para atentar contra la intimidad personal de uno de los hombres de confianza de Capriles. 

Allá se definirá en las próximas semanas si el chavismo logrará conseguir al diputado 99, que necesita para que le apruebe la Ley Habilitante que le dé poderes especiales a Maduro para defenderse de la guerra económica y perseguir a los corruptos con los organismos de control, que parecen cada vez más dependencias del Ejecutivo y no garantes de los derechos de los venezolanos.

Como señalan las encuestas, la mayoría de los venezolanos no cree el cuento oficial de que no se consiguen los productos porque  los empresarios los acaparan, pero el gobierno parece empeñado en imponer su propia realidad (ver recuadro mediático) en vez de tomar correctivos que pueden ser costosos políticamente, como una devaluación, sobre todo a menos de 40 días de elecciones locales y en vísperas de Navidad. 

El mito de Chávez (ver recuadro mítico-religioso) le seguirá siendo útil a Maduro y al chavismo para no perder  el apoyo de la base chavista, pero también juega en contra de él y de la revolución. Cambiar la carta de navegación sería sublevarse ante los deseos del comandante y Maduro no tiene la legitimidad, el control, o el apoyo para dar su propio ‘golpe de timón’ y evitar que el barco vaya rumbo al abismo económico, con consecuencias impredecibles. 

Lo que hace de su permanencia en el poder un drama humano es que Maduro sabe que en caso de un naufragio el capitán se debe hundir con su barco, así nunca haya podido tomar las decisiones para evitarlo. 

Sin salvavidas económico

La escasez, la inflación y los apagones golpean a Venezuela. El gobierno afirma que hacen parte de una estrategia de sabotaje.

En ningún otro sector se siente tanto la tensión entre las facciones chavistas como en la economía, lo que a su vez ha incidido en que las decisiones estén paralizadas. “No hay un criterio único en materia económica y cambiaria en el gobierno”, señala el economista y director de la firma Ecoanalítica, Asdrúbal Oliveros. 

Al principio Maduro designó vicepresidente del área a Nelson Merentes, de talante conciliador con el sector privado, quien dijo que reactivaría la economía y aligeraría el control cambiario. Pero la inflación anualizada está llegando al 50 por ciento, la escasez sigue sobre el 20 por ciento, las reservas están en los niveles más bajos y el déficit sigue en descubierto. 

Si la economía logra crecer dos puntos este año, será mucho. Lo único que aumenta es la disparidad entre el dólar oficial y el paralelo (ocho veces su valor) y la deuda externa. “Estamos en manos de China”, dice José Guerra, exdirector del Banco Central de Venezuela. 

Ante esta situación, Maduro dejó a Merentes en Finanzas y nombró en la Vicepresidencia al ministro de Petróleos y presidente de Pdvsa, Rafael Ramírez. Este es más cercano a la línea radical, que parece haberse impuesto en las últimas semanas.  Es la línea favorecida por Chávez en su ‘golpe de timón’, cuando alabó a Jorge Giordani, artífice del sistema de economía estatista, y reiteró la necesidad de estructurar el gobierno comunal. 

Maduro culminó un censo de las comunas del país, las cuales ejecutarían el presupuesto local, lo que dejaría a las gobernaciones y alcaldías como cascarones inútiles. Y cuando solicitó la Ley Habilitante, expuso que era para combatir a la burguesía corrupta y a los valores capitalistas que impiden que el modelo socialista se consolide.

Pero nada de eso logrará bajar el costo de la vida ni abastecer los supermercados. Como señalan las encuestas, la mayoría de los venezolanos no cree el cuento oficial de que los productos no se consiguen porque los empresarios lo acaparan, pero el gobierno parece empeñado en imponer su versión de la realidad. Por eso evita tomar correctivos costosos políticamente, como devaluar, sobre todo a menos a 40 días de las elecciones locales y en vísperas de Navidad. 

El comandante fantasma

Como si fuera el mesías de una religión, la figura de Chávez es omnipresente.

Hugo Chávez lleva más de siete meses de muerto, pero no ha desaparecido de los medios propagandísticos oficiales y Venezuela se ha convertido en una necrocracia.  La gente compra pequeñas estatuas del líder, que recuerdan las del médico José Gregorio Hernández, y su figura adquiere cada vez más una importancia mítico-religiosa.

El gobierno contribuye con lo suyo. Todas las decisiones de Maduro obedecen a las instrucciones finales de Chávez. Y los actos del gobierno, sin excepción,  homenajean al difunto, el “comandante eterno”, el “gigante” que fue “sembrado”, no sepultado, quien se multiplicó en millones que siguen el legado de su revolución, como padre de la Patria y “segundo libertador”, después de Bolívar. La consigna “Chávez vive, la lucha sigue” fue incorporada en las filas castrenses y una foto gigante con el lema de “Hasta la victoria siempre” fue instalada dentro del recinto de la Asamblea Nacional.

En uno de los episodios más impresionantes de estos seis meses, los empleados de la empresa de comunicaciones, Cantv, decidieron enviarle los dividendos al comandante en el cielo, vía un cheque gigante de cartulina que se elevó sostenido por decenas de bombas rojas en forma de corazón, mientras los funcionarios públicos aplaudían y cantaban en coro “así, así, así es que se gobierna”.
  Esta semana, Maduro anunció la creación del nuevo Viceministerio para la Suprema Felicidad Social.
Chávez canta desde el más allá en los medios gubernamentales, incluso la versión oficial del himno nacional. Su firma está en muchos edificios del gobierno y su mirada estará presente en el tarjetón del partido PSUV en las elecciones de alcaldes del 8 de diciembre. La fecha escogida conmemora un año de su última alocución como presidente, justo cuando designó como sucesor a Maduro. 

Capriles y la oposición han llamado a que estas elecciones locales sean un plebiscito contra Maduro. El presidente respondió declarando el 8 de diciembre el día del Amor y Lealtad a Hugo Chávez. El voto chavista quedó convertido así en una muestra de afecto al difunto. El régimen de ese modo manipula los sentimientos de la gente para consolidar el  mito de la gesta invencible de un hombre inmortal.  

Buque de guerra

Maduro les ha dado un poder casi ilimitado a los militares.

Los militares ya no solo están en las calles, sino en todas partes. Es paradójico que Maduro, siendo civil, les haya entregado más poder que Chávez, que venía de los cuarteles. Pero puede explicarse como una forma de mantener de su lado a un estamento con apetito de poder y capacidad de desestabilizar al gobierno, como señala la analista militar Rocío Sanmiguel. 

La solución de Maduro ante la crisis eléctrica, la hospitalaria y la de las empresas básicas de Guayana ha sido dejarla en manos de militares. Conformó Estados Mayores asesores en los ministerios más importantes, varios de ellos ya en cabeza de uniformados. 

Anunció también un banco para la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), un canal de televisión y una empresa de carga y logística para ellos. Reactivó las zonas de Defensa Integral, creó un Órgano Superior de la Economía en donde tienen asiento los generales, les aumentó el salario a todas las Fuerzas, prometió repotenciar equipos y armamento y, para completar, creó el Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria (Cesppa). 

El Cesppa es un organismo de inteligencia y censura, al estilo de los que instauraron las dictaduras latinoamericanas tan criticadas por el chavismo y por Maduro, quien ha sido objeto de un “golpe frío” como advirtió hace poco el director del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff, en un editorial: “El presidente está literalmente en manos del Cesppa, y con él, todos nosotros, los venezolanos”. 

Por la forma como Maduro les ha ido cediendo terreno, no parecería tener sentido, por ahora, que los militares le den un golpe de Estado, aunque algunos columnistas hayan denunciado ruido de sables. Lo que no es claro es si el presidente está cogobernando con ellos o si ya ni lo están tomando en cuenta para ciertas decisiones, como la de volver a patrullar la zona marítima en reclamación con Guyana y la interceptación de un barco guyanés, que provocó un impasse diplomático en los últimos días. 

Pensar que la crisis no entra en los cuarteles, por más prebendas que Maduro les entregue, es absurdo. Como señala el exministro de Defensa y excanciller el general Fernando Ochoa Antich, “durante el siglo XX, en Venezuela las grandes crisis históricas se han resuelto con intervención militar, como una alternativa a la violencia política”. 

¿Cuál tormenta?

El control de la información y el peso de los medios oficiales es cada vez mayor.

Si el ciclón no aparece en los medios, no existe. Esa parece ser la teoría del chavismo para enfrentar los problemas del país, por lo que es indispensable controlar cada vez más la información.  Chávez también había encomendado esa misión hace un año cuando insistió en fortalecer el sistema de medios estatales, para ‘convencer’ en vez de ‘imponer’ la revolución. Esta semana la Asamblea Nacional, de mayoría chavista, aprobó recursos adicionales para fortalecer el sistema de medios públicos, que más que informar hacen propaganda y mercadeo político del gobierno y satanizan a la oposición. 

El gobierno sigue sancionando a los medios privados con multas y procesos judiciales cuando publican contenidos críticos o sensibles. Hace dos semanas Maduro ordenó a la fiscal general, Luisa Ortega, investigar al diario 2001 por un artículo sobre problemas de abastecimiento de gasolina, que recogía testimonios de ciudadanos y fotos sobre la situación en algunas estaciones. En especial el titular ‘La gasolina la echan con gotero’ provocó la rabia de Maduro, quien acusó a los medios de ‘libertinaje’ de expresión. 

En estos seis meses también han ocurrido varios cambios en la composición accionaria de los medios privados e independientes. El canal Globovisión moderó su línea editorial antigobierno con la llegada de nuevos dueños y hay expectativas de lo que suceda con el diario Últimas Noticias, el de mayor circulación nacional, cuyo traspaso a un grupo empresarial más cercano a algunas figuras del oficialismo pareciera que se concretó esta semana. 

No solo la censura limita la acción de los medios. La arbitrariedad con que el gobierno permite el acceso a divisas para comprar papel, según el director del diario El Nacional, Miguel Henrique Otero, está afectando la libertad y la pluralidad informativa. Un informe presentado esta semana a la asamblea general de la Sociedad Interamericana de Prensa, da cuenta de un panorama preocupante, pues 40 diarios están afectados por falta de papel y cinco desaparecieron desde agosto. 
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